Maynor Freyre - Textos Libros
36 Estampas sin bendecir - [ Cuentos 2005 ] - (Lucha del hombre)

LIBRO MAYNOR FREYRE

36 Estampas sin bendecir - [ Cuentos 2005 ]

A.- De niños y jóvenes

B.- De mujeres y amores

C.- De la lucha del hombre

  1. Cita meteorológica
  2. La voz de los sin voz
  3. El líder de los perros ahorcados
  4. Mecánico traqueteo
  5. Redada con tarjetazo
  6. Sale con todo
  7. ¡Oiga compadre vice!

D.- Pura vida

E.- A rienda suelta

Cita meteorológica (Chimbote 1972-Lima2000)     Volver al Menú

   Estaban recostados en el kiosco tomando bebidas heladas o sorbiendo café hirviendo en medio del hirviente sol del mediodía veraniego en el puerto de Chimbote. Estaban arremolinados allí soportando los más treinta grados de temperatura de ese mes de febrero. Aunque poco importa ello para los hombres que trabajan aquí. El acero se cocina a más mil quinientos grados centígrados. Por eso los cafeteros visten mamelucos mientras los de las bebidas están en mangas de camisa pero con corbata.

   Entre el tumulto se acercó despacio, abriéndose cancha con disimulo, hasta quedar pegado junto al que buscaba. El otro ni se inmutó, como si no hubiera pasado nada, pero su profunda intuición hizo que le lanzara de reojo una mirada inteligente. Sin duda el secretario de defensa ya se manifestaba alertado, de lo que el otro pudo percatarse, pues preguntó como al desgaire:

   --¿Hace calor, no?

   El dirigente dijo que sí, que hacía calor. Era muy flaco, casi escuálido. Los pantalones le bailaban y la larga correa le colgaba a un costado de la bragueta. Calzaba viejos botines de faena demasiado grandes para sus delgaduchos píes.

   --¿Dónde achicharrará más este calor? --preguntó como distraído el recién llegado--. Al sur, al norte, ¿a qué hora será más fuerte?

   Al vuelo la pescó Fidel, el dirigente. Se le notó en los bigotillos que sombreaban la parte superior de sus labios. Se le pegaron a la nariz, como tratando de olisquear algo en el aire. Oteó el cielo un rato como calculando, haciéndose una visera con la mano. Al fin suspiró y dijo:

   -- Mire amigo, a las dos de la tarde agarra fuerte el calor. Los meteorólogos, que leen el tiempo como gitana la palma de la mano, dirían que en paralelo 36B, latitud norte.

   Y viró de inmediato para comentar chistoseando un par de cosas más sobre el calor y acerca de cosas ligadas al sexo. Luego se retiró riéndose de su propio chiste al parecer, pero el otro supo leer en la mirada que intercambiaran que la cita había quedado concertada.

***

   El viejo carro ascendía pujando desde la carretera Panamericana Norte hasta las laderas donde habitaban los obreros de la siderúrgica. Abajo se divisaba el amplio bosque de pinos y tras éste estaba la gran fábrica de acero vomitando su rojo humo desde sus enormes chimeneas.

   "Paralelo 36B, latitud norte", leyó la anotación hecha en el reverso de la cajita de fósforos. Estaba por la letra jota. y la carcocha andaba tan lentamente que estuvo tentado de bajarse e ir a pie hasta su destino, pero por cautela se apeó justo en el pabellón de la B. Despacio ascendió hasta la casa signada con el número 36 y allí encontró vistiendo zapatillas de básquet y pantalones de fútbol a Fidel, entretenido regando las plantas de un insignificante jardín.

   Volvió a dirigirse a él quejándose del fuerte sol y éste lo invitó a refrescarse un poco con el agua de la manguera. El visitante se empapó cabeza, rostro y cuello y entonces recién fue invitado a pasar, para que se seque con una toalla, hombre, más parece una sopa, comentó.

   Una vez adentró, mientras el forastero se secaba de a pocos, el dirigente le espetó, vamos al grano, hombre, déjese de preámbulos, y al leer en su mirada los requerimientos de mayor privacidad, mandó a la calle al par de mozuelos que ocioseaban por allí.

   --La Federación Nacional me manda a hablar con usted, ya lo he hecho con el secretario general y el de la comunidad industrial. Sólo a usted me hace falta convencer de la necesidad de esta huelga.

   --De estar convencido, lo estoy, esté seguro. De lo que también estoy seguro es que cualquier paso en falso nos volverá a quebrar la dirigencia sindical y entonces sí que surgirán los esquiroles.

   --.Me permite usted una confidencia: Me creería usted si le digo que estamos de acuerdo hasta con el mismo general, no sólo con el almirante que ha venido a visitar la fábrica, sino con el mismito de arriba, el que está más alto de todos.

   --Amigo, las cabezas ruedan, sean de reyes, presidentes o revolucionarios. Las más difíciles de volar son las de los dictadores. ¡No se imagina cuánto nos ha costado pegar con babas nuestra unidad! En la capital es distinto, hay periódicos que los defienden, pero aquí lo que vale es la plata y los periodistas, que son unos muertos de hambre, pobrecitos, son más venales que puta necesitada a medianoche deambulando por una oscura avenida, perdone la metáfora.

   --Pues si de comprar se trata, a eso he venido. El sistema creado por el general para hacer crecer la revolución es quien pone la plata.

   Con las mismas se desabrochó la correa y apareció otro grueso cinturón debajo de sus pantalones. El secretario de defensa se asustó, con lo trejo que era, pues pensó en la aparición de una pistola. Y cómo no, si una gran cartuchera colgaba de la correota. Pero después se dio cuenta que se trataba de una moderna faltriquera secreta, de donde surgieron billetes de los grandes.

   Los ojos se le abrieron desmesuradamente a Fidel, el bigotillo le empezó a temblar. Por la ventana vio a sus dos hijos jugando pelota con otros palomillas del barrio, descalzos y con una pelota de jebe desinflada.

   --Mire amigo, le dijo. Yo no soy periodista sino dirigente sindical y nosotros los sindicalistas tenemos nuestra propia manera de hacer nuestras cosas. Seguro que el general sabe cómo hacer su revolución, pero no es eso lo que yo quiero hacer. Lo que yo quiero es ganarme honradamente los frejoles y que nadie me joda. Ya se está poniendo el sol, y aquí cuando oscurece el clima se pone feo. Mejor es que se vaya, con la remojada que se ha dado usted eso le puede hacer daño a la garganta. Ah, y mejor abróchese la correa del pantalón, porque los mozos de afuera me lo están observando y no vayan a creer que es usted del otro equipo y de repente hasta me lo tumban como a floripondio por el camino de regreso. Abróchese y mejor vamos por la puerta falsa para que usted enrumbe rápido para el sur, donde el clima es más benigno que por estos lares. No se preocupe. El burro no muerde ni cocea. Sólo lo va a devolver por su camino, de donde nunca debió de salirse para venir a comprarlo a uno por acá. ¡Qué se habrá creído, gua!


La voz de los sin voz (testimonio/memoria)     Volver al Menú

   Algo que realmente me he propuesto tanto al hacer literatura como periodismo --todo esto desde un comienzo-- es tomar la voz de quienes no tienen voz, de aquellos marginados de la sociedad que necesitan escribir en las paredes de los baños o en las de las calles amparados por la soledad y en la clandestinidad. O tal vez usen la cantina y la borrachera para soltar sus perros a ladrar y aullar, los desencadenen del árbol solitario de sus frustraciones.

   Un caso de esos fue mi padre, un militante aprista, el partido socialdemócrata peruano por antonomasia, a quien recuerdo llegando a mi casa del Barrio Magisterial del distrito limeño de La Victoria cayéndose de borracho pero, eso sí, poniéndose enhiesto para entonar su himno partidario mientras caminaba desde la avenida 28 de Julio aquella  cuadra que le faltaba para llegar a la casa. Nada significaría lo antes señalado de no estar vigente por esos días en el Perú la dictadura antiizquierdista del general Manuel A. Odría, la cual había deportado a sus más recalcitrantes opositores y a los de menor cuantía los había metido presos, especialmente en la tenebrosa isla ubicada frente al puerto del Callao denominada El Frontón.

   Nuestro chalecito, como ha quedado dicho, quedaba en el barrio de los maestros, aledaño a unas húmedas chacras de propiedad de agricultores chinos  y a un barrio famoso por la gente maleada que vivía allí: Mendocita. Cuando el dictador Odría dio el golpe de estado contra el presidente legítimamente elegido  por los peruanos en 1945, el Dr. José Luis Bustamante y Rivero -- creo el único gobernante peruano del siglo veinte con   mucho de decencia en sus planes y actos de gobierno-- mi padre fue despedido de su empleo, como muchos miles de apristas y comunistas más; su venganza, desde aquel nefasto 28 de octubre de 1948, fue entonar borracho el himno del Apra para ver si lo metían preso; pero a Odría le bastaba para los militantes de base el mantenerlos a raya mediante una lúgubre lista negra que no les permitiría acceder a ningún empleo mientras él gobernara con mano dura al país. Mi padre, Oscar Freyre Romero, nunca más pudo tener trabajo fijo remunerado salarialmente hasta el fin de sus días, el 4 de agosto de 1962. Pero para esa fecha ya había dejado de cantar la marsellesa aprista –el himno del partido tiene la música del de Francia--, pues el fundador del Apra llegó a firmar un acuerdo de coalición con el perseguidor de sus partidarios que creo fue lo que llevó a mi padre a la tumba con apenas 49 años de edad.

   Al abusivo despido de mi padre se sumó la jubilación de mi madre como maestra primaria de un colegio del movido puerto del Callao, situación que nos sumió en la pobreza, ante la cual mi padre regresaba cansado de buscar empleo ya entrada la noche pero siempre con algunas copas dentro, porque los amigos sí tenían plata para brindar por su desgracia pero jamás para ayudar a su familia.  Por ello sentía yo a su voz solitaria, una voz arriesgada en medio de la noche deseando hablar por el resto de los silenciados.“Pero Osquitar –le decía me madre--, ¿por qué cantas ese himno o no sabes que te pueden meter preso como anoche lo hicieron con el papá de Pollito?” Mi padre contestaba antes de tirarse a dormir vestido sobre la cama: “Para que mis hijos aprendan a no quedarse callados ante las injusticias”, y empezaba a roncar.

   A la pobreza  que sufrimos se le adicionó el mal de paludismo que empecé a sufrir junto con otro bronquial, lo cual me tuvo postrado en cama sin           poder ir al colegio en los años correspondientes a jardín de la infancia, transición y primero de primaria. Como mi madre era maestra, ella me enseñó en casa a leer y escribir, y fuera de los cuentos para niños normales para esa edad, leía y releía una vieja Biblia que había en casa, junto con las revistas denominadas Peneca y Billiquen, chilena y argentina respectivamente, donde se publicaban por entregas y con ilustraciones las novelas de aventuras de Emilio Salgari y las futuristas de Julio Verne, así como las de los franceses Alejandro Dumas y Víctor Hugo. Además un hermano mío coleccionaba la revista norteamericana Selecciones y de allí devoraba las novelas condensadas de algunos escritores contemporáneos. Llenaba mi hambre estomacal con lecturas literarias y cuando alcancé a leer a Charles Dickens me di cuenta que mi pobreza no era tanta pese a vivir en un país muy pobre y con una familia camino a la pauperización acelerada.

   Creo que en mi primera novela experimental publicada en 1971, cuando cumplí 30 años --pero escrita entre los 19 y 23 años-, hay una influencia de esas infantiles lecturas bíblicas. La terminé de escribir cuando me tocó vivir durante unos meses en Madrid y en Hamburgo, en esta ciudad alemana en un pueblito llamado Wedel Holstein, con grandes casonas de techos tejados a dos aguas y callecitas de tierra apisonada, donde los sábados podía uno asistir a un gran salón de baile a danzar polkas y valses con una banda tradicional mientras bebía cerveza en grandes jarrones. Poligenio psicoterapéutico es un texto experimental donde priman la nostalgia y el asombro vislumbrando el horror del ultraliberalismo vigente hoy día. Tal vez al final resquebraja la belleza del texto un vaticinio que se vino a dar en el Perú de los últimos cuarenta años y casi a lo largo de medio siglo en la vecina Colombia, donde los románticos guerrilleros de los sesenta se llegaran a convertir en peligrosos fanáticos desesperados por defender una verdad que nunca se llegó a probar: que la violencia sería partera de la justicia con paz.

   Antes deseo mencionar que yo fui un excelente alumno de matemáticas por lo cual me decidí a estudiar ingeniería, pero después pensé: ¿qué puedo hacer dentro de las frías matemáticas donde siempre dos más dos han de ser cuatro?, ¿transcurrirá mi vida trazando triángulos, círculos, rectángulos; calculando sus áreas y todo eso que sólo posee una irrefutable respuesta? Evidentemente así no podría hablar por nadie, ni siquiera por mí mismo. Debo aclarar que soy el  menor de cinco hermanos varones, es decir el benjamín. Cuando era niño y trataba de intervenir en una conversación, después que murió mi madre antes de que yo cumpliera los nueve años, decía mi abuela: ¡no, los chicos se callan! Esta abuela mía es la que me va a criar a partir de esa edad, al iniciarse los años cincuenta la segunda mitad del siglo veinte, la misma que repudiaba a mi madre por ser una maestrita provinciana que ni siquiera tenía título y encima ya contaba con un hijo grandecito. ¡Cómo se había atrevido esa mujercita a casarse con su hijo, que tal lisura! Por eso, cuando ella nos llevaba a visitarla a su  caserón, ella tampoco tenía voz. Hay un cuento donde narró un episodio en que me escondo tras una puerta porque mi abuela quería que me quedara en su casa a acompañarla, y lloro, grito y pataleo, pero ni madre no dice nada y se va calladita,  sufriendo por mí en silencio.

   Esa es la voz que yo voy a buscar en mi literatura, que tiene que ser dicha no con mi palabra como cuenta Julio Ramón Ribeyro –sus cuentos siempre poseen casi el mismo tono--, o tal vez Borges –sus personajes hablan como su autor--, e incluso García Márquez con su hiperbolismo no se escapa de ello, pues casi todos sus personajes, como los del último Vargas Llosa --digamos el de Lituma en los Andes—tienen un lenguaje muy similar. Como autor literario yo siempre he estado buscando una palabra que fuera del resto, mejor dicho darle la palabra a cada uno los personajes. Para esto muchas veces tuve que irme a vivir directamente con estos personajes prototipos de los que iba a recrear en los cuentos; generalmente se trataba de gente marginada a la cual había que ir a buscar por calles y plazas, por fábricas y tabernas, en mítines y hasta en las universidades. Había que meterse adentro, muy adentro para buscarlas, para aprender no sólo su manera de hablar, sino hasta sus gestos y ademanes que debería contar.

   Por eso es mi alejamiento de la ingeniería, de las ciencias puras, y mi encuentro con el periodismo. Y me meto a estudiar periodismo porque el periodista sale a la calle y conversa con el resto. Es lo que ha hecho Juan Cristóbal con sus testimonios (Nota: Juan Cristóbal/Luis Alberto Vásquez: Yo soy la calle. Lima: Editorial Gráfica Efeso 1988). Yo no tuve la ventaja de Félix Huamán que sí viviera esas cosas desde adentro porque había llegado a Lima desde la provincia de Canta y entonces se sentía como un marginado en Lima. No, yo era limeño, un limeño a quien su abuela le decía: "No te juntes con los zambos ni con los cholos, porque esos hablan malas palabras y escupen en el suelo y comen poniendo los codos sobre la mesa". Evidentemente para mí era más difícil “meterme adentro”.

   Yo había leído a Máximo Gorki y a Dostoiewski y a Charles Dickens y me encontraba con esos personajes de los arrabales o de las fábricas, o a los revoltosos y confabuladores, pero hablaban con la palabra de los escritores, ellos no decían ni pío. Es decir, a lo largo de siglos se ha venido repitiendo  la misma fórmula, salvo Cervantes en “El Quijote”. Fue cuando me dije, hay que trabajar la palabra de cada personaje, cada tipo de personaje debe tener su propio lenguaje. Volviendo a Lituma... de Vargas Llosa, sean sus personajes andinos o costeños todos hablan y piensan igual, sean represores o reprimidos, sean profesionales o campesinos, brujos o policías, y eso no puede ser, en la vida no es así. Uno mismo usa varios lenguajes: uno con la familia, otro con los amigos, otro con los compañeros de colegio, otro con los desconocidos, etcétera. Cuando vivía por el Barrio Magisterial de La Victoria, nosotros jugábamos fútbol con los muchachos de Mendocita, los hijos de los maestros jugábamos con los de los delincuentes y las prostitutas que trabajaban en el jirón Huatica, la calle de los prostíbulos afincada en La Victoria hasta los años cincuenta. Se trataba de lugares inhóspitos, tabúes. Pero para un muchachito de siete u ocho años  no hay barreras que detengan su curiosidad.

   Mientras era estudiante de la Universidad Católica de Lima trabajaba en la Compañía de Aviación Faucett, lugar donde conocí a  un viejo dirigente sindical llamado Guillermo Sheen Lazo, quien me convenció para  hacerme sindicalista. Llegué a ser dirigente gremial. De allí en adelante no pararían mis inquietudes sociales y hasta en Madrid, a donde me trasladé para realizar unos estudios de postgrado en periodismo, marché en la Plaza Quevedo contra los denominados “25 años de paz” del dictador Francisco Franco, lo que me valió más de un lío.  Por eso el Poligenio psiocoterapéutico finaliza un poco traído de los cabellos con una marcha hacia el monte después de una larga huelga, cosa que además la realidad luego confirmaría con los paros armados en el Perú hechos por los senderistas y por las acciones de los guerrilleros colombianos hasta hoy en día alternando sus acciones bélicas con paros huelguísticos, aunque hasta dudo que por esa vía armada se logren mejorar las cosas en Latinoamérica.

   En 1962 había empezado a escribir para El Comercio Gráfico, un tabloide vespertino del decano de los diarios  del Perú. Escribo una especie de cuentos cortos con carácter de denuncia social, entre ellos “El carretillero”, reproducido en medios sindicales como la revista Cumbre. Igualmente, cuando retorno de mi breve periplo por Europa, luego de los estudios en Madrid y de unos meses de estada en Hamburgo allá por el año 1964, ingreso a la revista Oiga recomendado por el escritor Sebastián Salazar Bondy, a quien hube entregado mi novela experimental Poligenio... porque él dirigía junto con el poeta Manuel Scorza las ediciones de Populibros Peruanos. En Oiga escribo sobre temas populares, escribo sobre los marginados, hasta la llegada de un tal Jesús Reyes que pretende mandarme a reportear espectáculos y me doy por despedido, yéndome al semanario Caretas, pues me había conocido con su director, Enrique Zileri, premio de periodismo en los Estados Unidos, durante una visita a la ciudad de Río de Janeiro. Por esa época hasta hice un artículo defendiendo los derechos de los gay, los maricones que les decimos acá, los cuales se quejaban que por ser pobres tenían que convivir con los marginados y delincuentes, mientras los homosexuales que compartían o detentaban el poder se paseaban orondos por los salones de la alta burguesía y llenaban las páginas de notas “sociales” de los principales periódicos capitalinos.

   En Caretas hasta entrevisto, desde la clandestinidad o dentro de la cárcel, a algunos de los guerrilleros del MIR levantados en armas en 1965, como Walter Palacios y Ricardo Gadea, este último cuñado nada menos que del Che Guevara, hermano de Hilda Gadea, quien por entonces, creo, era la esposa del Che.  Apoyo al Frente de Defensa de los Derechos Humanos, donde figuraban sobre todo mujeres, esposas o viudas de guerrilleros, como también dos mujeres ejemplares: Rosita Alarco, directora del Coro de la Universidad de San Marcos, y  Violeta Carnero, esposa del poeta izquierdista Gustavo Valcárcel. Estando en Caretas, por mi deseo de ayudar más con mi pluma periodística, empiezo a escribir con el seudónimo de Demetrio Manfredi para el semanario Unidad de los comunistas; allí entrevisto a Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, pero también a dirigentes obreros como Isidoro Gamarra, durante años presidente de la Central General de Trabajadores del Perú.

   Con Zileri tengo un desengaño a raíz de un artículo sobre una serie de ventajas, gollerías que les llamamos acá, de las cuales gozaba la Sourthen Cooper Corporation, y después, cuando querían echar a un trabajador, me revelo. Por ello salgo de la revista, recién casado, y opto por irme a cumplir mi “servicio intelectual obligatorio” a la Universidad Nacional San Cristóbal de  Huamanga. Universidad donde su rector, el doctor Efraín Morote Best, había realizado una serie de innovaciones. Reabierta en 1956, esta universidad había sido fundada por los españoles en el siglo XVII, y por su recinto habían pasado narradores, poetas, dramaturgos, cineastas, historiadores, antropólogos y artistas de lo más connotado del mundo intelectual peruano. Editaba una revista, Universidad, de gran calidad. Como yo gané por concurso el cargo de Jefe de Publicaciones me dieron la dirección de esa revista.

   El asunto es que en Ayacucho, donde quedaba la  universidad, se formó un Frente de Defensa del Pueblo, resultando yo elegido como su encargado de prensa. Se dio un paro general en la ciudad y luego, al descubrirse malos manejos en la administración universitaria –había dejado de ser rector Morote Best--, siendo yo secretario de la asociación nos metimos en una huelga que terminó con mi despido, junto con el de otros dos compañeros más, gracias a las negociaciones hechas por el doctor Abimael Guzmán para hacerse del cargo de Jefe de Personal. Sí, me refiero a quien después se haría llamar el presidente Gonzalo. En fin, se trataría seguramente de una inteligente estrategia para arribar a la toma del poder el sacrificar a tres luchadores contra la corrupción administrativa, una de las peores lacras sufridas por el Perú. Un año después de mi despido de la universidad era jefe de redacción de la revista quincenal Así, y como tal viaje a Huanta y Ayacucho a cubrir un levantamiento de esas poblaciones apoyadas por los campesinos que culminó en una masacre donde no se sabía a ciencia cierta el número de víctimas. Llegué clandestinamente a Huanta una noche y por la mañana me di con que los revoltosos habían volado en pedazos los locales de la guardia civil y de la policía de investigaciones, lo cual desató los actos represivos. En Ayacucho había sucedido una revuelta con varios muertos en forma paralela. Disfrazado de médico pude fotografiar en el hospital a los heridos pero luego, advertido por gente amiga, tuve que marcharme rumbo a Ayacucho escondido bajo unos fardos de pasto en una camioneta. Para llegar a Huanta vadee un  riachuelo, pues los insurgentes habían volado el puentecillo, subiendo luego a un camión pues los ómnibus no podían cruzarlo. En Ayacucho se dio un entierro tremendo para cuatro de las víctimas y pude fotografiar un cadáver siendo lamido por un perro en plena calle, el día anterior. Yo llevaba una Rolley Flex escondida bajo una gruesa chompa de alpaca, vestía pantalón vaquero y estaba más colorado que un tomate dado el fuerte sol reinante. Al cruzar un puente que lleva al cementerio, la masa que entonaba canciones revolucionarias y lanzaba lemas desafiantes fue detenida por los “sinchis”, el grupo de choque de la policía, arma en ristre. Pense se iba a armar la tole tole, pero aparecieron los “cabitos”, soldados del ejército acantonados en la zona y apuntándolos con sus fusiles hicieron retroceder a los “sinchis”. Arribamos al cementerio con los ánimos caldeados y allí los discursos se tornaron incendiarios. Al pretender fotografiar el emotivo momento, no faltó un desconfiado que gritó, al verme tan colorado y en jeans: ese gringo es agente de la CIA, está grabándonos. Aclaré que se trataba no de una grabadora sino de una Rolley Flex, pero la marca de la cámara fotográfica les pareció nítido inglés americano, por lo que se me lanzaron obnubilados dispuestos a lincharme. Por suerte algunos alumnos ahí presentes me reconocieron: es el profesor Freyre, dijeron. De regreso a Lima publiqué el artículo después de dos horas de discusión con el director de la revista, pese a que yo era jefe de redacción. Más tarde supe sirvió para liberar de la prisión a algunos inocentes detenidos.

   Por los años sesenta yo escribía mucha poesía y era conocido como poeta. Había participado en un recital en homenaje al mes de la muerte del Che Guevara efectuado en los patios de la Universidad Nacional de Ingeniería y publicado algunos poemas sueltos en revistas estudiantiles, de manera que en Huamanga termino dos poemarios, de corte social, por momentos muy panfletarios, y defiendo con ahínco esa línea dura para la literatura: la del social realismo; ahora no profeso tal credo literario, pero creo que esa vuelta que vaticinara Octavio Paz ha convertido en una suerte de apestados a quienes apostamos por proseguir encarando temas duros y nada edulcorados, como los padecidos  por las grandes mayorías de la humanidad, en estos días  de mayor injusticia y mucho menos equidad socioeconómica, donde las diferencias se ahondan  gracias este neoliberalismo a ultranza propalado universalmente.

   En fin, creo en realidad que más que cuentista, soy un poeta frustrado y desconocido hasta por mis amigos. Tengo seis poemarios inéditos con mucho miedo de publicarlos y en 1983 gané un premio de poesía por unanimidad y ese poemario, El sol parece también un puño enorme, fue editado dos veces, pero como el concurso era para trabajadores no le hicieron mucho caso.

   Otro episodio importante para mi narrativa es mi estadía en Chimbote, considerado el primer puerto pesquero del  mundo, donde trabajé en dos periodos en la siderúrgica denominada primero Sogesa y luego SiderPerú.  En realidad me voy en busca de los pasos de José María Arguedas, quien había ubicado los acontecimientos de su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo en esa emergente ciudad industrial. Allí, en la fábrica de acero, que contaba con más de tres mil trabajadores, esperaba conocerlos aún más de lo que logré hacerlo en la Compañía de Aviación Faucett, además de poder vivir el movido ambiente porteño que narraba Arguedas en su novela. Así, primero me hago dirigente del Sindicato de Empleados Siderúrgicos  como secretario de cultura y luego vicepresidente de la Comunidad Industrial de SIDERPERU. Paralelamente empiezo a escribir dos novelas, una sobre la siderúrgica y otra sobre reminiscencias familiares: Lo duro del acero y El retorno a la casa vacía las titulo precariamente a cada una. Edito o ayudo a editar varias revistas culturales y sindicales, conformo un Movimiento Cultural por los Pueblos junto con una serie de escritores y diletantes culturales del medio, llevando recitales poéticos, escenificaciones teatrales y exhibiciones cinematográficas a los sindicatos, cooperativas, asociaciones de vecinos de pueblos jóvenes y otras organizaciones populares.

   Eso sucede entre 1971 y 1973. En 1971 publico, en una editorial muy elemental de Lima, mi novela experimental Poligenio psicoterapéutico, la cual terminara prácticamente en 1964, estando en Europa, y a la que diera algunos toques en los años  subsiguientes. Para 1973 publico mi primer libro de cuentos, El trino de Lulú, impreso por la Editorial Progreso de Chimbote; algunos son cuentos realizados en la década del sesenta y el que da el título al libro, y un par más, ya se ubican en Chimbote. Por eso, dos décadas más adelante me irían a considerar dentro de una antología del cuento chimbotano, aspecto que mucho me honra. Justo cuando empieza  a circular este último libro se presenta un conflicto sindical en Chimbote que nos lleva, a los siderúrgicos, a efectuar un paro de 24 horas; la situación se torna tensa, asesinan, las fuerzas represivas, a un querido dirigente sindical, Cristóbal Espinola Minchola, y a un joven estudiante apellidado Miranda, y el paro se convierte en una huelga general indefinida declarada en todo el puerto por la Federación Sindical Departamental de Ancash, FESIDETA. Gobernaban los militares en el Perú, y trataban de desmembrar las organizaciones populares a través de la intervención de esquiroles y esbirros a sueldo, razón del paro inicial. La huelga devino en un callejón sin salida y terminaron despidiéndonos a 48 siderúrgicos, la mayoría de ellos funcionarios que nos habíamos hecho sindicalistas, terminando por mandarnos a 12 a prisión, al penal de Lurigancho.

   Esta última fue ya otra experiencia, pues al principio nos hacinan en un cuartucho de unos 20 metros cuadrados sin baño propio –orinábamos en un balde ubicado fuera de las rejas de la celda--, durmiendo prácticamente sobre el suelo pues los sucios colchones de paja apenas si contenían un poco de ésta y abrigándonos con nuestros sacos o cualquier otra prenda, pues no había frazadas. Por momentos llegamos a sumar casi un centenar de prisioneros entre periodistas, maestros de escuela, trabajadores de una fábrica de papel y algunos extranjeros indocumentados. Los prisioneros entraban y salían, menos nosotros, y quienes llegaban generalmente eran perseguidos a lo largo de cuadras, como el caso de los papeleros, y llegaban con los pies sudados que hedían la noche al descalzarse para dormir y como casi  todos los días nos daban menestras para comer de una paila general, las ventosidades eran atroces. Como mofa bautizaron a la celda como el Sheraton, en alusión al más elevado y elegante hotel de la ciudad, pues quedaba el cuartucho en plena azotea de las oficinas de la prefectura de Lima.

   Unos excompañeros de estudios de la Universidad Católica queriendo hacerme un favor presentaron un recurso de habeas corpus a mi favor, por lo que la policía de seguridad del estado decidió aislarme llevándome a otra prisión, donde durante tres días me tuvieron sin alimentarme; sólo pude hacerlo gracias a un preso común –a nosotros se nos consideraba presos políticos— el que conmiserado por mi situación compartía sus alimentos pasándome una porción de estos valiéndose de un viejo periódico, agenciándome yo de una cuchara  artesanal construida con una cajetilla vacía de cigarrillos. Yo había escuchado la noche anterior cómo torturaban a este hombrecito para que confesara dónde tenía guardado su botín: primero lo encapuchaban y esposaban con las manos en las espaldas para cuando llegaran sus urgencias corporales rogara lo liberaran (terminó por cagarse en los pantalones) y después, por la madrugada, venían a meterle de golpes mientras vociferaban. Evidentemente no podía dormir y como por la suciedad tenía rasca-rasca, o sarna, mi padecimiento junto con el hambre se hacía insoportable, pero yo me entretenía recitando en voz alta, sobre todo a César Vallejo, y leyendo una novela muy jocosa de Mario Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras, una verdadera sátira contra la organización militar.

   Olvidaba contar que antes de llevarme a esa celda de aislamiento ubicada por el distrito costero de Magdalena del Mar, antes, al final de una oscura avenida llamada Salaverry, al llegar a un oscuro parque denominado popularmente la Pera del Amor porque allí iban los enamorados a copular, luego de hablar en clave por la radio de vehículo policial, el oficial a mando del mismo me invitó a bajar a orinar al solitario parque; el guardia que metralleta en mano me acompañaba era amigo de un compañero de estudios de la universidad asimilado a la policía y habíamos hecho buenas migas , por lo cual me mando un codazo para que no aceptara la peligrosa invitación. Evidentemente me querían dar la ley de la fuga, pues para meternos presos a los 48 siderúrgicos había inventado un sabotaje a la importante planta de productos planos de acero. Después sabríamos sobre imputaciones de saqueo y traición a la patria hechas por la justicia militar. Eso cuando volví al “Sheraton” gracias a un suelto publicado por la revista Caretas, donde ya dije trabajara, denunciando mi desaparición; esto a instancias del periodista César Hildebrandt, desde muy joven defensor en el Perú de los derechos humanos y denunciador de injusticias sociales.

   El resultado fueron 4 meses de cárcel, 3 de ellos en el pabellón 3.2 de Lurigancho al lado de los locos del penal, donde se ubicaban las cuadras de los presos políticos. Inmediatamente organizamos la comunidad de presos políticos y logramos nos dieran hasta colchones nuevos. Conocí allí a varios interesantes luchadores políticos, aunque algunos de ellos derivaran a la delincuencia común o, lo que es peor, a usufructuar de esta experiencia para medrar en empresas autogestionarias, organizaciones no gubernamentales o municipios de carácter popular. Salimos de prisión luego de un juicio sumario al comprobarse nuestra inculpabilidad y gracias a contar con la defensa de Alfonso Barrantes Lingán, abogado que años más tarde lideraría la llamada Unidad de Izquierda, llegando a ser alcalde Lima y candidato a la Presidencia de la República con segunda mayor votación en 1985 después de Alan García,  con quien se negó a disputar la segunda vuelta cediéndole el paso a cinco años de presidencia del Poder Ejecutivo en el Perú. Otro importante apoyo fue el brindado por la Federación de Periodistas del Perú que presidía Genaro Carnero Checa mediante comunicados en mi defensa, así como el pronunciamiento de algunos colegas como Guillermo Sheen Lazo de Expreso y Jorge Donayre de Correo.

   Salimos libres justo para las Fiestas Patrias peruanas, bajo libertad condicional, debiendo firmar cada cierto periodo, primero en Chimbote y luego en Lima. Al principio semanalmente y luego mensualmente. Logre conocer así la verdadera amistad, pues algunos hasta se cruzaban de una acera a otra para evitar saludarme: no cabía duda, era un apestado político. Los 48 despedidos habíamos recibido la solidaridad de las centrales de trabajadores y de los sindicatos de todo pelaje ideológico y al quedar en libertad empezamos a luchar por nuestra reposición, hasta que el general Juan Velasco Alvarado, enterado por versiones periodísticas de nuestra inocencia, principalmente por un reportaje de César Hildebrandt y por una campaña desatada en los diarios Expreso y La Prensa, ya confiscados, desde donde los periodistas Guillermo Sheen Lazo y José María Salcedo nos dieron su incondicional apoyo. Así logramos que el gobierno nos formara una empresa de propiedad social para los 48 despedidos, la cual inauguramos el 1° de octubre de 1975, siendo yo su primer Secretario del Comité de Gestión. Después sería presidente de una de las 8 unidades regionales del Sector de Propiedad Social, compuesto por 63 empresas y 7 mil trabajadores y más adelante presidí la Asamblea Nacional de Propiedad Social, llegando a viajar por casi todo el Perú visitando sus empresas, sólo para constatar que el abandono hecho al plan del gobierno de Velasco Alvarado las había dejado en el desamparo financiero, no pudiendo sobrevivir a la ya galopante inflación y devaluación de nuestra moneda, lo que empujaba a los trabajadores al vandalismo y a  la lógica depredación de los activos empresariales. Penosa experiencia la mía.

   Años antes, gracias a la comprensión de los poetas Pablo Guevara y Arturo Corcuera y a instancias del actor y director de teatro Vidal Luna, pude laborar en el Instituto Nacional de Cultura, en su Centro de Cine. También retomé mi viejo seudónimo de Demetrio Manfredi para escribir en la revista Vistazo gracias a la condescendencia del periodista y amigo Domingo Tamariz Lúcar, quien al pasar a la jefatura de redacción del diario La Crónica, antes de propiedad de los Prado, me invitó a dirigir Vistazo, por supuesto que bajo el seudónimo de Demetrio Manfredi. En 1975 me convocan como jefe de informaciones de la naciente revista Marka, a través del poeta popular Leoncio Bueno. Como se puede notar, toda una solidaridad poética-artística-literaria. Pero la formación de la empresa de propiedad social de los despedidos de SIDERPERU me atrajo y deje el periodismo por 8 años, escribiendo sólo en las páginas editoriales del diario Ultima Hora, donde mi amigo José Bernardo Adolph le devolvió su firma a Maynor Freyre, sacándolo de una lista negra del periodismo. Además había estado en otra lista negra que la integridad de mis amigos arriba mencionados se arriesgo a desafiar. Aunque para 1977 el subsiguiente presidente militar, general  Francisco Morales Bermúdez, decretó una amnistía para los 48 siderúrgicos despedidos en 1973, al comprobar la aseguradora Lloyds de Londres que jamás existió el sabotaje del cual se nos acusara. El español Félix Alvarez también publicó, por esos años, artículos míos en la página editorial y en el suplemento dominical, Suceso, del diario Correo.

   En 1983 decido retornar al periodismo, aunque había trabajado duro en prensa sindical y de autogestión  en los años anteriores, llegando a dirigir la revista Minka. Con lo que saqué de mis beneficios sociales primero edité el semanario Somos y pasé luego como jefe de informaciones del diario El Observador, convertido en cooperativista. Por esos días viajé al Viet Nam, al conmemorarse los 25 años de la batalla de Diem Vien Phu, visité Hanoi y Ciudad Ho Chi Min, antes denominada Saigón; logré entrevistar al legendario general Vo Guyen Giap.

   Pasé para el 84 a jefaturar la redacción de El Caballo Rojo del diario Marka y paralelamente entro a trabajar a la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, más conocida como La Cantuta, con el cargo de Jefe de Relaciones Públicas. Fueron seis años de labor en esa universidad donde se vivirían más adelante momentos muy difíciles por el asesinato de nueve estudiantes y un profesor, Hugo Muñoz. Pero yo ya había dejado ese centro de estudios pues me repusieron en Siderperú, de donde me despidieran injustamente en 1973, como narró párrafos atrás. Fue emocionante el retorno, aunque no debo olvidar señalar que en La Cantuta viví momentos difíciles por la presencia de la subversión en su recinto, aunque en menor escala de lo que se conjeturaba. Entre 1987 y 1989 edité el suplemento Altavoz del diario La Voz, de línea progresista.

   El retorno de los despedidos a Siderperú fue menos emocionante de lo esperado. Eramos tres generaciones de despedidos: la de 1973, la de 1976 y la de 1977 y los dirigentes vigentes nos miraban con muchos celos. Además no nos colocaron en nuestros puestos de origen sino en cualquier otro y nos pagaban peor que al personal de limpieza sin que nuestros sindicatos hicieran nada por nosotros. Tuvimos que organizarnos y ponernos duros para ser atendidos, aunque algunos regresaron con muchísimo temor y ya no querían meterse en nada, a ver si así los aceptaban y dejaban de ser unos apestados. Pude escribir nuevos cuentos, avanzar la novela Lo duro del acero y darme con que muchas cosas habían cambiado.

   Cuando Alan García deja la presidencia a Alberto Fujimori, el directorio aprista abandona la empresa y el ingeniero Carlos Esteves, representante de la Comunidad Industrial ante el directorio, toma la dirección de la empresa. Me llama para mi antiguo puesto de Jefe de Relaciones Públicas, y juntos la peleamos para salvar la empresa apoyados por los sindicatos de obreros y empleados, y por la comunidad industrial y la asociación de funcionarios. Nuestra experiencia autogestionaria nos sirvió de mucho. Más adelante el gobierno nombró una comisión organizadora y proseguimos bregando para salvar a Siderperú, pues pensaban liquidarla. Se nos antojó recurrir a la solidaridad de los lugareños, de los parlamentarios ancashinos, sobre todo chimbotanos, y con el apoyo del ministro Guido Penano de la cartera de Industria, lo logramos. Con la comisión que gerenciaba un viejo amigo nuestro proseguimos lidiando y conseguimos finalmente salvar a la empresa.

   Yo había publicado Ratón de un solo  hueco en 1981 (cuentos) y en 1984 EL sol parece también un puño enorme (poemas). En 1991 edito De cuello duro  (cuentos), cuyo título pertenece a un relato satírico sobre el gerente general de la siderúrgica, un comandante retirado de la marina que nos despidió. Un día lo encontré en el ascensor con el libro en la mano e intercambiamos un par de irónicos flechazos verbales; por suerte no fueron balazos.

   Mi retorno a Siderperú fue de 1989 a 1991, año en que viajo por tierra a Santiago de Chile y enrumbo luego a la ciudad argentina de Mendoza. Me emocionó ser el primer periodista que visitaba la casa de Neruda en Isla Negra, recién reabierta por el gobierno de Allwin, como también la casa mendocina desde donde el general José de San Martín partiera a libertar Chile y Perú del coloniaje español.

   Mi segundo alejamiento de Siderperú sucede luego de haberme retirado de la empresa para formar una mía que la asesore siguiendo un acuerdo del directorio que deseaba reducir el excesivo personal de la empresa para privatizarla. Los sindicatos por los que tanto luché se oponen a mi contratación, pese a que prosigo luchando contra la corriente de liquidarla y termino por pasar a mis cuarteles de invierno. He empezado a escribir, por esos días, en la página editorial de un diario económico, Gestión, invitado por mi colega periodista Jorge Zavaleta Alegre. Escribo todos los jueves, en un principio, y después los sábados, junto con los poetas Marco Martos y Javier Sologuren, esto a lo largo de seis años y sobre temas de cultura. Como Simón Evans realizo entrevistas a múltiples poetas y escritores para el suplemento la Revista Cultural del diario El Peruano y paso enseguida a escribir artículos con mi nombre en la página editorial de ese diario. En realidad se trata, hasta ahora, de una extraña tribuna abierta donde escriben intelectuales de toda laya.

   Para 1995 ingreso a la tercera universidad donde laboro: la Universidad Nacional Federico Villarreal. Una universidad intervenida sin presencia de las fuerzas armadas y cuya comisión reorganizadora está compuesta por tres exrectores de las universidades de Ingeniería, Nacional de Trujillo y de San Marcos. Enseño periodismo –en La Cantuta dicté literatura— y me hacen Director del Centro Cultural Federico Villarreal, con el cual logramos en 1998 la cantidad de 458 representaciones en pueblos jóvenes, asentamientos humanos, distritos y barrios populares, así como en otras universidades e instituciones de la capital, viajando a diversas ciudades del interior especialmente invitados con nuestros 14 elencos. El semestre pasado matrículamos a 2,200 alumnos en los talleres de arte y creatividad que dictamos como cursos extracurriculares. Creo que por eso he podido publicar las dos ediciones seguidas de Puro Cuento, incentivado por la cercanía al quehacer artístico.

   He dejado para el final ese bar grandazo poblado por las mañanas de gitanas, al atardecer por encorbatados burócratas apurando un par de copas de pisco y al anochecer rincón de poetas, narradores, pintores, cineastas, gente de teatro, periodistas, historiadores, filósofos, editores, imprenteros y uno que otro guerrillero o expropiador de bancos frustrado, aparte de unas cuantas mujeres de las más bellas e inteligentes del planeta. Ni se diga del “colorao” Broncano y del “negro” Linares, los mejores mozos del mundo. Se trata del Palermo, ubicado en la céntrica avenida La Colmena de Lima, a media cuadra del Parque Universitario, a dos de la Plaza San Martín y a tiro de piedra de la vieja casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

   La primera vez que ingresé allí con algunos curiosos amigos de la Católica, los estudiantes de derecho Ricardo Lora Basurto y Julio Falconí y el alumno de psicología Jorge Bustíos Romaní, parecía que lo hiciéramos a un templo; entramos casi en puntitas de pie y susurrando tratábamos de identificar a nuestros ídolos literarios o artísticos.

   En ese viejo bar aprendí los secretos de la narrativa, las exquisiteces de la poesía y escuché las mejores lecciones que en  ninguna universidad podría haber recibido acerca de la literatura y de la vida. Con el poeta y narrador Eleodoro Vargas Vicuña, el novelista Oswaldo Reynoso, el periodista Hugo Bravo, el novelista José Antonio Bravo, el cuentista Antonio Gálvez Ronceros,  el mimo Jorge Acuña Paredes, el pintor Francisco Izquierdo López, los cineastas Lucho Figueroa y César “Huanca” Villanueva, el narrador y periodista Antonio Muñoz Monge, el luchador político Mario Hoyos Urbano, la gente del Grupo Narración y del Movimiento Hora Zero, con todos ellos recorrimos con la imaginación y la fantasía, entonando las canciones revolucionarias de la guerra civil española para aderezarlas, los grandes caminos de nuestra patria y del mundo.

   Juan Cristóbal y Chacho Martínez y con el novelista Gregorio Martínez, como también con el diseñador gráfico Alberto Escalante, mi caratulero, y con el poetaza Paco Bendezú. Y mencionó todos esos nombres anteriores para que no vayan a pensar que todo es mentira, como en el tango. Porque, la verdad sea dicha, de nada de lo hecho me lamento, y si me lo ofrecieran volvería a vivir la misma vida con sus mismos dolores y alegrías. Para finalizar brindo desde el recuerdo con mi linda tía Eva, la que me permitió tomar mi primer trago y fumar mi primer cigarrillo frente a los mayores, en épocas en que no te dejaban ni hablar una palabra ante ellos.

Lima, verano de 1999

El líder de los perros ahorcados (Lima, 1984-2001)     Volver al Menú

   Les quitó hasta la manera de andar. No sólo eso. Les cortó la palabra. Desde su llegada caminaban como zoombies, imitándolo a él, y sólo balbuceaban hum, hum, hum, pretendiendo dárselas de sabelotodos tal como fungía el Líder.

   Lo vi por primera vez en la plaza de armas de la ciudad, donde se ubicaba el local principal de la universidad. Estaba allí al centro de un gran ruedo, acosado a preguntas, a las cuales respondía con simples monosílabos o en voz tan baja que sólo los de primeras filas escuchaban, quienes pasaban la voz de sus respuestas a los de las filas posteriores que sumaban más de una decena. De esta manera nadie sabía bien a quién escuchaba y las respuestas se iban tergiversando hasta llegar a ser sólo un murmullo inaudible. Porque eso sí, nadie podía interrumpir al maestro en su supuesta perorata, so pena de quedar aislado del grupo selecto que más tarde se iría formando a su alrededor con los más adictos de sus seguidores.

    Eso mismo pude constatar en persona, cuando de la plazuela pública pasó a los salones y luego al paraninfo de la universidad, tras presionar a las autoridades universitarias con la ayuda de sus discípulos y adeptos más conspicuos.

   Atraídos por su subyugante monosilabear  y por su calmo caminar de oso saciado, los muchachos del grupo literario artístico al cual me había sumado a mi arribo a esta andina ciudad, nos fueron dejando solos a mí y al viejo profesor de historia dedicado más a las libaciones y a la juerga que a los libros con los que debía enseñar y que cada vez más solía entreverarse en sus clases de la historia patria, confundiendo la época republicana con la prehispánica y a ésta con la del virreinato. Los viernes, terminada la jornada profesoral, deambulábamos por los bares y chinganas de las afueras de la ciudad en búsqueda de una guitarra, un charango, un arpa o un violín traedores de nostalgias de sabe Dios qué.

   Estábamos brindando de lo más felices en San Juan Bautista, cuando llegaron de repente los muchachos de nuestra desecha capilla literaria para invitarnos al gran estreno: el Líder iba a dar una charla en el paraninfo universitario, era una conquista clasista frente a las autoridades pequeño burguesas a las cuales nos sumaríamos de no asistir ese siguiente día sábado. No sé con que dinero cancelaron nuestra cuenta y nos llevaron casi a rastras a nuestras casas para que durmiéramos la mona y así poder librarnos del índex en que iban a caer los inasistentes a tan egregio acto.

    Por supuesto que don Máximo se perdió esa misma noche por otros laberintos y supe después que considerando su estado de dipsomanía lo único hecho por los discípulos fue espantarlo de los alrededores de mi residencia, pues el Maestro me había catalogado de “recuperable”. Craso error.

   Una comitiva llegó a mi casa un cuarto de hora antes de que empezara la exposición del Líder, intitulada: “El único e indiscutible atajo para llegar a la verdad”. A las siete en punto no había un solo asiento libre y a las siete y diez minutos de la noche el paraninfo, generalmente a medio llenar para los más importantes certámenes académicos, rebalsaba de gente.

   Ubicado en la antepenúltima fila, justo en el lugar del auditorio donde se encontraban los principales fanáticos del Líder, me sentía acalorado, golpeado por un bochorno y una pesadez inexplicables. Yo me hallaba en el grupo como un gato techero caído en medio de una jauría de perros callejeros más o menos organizada. En verdad no tenía nada contra ellos, salvo el tedio que solía acompañarme desde mi matrimonio por no poder tener la libertad que tanto añoraba y que decidí perder para no caer en la bobalicona bohemia en la que me metiera. Pero mi esposa, gestando un bebé, estaba en la capital del país para asegurarse un buen tratamiento médico, sin la menor garantía por estos lares.

   Encaramado sobre la cátedra empezó el Líder una perorata suave, letánica, cuasi sacerdotal, en vez de esos discursos incendiarios a los que nos tenían acostumbrados los caudillos de plazuela. Parecía, por momentos, estar rezando una oración, aunque por instantes convertía el atril en un púlpito y se lanzaba una monserga, hecha más con ánimo persuasivo que conminatorio. El atajo no lo era tanto, pues se iba convirtiendo en un largo camino regado de roja sangre y asfaltado por miles de miles de muertos, lo que bajo el tono de su voz  no significaba otra cosa que regar el digno jardín de la revolución social que el se había decidido a emprender como Mesías único e indiscutible para nuestro atrasado y golpeado país.

   A estas alturas del sermón de las mil horas estaba cabeceando de sueño y asaltado por esa abrasante sed de las resacas borracheriles, y decidí dejar al sumo sacerdote en el púlpito y abandonar la misa. Por suerte alguna mano amiga en la semioscuridad del salón auditorio me disuadió del acto, advirtiéndome: ¡cuidado con lo que haces! Entonces, para disimular mi frustrado mutis, balbucí una pregunta, levantando la mano al ponerme de pie, en un intento por disimular mi frustrado mutis.

   No viene al caso rememorar la pregunta literalmente, pero sí recuerdo que indagué el porqué en vez de estar perorando todo el mundo sobre la lucha armada en cafés, plazuelas y púlpitos, de una vez por todas, sin mayor palabreo de por medio iban y hacían volar el sistema, tal como lo prometían en todos los idiomas y colgaban a los enemigos antirrevolucionarios de los postes. Decenas de miradas se posaron sobre mí. Yo sudaba a chorros, pero impertérrito esperaba la respuesta del asediado, quien hizo caso omiso a mi pregunta aunque de soslayo se refiriera a la banda de provocadores que querían hacer abortar la verdadera, única e invencible revolución que sólo él, el Líder, el Mesías, el Maestro y Guía iba a poder dirigir. Mis amigos escritores que estaban a mi lado, prácticamente me arrastraron fuera del recinto, y al salir me pusieron en las manos una botella de aguardiente para que me calmara, pues las manos me temblaban a rabiar y sudaba como un maldito.

   Apenas a dos cuadras de distancia quedaba mi casa, de manera que me llevaron hasta allí y añadieron a la botella, de la cual ya había escanciado un cuarto de su contenido por lo nervioso que me encontraba, un par de cajetillas de cigarrillos negros y la promesa de traerme a don Máximo en cuanto pudieran, que ya regresarían ellos. Eran mis amigos.

   La luz de la madrugada hirió mis ojos en cuanto unos fuertes toqueteos a la puerta de casa me hicieron despertar mientras soñaba con lastimeros aullidos. Tambaleante abrí la puerta dándome con el perro del señor Vega, el dueño del departamento donde residía, colgando de una soga, sin vida. Don Máximo me lo señaló, sobrio como nunca, y de inmediato me ayudó a hacer mis maletas. él estaba con su Wols comprado a plazos parado en la puerta y deberíamos salir de inmediato para el pueblo más cercano, echarnos un par de tragos allí y seguir rumbo a la capital embalados, era lo más recomendable, se lo habían dicho en secreto los muchachos del grupo literario que ahora sí estaban asustados. Metí todo lo que pude en mis dos maletas, dejando abandonados discos y libros, aparatos eléctricos y muebles. Por los cerros ya se escuchaba el estruendo de los dinamitazos. Al recorrer las calles surgían más y perros ahorcados con un letrero escrito con burda letra que decía: ASI MORIRAN LOS PERROS CAPITALISTAS BURGUESES. ¡VIVA EL GRAN ESPADACHIN!

   Como siempre me pasa, decidí hacer una locura. Pare, pare usted don Máximo o lléveme de vuelta a casa, si quiere, le dije. Yo me quedo. Prácticamente lanzó mis maletas del automóvil y tuve que apearme al vuelo. Un cargador se acercó solícito y se hizo de mis bultos. Volví a casa. Me esperaban.

   Desde entonces ya llevo veinte años en prisión, acusado de instigador de la insurgencia. He estado en cuatro listas de amnistía, pero nunca me ligó. Recién desde hace un año, aproximadamente, me han permitido que escriba, por eso estás leyendo esto. Supe que don Máximo murió de cirrosis un año después de "la noche de los perros ahorcados". Yo, al menos, he podido preservar mi vida y hace veinte años que no bebo una gota de licor, lo juro. Ah, aún no he cambiado mi manera de andar y sigo tan locuaz como siempre.


Mecánico traqueteo (1972 – 2005)     Volver al Menú

   Ingresa en el recinto con su terno gris lustroso, eso sí, las rayas de los pantalones perfectas, como recién planchaditas. ¡Trac, trac!, marca su tarjeta (le preocupan los 10 segundos de retraso con que ha llegado). Sin perder tiempo enfila veloz hacia su eterno escritorio de madera barnizado de color caoba, siempre brillante. Sin quitarse el saco, se sienta sobre su pequeña silla giratoria, coge casi de inmediato –luego de abrir la cerradura del cajón central y aguaitar que todo está en perfecto orden—el enorme libro empastado de negro conteniendo largas cifras en sus rayadas páginas y que al final siempre tiene extensos resultados sumatorios. Con ojo avizor constata en su chequeo que falta un resultado.

   Procede a enchufar su vieja calculadora. Tracatac, tracatac repite mientras va vomitando una cinta marcada por números que aparecen y aparecen. De repente se detiene, se frota con un pañuelo los ojos cansados, se nota que algo le preocupa y por ello se palpa con disimulo con su mano derecha el lado izquierdo de su pecho y constata que el bulto está allí, dentro del bolsillo interior del saco. Levanta la mirada y de refilón observa al resto de sus compañeros de trabajo, para saber si lo han descubierto en ese acto disimulado de constatación. Bisbisean entre ellos y él poco o nada  les importa. Carraspea y se pone intempestivamente de pie. Camina lento, siempre con la mano sobre el pecho. Mira la jaula de vidrio del jefe y lo saluda con una leve inclinación de cabeza sin que este se percate de su insignificante presencia. El rostro se le va encendiendo como una lámpara cuando se sabe al fin frente a la puerta negra. Saca una llave larga de su bolsillo, de esas de cerradura antigua, y transpone la puerta.

   Saca el bulto de dentro del saco, lo pone encima del tanque del inodoro. Empieza a desvestirse. Indeciso, se sienta. Hasta que con un dedo hala en mecanismo que habrá de llevarse los miasmas que puedan haber restado de otros usuarios anteriores. Estira hacia atrás su mano derecha y se hace del bulto, mirando antes su reloj posado en su muñeca izquierda donde inmutable se marcan los años, los meses, los días, las horas los minutos y los segundos de la vida. No en vano es un Seiko que casi le costara un ojo de la cara. Con el bulto en la mano, lo desenvuelve. Puja con determinación y empieza su diaria, subrepticia lectura del diario del día a partir de la página de obituarios. Sigue por deportes, espectáculos y mirando de pronto su reloj se pone de pie de un salto: han transcurrido los diez minutos que a diario se permite para saber que el mundo sigue vivo. Se limpia con cuidado para que no le duelan las hemorroides, se sube el pantalón, los calzoncillos, se lava las manos con jabón carbólico, lanza una mirada al espejo, se pasa el peine por los ralos y blanquecinos cabellos y se percata que hoy apenas si le faltan 365 días para cumplir sus ansiados 65 años que lo convertirán en un flamante jubilado. Silencioso, ignorado, pero feliz retorna apresurado al tracataca de cu calculadora, a su librazo negro, a su eterno escritorio. Lo llena de alegría el notar que el jefe desde su aislada jaula de vidrio lo ha tenido en cuenta; si bien no le devuelve otra vez su venial saludo, él se percata cómo ha mirado el reloj grande que preside desde lo alto su oficina y ha lanzado un imperceptible gesto de desagrado por el minuto demás que ha pasado en el baño, tal vez hasta ha lanzado un leve gruñido.


Redada con tarjetazo (Chimbote, 1975-Lima, 2000)     Volver al Menú

   Allí en el pasadizo se prestaba la noche para las confidencias, para resquebrajar los rencores y tornar a contarse cosas del pasado. El hombre bajito se acomodó los lentes, enchalinado como estaba, y con unos ¡je, je!, empezó con las remembranzas de sus antiguas prisiones, impostando una secreta voz de timbre malogrado.

   Entonces ya está saliendo de su casa empujado por varios investigadores, y luego lo hallamos tirado en el calabozo al lado de otros conocidos con quienes parte apretujado en un carro viejo, un ómnibus chiquito, carcocha, de esos que ahora les dicen microbuses, aclara, y que demoraría un montón de tiempo para llegar de Chimbote a Lima. La noche debió haber sido de verano y la gente seguramente conversaría en voz baja, asustada como estaba, mientras los policías vigilaban nerviosos porque era tiempo de guerrillas y a estos hombres de su casa y de su trabajo, los superiores más encumbrados los creían metidos en una confabulación clandestina con la que quizá soñaran de muchachos al leer las novelas de aventuras de  Salgari.

   El viaje en el armatoste duró una eternidad, que hasta los guardias se quedaron dormidos. Se despertaron en Limatambo, el antiguo aeropuerto de Lima, y ahí los empleados informaron a un despistado teniente policial que ellos no sabían nada de nada, que sólo podían sugerirles que se vayan al aeropuerto de Las Palmas, el de la Fuerza Aérea, donde se suponía se ventilaban asuntos de deportados. El bisoño tenientito prefirió enrumbarse hasta las oficinas de Seguridad del Estado, la sede de los soplones de ese entonces, ubicada en pleno centro de Lima, donde el joven oficial recibió una tremenda gramputeada, siendo relevado por otro de mayor jerarquía,  que al principio no quería dejarlos bajar a miccionar, pero que tuvo que ceder cuando las ganas de mear envalentonaron a los hasta hace un ratito tímidos conspiradores.

   --Qué bajen de uno en uno --ordenó con voz metálica--, y al menor movimiento sospechoso me les meten bala.

***

   Ya era de noche otra vez cuando enfilaron hacia Las Palmas. Es un aeropuerto grande y son recibidos por una larga fila de avioneros con cascos blancos portando metralletas en ristre y con más cara de asustados que los que llegan. A medida que van bajando los redados, los avioneros se van colocando en la posición previa que suelen tomar los soldados antes de disparar; pero cuando se está cansado y con hambre no hay balas que asusten a uno. Por eso los hombres al entrar en la cuadra grande con esa sensación de vacío en las tripas se agarraron a armar una bulla de los mil demonios hasta que les trajeron comida.

   -Igualita a la que nos dan acá. Y  yo me agencié de un papelito chiquitito y en la semipenumbra escribí con un lapicito un mensaje que ya les diré a quién dirigí—me confidencia.

   Comieron en unos cacharros de tropa y al darse cuenta que no había ni siquiera un petate donde estirar el cuerpo, de nuevo empezaron la gritería. Pero el escándalo ya había traspasado las paredes del cuartel, por lo cual se habían apersonado al recinto castrense algunos parlamentarios, y terminaron por dormir sobre colchones.

   -Eran mejores que los de estos calabozos --dice el viejo--, así que rapidito se pasó la noche y a las cinco de la madrugada estábamos formando fila frente a un anticuado avión de guerra de la Fuerza Aérea convertido en transporte de pasajeros.

   Contra  la burla del resto de sus compañeros, escribió en el papelito chiquito un mensaje a su hermano Subdirector de Culto del Ministerio de Justicia y Culto y se lo envió subrepticiamente con el chofer del ómnibus que era paisano chimbotano y que vino a despedirse de sus pasajeros, pese al peligro que ello representaba.

   Los presos se preguntaban cómo iban a viajar al extranjero en ese armatoste, pero por más que trataban de indagar, el silencio absoluto era la más elocuente respuesta, hasta que avistaron de refilón por una ventanilla ojo de buey un enorme mar verde a sus pies, una vez que habían cruzado la alta cordillera de los Andes sentados sobre esas lonas que fungían de asientos. El más cuajado de los redados les informó: nos están llevando al Sepa. Una colonia penal ubicada en pleno corazón de la selva Amazónica donde eran trasladados los condenados a largas penas de cárcel y de donde casi nadie solía regresar, y cuando lo hacían estaban llenos de enfermedades y males desconocidos.

   Se fueron pasando la voz mediante susurros, hasta que a todos les emanó a coro un ¡nos jodimos! La promesa hecha por los militares a los parlamentarios de que no los iban a deportar, se estaba cumpliendo.

   Si en el aeropuerto militar los recibieron esos soldaditos timoratos apuntándoles con sus metralletas, en el Sepa los guardias republicanos hasta se habían camuflado pintándose los rostros de verde para recibir a esa tanda de peligrosos guerrilleros, y lucían los mauseres con la bayoneta calada.

   Cuando el experimentado comandante del penal los vio, leyó en la pinta de los redados que no eran más que una sarta de lenguaraces con quienes el gobierno quería justificar la eficiencia de su combate contra los guerrilleros insurgentes. Si bien se hizo el estricto, dispuso que no se mezclaran con el resto de la población penal para preservarlos contra los robos de los avezados delincuentes y les previno, eso sí, que para comer tendrían que cocinarse ellos mismos y aprender a cultivar yucas, cosechar plátanos y otros alimentos de la zona, así como adiestrarse en cortar la rica chonta.

   Los avezados delincuentes resultaron ser no otra cosa que homicidas pasionales a los que motejaban de "corvineros" y algunos rateros despistados que habían chocado con casas o vehículos de gente enquistada en el poder. Surgió entonces un trueque de conocimientos culturales, entre los que se encontraba la alfabetización, a cambio de los conocimientos empíricos recogidos por los presos comunes gracias a su larga estadía en la selva, de la cual conocían casi todos sus secretos. Se armó un campeonato cuadrangular de fútbol entre los representativos de los "Corvineros", los "Choros", los "Repuchos" y los "Lenguaraces", los tres últimos salidos de las filas de ladrones, guardias republicanos y  presos políticos, por supuesto.

   A las pocas semanas el comandante nos reunió a todos en el patio, y lo vimos, radiante de alegría, anunciar que por disposición del Ministerio de Justicia y Culto arribaría un avión de carga trayendo una remesa para mejorar la atención de los colonos de la prisión. El aparato acuatizó al día siguiente por la mañana y hasta los presos comunes pudieron lucir botas de jebe y casco de explorador, dormir bajo un mosquitero y tratarse algunos males con medicinas, pues entre los políticos había dos médicos que a veces sufrían más que los enfermos por no tener con qué tratarlos. El hidroavión empezó a llegar puntualmente cada mes y durante los primeros días subsiguientes era posible preparar algunos potajes criollos de chuparse los dedos: a falta de afecto femenino, el preso compensaba sus carencias eróticas con los deleites del paladar.

   El escondido penal ya estaba a punto de convertirse en un albergue turístico, pues hasta madera lograron conseguir para renovar las desvencijadas cabañas. Y si todo esto, como ya habrá colegido el inteligente lector, fue conseguido por el viejito bajito al enviar con su paisano ese bendito papelito chiquitito a su hermano Subdirector de Culto, qué no conseguiría cuando su hermano fue ascendido al cargo de ministro del ramo.

   -Les juro que nos moríamos de pena. Retornamos a Lima con una resaca horrible  de tanto masato que libamos. El comandante hasta quemó una botellita de pisco que guardaba como oro en polvo. Todos lloramos a moco tendido. Ah, y ese papelito me reconcilió con mi hermano, con el que me había dejado de hablar por razones políticas: él me tildaba de rojo y yo lo trataba de reaccionario colaborador de las más oscuras dictaduras. Vámonos muchachos, ya nos llaman para entrar a la cuadra. Pero no se preocupen, esta primera noche dormiremos sobre asquerosos colchones de paja, pero ya le mandé un papelito a mi hermano, que si bien no está de ministro, es asesor personal del general presidente. Claro que seguimos sin hablarnos. Apenas yo le escribo de vez en cuando, cada vez que hay una redada y caigo preso. Es para recibir el peso de su tarjetazo.


Sale con todo (Lima, 2002)     Volver al Menú

   ¡Fernández, sale con todo!, escuchó asombrado el grito del carcelero y se levantó de entre los 48 presos que ya acostados sobre sus asquerosos colchones de paja, acomodados de dos en dos, de tres  en tres, se aprestaban a dormir en el “Sheraton” de la Prefectura de Lima. Eran en su mayoría detenidos políticos en espera de su clasificación para saber si salían libres o los trasladaban a alguna de las tétricas cárceles públicas de la ciudad.. Pero él, suertudo, era el primero en salir. Todos lo apabullaron con felicitaciones o expresiones en sorna, total ellos no habían hecho otra cosa que protestar sindicalmente, no habían cometido el tan propagandizado sabotaje del cual los acusaban. Pero el más viejo, el más cazurro de todos, el que dormía poto con poto con él, como se reía comentando, después de las discrepancias políticas que habían sostenido en la lucha gremial, le advirtió en voz baja: no firmes ningún papel, a estas horas de la noche no le dan la libertad a nadie, ¡ni de a vainas!

   El tira abrió la pesada reja, Fernández salió pausadamente cavilando sobre la advertencia del viejo, sorteó con cuidado el balde que les servía de bacín para orinar de noche y se fue caminando al lado de su carcelero hasta llegar a un recinto muy iluminado con piso de madera sin lustrar y un escritorio viejo también de madera donde empezaron a hacer un inventario de sus cosas, incluyendo la correa y pasadores de los zapatos que al ingresar les habían decomisado para evitar cualquier intento de suicidio, decían, pero era más bien por temor a que pudieran ahorcar a sus guardianes mientras cabeceaban a medianoche.

   ¡Firme acá!, le dijo el oficial de tras el escritorio. Quiero saber a dónde me llevan contestó Fernández. Firme o no sale, lo conminó el policía. Entonces el preso trazó un garabato cualquiera, menos su firma. El vigilante se armó de una pistola ametralladora, la rastrilló y lo conminó a caminar en su delante. Allí se convenció de que no le estaban dando la libertad.

   Lo hizo subir a una camioneta celular ploma, al asiento trasero, mientras que adelante se sentó un oficial, junto al chofer, quien empezó a hablar en clave por la radio que había en el carro. Cumplimos operación Caribe, señalaba, de todas maneras; le aseveraban: antes que se ponga el sol. La noche ya era bastante avanzada, por supuesto. Recorrieron la larga avenida Salaverry hasta llegar a la conocida como “Pera del amor”, porque allí se daban cita en verano los enamorados. Pero era invierno húmedo y gélido en Lima. Lloviznaba. Lo de la operación Caribe se iba convirtiendo en un sonsonete. Se detuvieron junto a la “Pera del amor” y el oficial le preguntó demasiado dulzón y amable: ¿no quiere usted bajar a orinar?

   La verdad es que me meaba, carajo, antes de llevarme por la Salaverry me habían hecho dar mil vueltas, ya habían pasado como cuchumil horas, me parecía, y tenía la vejiga hinchada, así que estaba a punto de decir, sí, quiero orinar, pero el de la metralleta me hizo una señal secreta con el codo, lo miré a lo ojos, y leí en ellos su mensaje. Además, recién reconocí en su rostro el de aquel muchacho vigilante que se había hecho mi amigo, porque era, como yo, de los Barrios Altos de Lima, pero cuando le preguntara sobre si conocía al “chato” Salinas, un pata de la universidad que era de la policía secreta, me había cambiado de tema. No gracias, respondí con apenas un hilo de voz, recordando la famosa ley de la fuga. Entonces ponle la capucha, ordenó el oficial, y me di cuenta por el aire y porque voltearon a la derecha, que se enrumbaban hacia la Costanera, hacia las playas de la Mar Brava, donde salvo contados vagos y facinerosos chalacos, que huirían al ver el carro de la poli, no quedaría un alma para testificar la tanda que seguramente pensaban darme.

   El olor pútrido de ese mar sucio sobrepasó al de la negra capucha de hule manchada de vómitos y sangre que cubría mi cara. Me enmarrocaron con las manos atrás tan fuerte que las esposas no me dejaban siquiera jugar con mis muñecas para calmar los nervios. Caminamos despacio entre la arena gruesa e iba sintiendo la cercanía del reventar de las olas. Me van a bañar con este frío, malditos, me dije para mis adentros, me van a hacer el submarino hasta que confiese que soy el saboteador, ya me cagué. Pero no, antes de llegar al agua me ordenaron que me arrodillara: esta es una tanda de las buenas, me dije, y ya no pude dominar mis esfínteres, sentí cómo mis muslos se iban empapando muy a pesar mío. Con tal de que no me cague ahora, rogaba, casi rezaba. La voz del oficial sonó bronca: ¡cumple carajo, es una orden! Se me ha trabado la metralleta, jefecito, pruebe usted si quiere, le contestó el auxiliar. Al parecer, el chofer se había quedado en el carro. Toma entonces mi arma, le espetó el hombre de mando. Entonces me di cuenta que estaba yo llorando, que las lágrimas de la muerte eran calientes, cuando la pistola estaba ya posada sobre mi sien derecha. El balazo tronó sobre mi cabeza y ahí se acabó todo.

_ . _

   Despierten a ese haragán, ¡qué se habrá creído! Hace tres días está durmiendo como un lirón y apesta a cerdo. Apúrense que viene el general en persona, dijeron. Sintió que lo levantaban en vilo, lo ponían bajo un gran chorro de agua luego de desvestirlo a la mala, lo ataviaban con ropa limpia y nueva, lo secaban con tocuyos recién estrenados y lo regresaban luego a otra celda ya con luz donde reconocía que todavía quedaba algo de vida en su maltrecho cuerpo. Se dio cuenta que estaba recostado sobre un colchón de paja nuevecito y sintió cómo rechinaba la reja de la celda para dar paso al general: Ya están consignados esos bestias, hijo, cómo se les antoja jugar con el simulacro mortal en pleno siglo veinte, hay que civilizar a esta gente de mierda, disculpa la expresión muchacho, suerte que no se les pasó la mano, pero todo está normal, cómete este pollito calientito que te he traído para que te recuperes. Le ofreció un pollo a la brasa que quiso devorar pero al segundo bocado ya se había hastiado y apenas si sorbió un poco de la  gaseosa  que también pusieron en sus manos. Bien, bien chico, esto tenemos que olvidarlo todos, va a venir el juez y unos periodistas, pero es mejor que no les digas muchas cosas, acuérdate de tu familia, sobre todo de tus pequeños hijos que ya están yendo todos los días al colegio. Bien, bien muchacho, si en verdad no te irás a tu casa, dirás que has preferido viajar al extranjero, toma estos cheques de viajero de parte del señor Ministro del Interior que es demasiado buena gente. Te va a gustar La Habana, donde han aceptado recibirte. Chau. Y ya sabes, acá te cuidaremos a tus hijitos, siempre, para que crezcan sanos y sean hombres de bien para la patria. Me quieres decir algo... Si general, le juro que las lágrimas de la muerte son calientes, se lo juro. El curtido generalote calló en todos los idiomas, menos en el de los ojos que le se pusieron acuosos. Dio media vuelta de inmediato y, furtivo, se persignó. Total, este hombre bien podría ser apenas un fantasma.


¡Oiga compadre vice! (Chimbote,1973-Lima 2000)(Chimbote 1972-Lima2000)     Volver al Menú

   --¡Oiga compadre! Escuche: Aquí dice que el comandantito que usted me ha puesto ahí, en la siderúrgica de San Pablo, se manda el lujo de usar un automóvil para su uso propio y otro, con chofer y todo también, para que su esposa haga la plaza del mercado. Léalo aquí compadre, en este comunicado de la Comunidad Industrial que firma MM Cid de Aragón, su mismo presidente.

   --Efectivamente, compadre vicealmirante , y eso que no has leído las demás insolencias que contiene el comunicadito, que de yapa está impreso con tinta roja.

   --¿Cómo? No lo he escuchado bien compadre o usted se hace. ¿Quiere decir que usted está de acuerdo con todas las sinvergüencerías que se cometen en la planta siderúrgica? ¿Que usted, en síntesis, avala y da pase como cabeza, como hombre máximo de la siderúrgica, como presidente de su directorio, a tanta canallada de estos pseudo cogotudos?

   El contralmirante rubio, alto, coloradote y de ojos azules no pudo esconder su lividez, los ojos se le extraviaron. Tartamudeando respondió:

   --No, compadrito vice. De ninguna manera. Evidentemente hay cosas que están malas, pero...

   --No te me hagas ahora el cojudo, y te anuncio que en llegando vamos a poner las cosas patas arriba.

   Efectivamente, el Ministro de Industria, Comercio y Turismo del gobierno militar revolucionario apenas al aterrizar el avión en el aeropuerto de San Pablo puso las cosas patas arriba: Decidió no bajar de la nave mientras no viniera a recibirle el Presidente de la Comunidad Industrial de la Planta Siderúrgica. Así que los altos funcionarios tuvieron que ir  a toda velocidad en sus raudos automóviles a traer desde el laboratorio de la planta donde laboraba a MM Cid de Aragón...

   Bajito, cegatón, medio sordo, pero inteligentísimo, cazurro, apareció a los quince minutos MM en ropa de faena, luciendo sus zapatones de seguridad y coronada su cabeza por un albo casco, y el ministro vicealmirante, más albo aun en su traje de marino, lo estrechó con fortísimo abrazo y lo invitó a subir a su cochazo, para envidia de todos los asistentes, especialmente para el compadre de los azules y despistados ojos.

***

   Frente al Hotel de Turistas del puerto, donde también los uniformados miembros de la baja policía terminaban apresuradamente de asear la cuadra a escobazo limpio, se apeó el ministro almirante Jorge Delpiano, dando la orden de que llevasen a MM hasta la misma puerta de su casa.

   --Y se me va después, MM, al bosque de Los Pinos para tener el gusto de almorzar juntos. Ah, pero antes se me viene, si es que quiere, a la sesión ampliada que tendrá el directorio con los funcionarios; le tengo una sorpresita.

   MM partió preocupado, angustiado porque no sentía en su olfato de viejo zorro nada que delatase una celada. "¿Dónde estará la trampa?", se preguntaba para sus adentros, pero no daba en el clavo.

   El ministro pasó al hall del Hotel de Turistas y, comedido, el  administrador se dispuso a acompañarlo a sus habitaciones. Número treintitrés, le comunicó, para mala suerte, pues el ministro vicealmirante le preguntó sagazmente si había suite presidencial en el hotel, a lo que el administrador le respondió que sí, que estaba lastimosamente ocupada por un norteamericano. Money is money, intentó bromear el hombre. Pero no tuvo ni tiempo de dar mayores explicaciones, Delpiano le dio la espalda y ordenó a sus asistentes con estentórea voz:

   --Me sacan a ese hijo de puta extranjero que ocupa la suite de mi presidente, y a este baboso de administrador me lo reemplazan inmediatamente, ¡ya, hoy!

   Al ratito bajaba un gringote con una maleta en cada mano y un puro en la boca, despotricando, pero al ver y escuchar a Delpiano cambió de color y de modos y rompió en gestos de falsa cortesía: "señor ministro, no conocía las reglas". Para el vicealmirante no existía el individuo y trepó ágilmente las escaleras, también con una maleta en cada mano; pero con una sonrisa de oreja a oreja.

***

   La sesión ampliada de directorio estaba por comenzar cuando hizo su aparición MM. El vicealmirante ordenó que todos se pusieran de pie. Grande fue su sorpresa cuando vio sentadotes a los dirigentes de la comunidad y hasta a los del sindicato, quienes primero dudaron si pararse o no, pero la invitación entre cordial y perentoria del militarote no los dejó titubear más.

   El discurso de Delpiano fue desbastador: no dejó títere con cabeza entre los miembros del directorio y los altos funcionarios. Lo peor llegó cuando solicitó a MM que pusiera en claro acerca de las denuncias publicadas en sus pasquines impresos con tinta roja.

   --Eso y mucho más, mi querido hermanón-- se lanzó confianzudo MM. E hizo una enumeración pormenorizada de todas las tropelías cometidas por el coloradote y sus secuaces.

   Delpiano mandó llamar a su equipo de asesores, entre los cuales había un economista de la mera izquierda y un periodista más progresista que los mismos sindicalistas. De inmediato empezó a firmar resolución tras resolución y fue entregando la noticia de sus ceses a cada uno de los responsables de las gerencias y superintendencias de la siderúrgica  a quienes se daba cuarentiocho horas para entregar los cargos debidamente saneados bajo responsabilidad. El compadre rubricaba todo sin chistar, hasta que le tocó su turno así como a todos los miembros del directorio que quedaban removidos de sus cargos.

   Luego aparecieron las resoluciones ministeriales de nombramiento, y MM casi se cae de poto cuando lo anunciaron como flamantísimo Presidente del Directorio de la Planta Siderúrgica de San Pablo. Se declaró el día siguiente como feriado siderúrgico, porque de ahí en adelante, dijo el revolucionario ministro, sabía que la fábrica de acero no pararía un solo día hasta subir su producción de las 70 mil a las 500 mil toneladas que prometía MM en sus panfletos, chanceaba el ministro desternillándose de la risa.

   Cuando MM se despertó de la gran jarana para irse tempranito a trabajar, como siempre, mientras se duchaba sintió un ruido de sirenas de carros policiales que llegaban a su casa y se apresuró en secarse. Cuando oyó que tocaban a la puerta ya estaba prácticamente vestido con su ropa de faena y sus zapatones de seguridad. Salió presuroso diciendo hermanón, porque tras la ventana vislumbró un rostro testado con un gorro de visera que lo atisbaba. Al salir apenas, le dieron vuelta, lo enmarrocaron y se lo llevaron a empellones hasta el carro patrullero de adelante. Su amigo el coronel llegó a susurrarle al oído antes de colocarle la capucha negra:  "Te emborrachaste tanto que no te llegaste a enterar del golpe de estado de ayer, so cojudo".

   MM era el único detenido, todo el resto se había escondido y los grandazos, encabezados por el ministro vicealmirante, habían tomado el avión y enrumbado hacia un vecino país del norte.

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