Maynor Freyre - Textos Libros
Altas Voces de la lit. peruana y latam. - [4ta Parte ]

Maynor Freyre

Altas Voces de la Literatura Peruana y Latinoamericana

IV

EN EL OJO

DE LOS CRÍticos

1. Encuentro con Estuardo Núñez:

La palabra del tiempo

(Revista Cultural,

El Peruano, 18/10/93)

 

 

Estuardo Núñez (Lima, 1908) pertenece a esa brillante generación conformada –entre otros– por Martín Adán, Emilio Adolfo Westphalen y Xavier Abril. Con ellos inició sus primeros escarceos literarios en el Colegio Alemán, famoso centro de enseñanza escolar de la época. Y, posteriormente, no obstante el enorme silencio existente, supo hacer prevalecer la palabra y la literatura por encima de todo. Las siguientes líneas están signadas por el recuerdo y la nostalgia, pero también por la lucidez de uno de los grandes intelectuales del presente siglo.

Hemos llegado con Juan Carlos Domínguez a la barranquina casa de don Estuardo Núñez, quien nos recibe enternado y amable. Juan Carlos lo invita a fotografiarse bajo unos espléndidos árboles y yo le muestro un ejemplar de Panorama actual de la poesía peruana (Editorial Antena, Lima, 1938), el cual toma emocionado entre sus manos (luego me lo dedicaría). El primer recuerdo que aflora del lúcido escritor octogenario es que Raúl Porras Barrenechea escribe en el colofón de Poemas humanos de César Vallejo, publicado en 1939, que Panorama actual de la poesía peruana estaba en la cabecera de la cama de Vallejo en el momento de su muerte. Vallejo se hallaba deprimido porque tenía la sensación de que nadie se acordaba de él en el Perú. Escribía a sus amigos y nadie le contestaba. Madrid había caído, sus ideales se acababan; pero el libro le hizo saber que los nuevos valores lo proclamaban como la vanguardia de la poesía peruana. Él temía el olvido de sus paisanos. «El Perú –dice don Estuardo– atravesaba una etapa muy difícil por los gobiernos de Sánchez Cerro y Benavides. No sólo no había apoyo cultural, sino un total abandono en ese aspecto. No existían revistas especializadas ni suplementos literarios. La cultura estaba excluida de la difusión. Muchos autores guardaban inéditas valiosas obras. Con este libro logré darlos a conocer y difundí la existencia de sus obras. No había dónde dar una conferencia, hacer un concierto, una exhibición de cuadros. Muchas revistas importantes dejaron de publicarse. Había crisis económica y moral. En parte se llamaron los años de la barbarie».

 

El Colegio Alemán

 

«Nací en Chorrillos en 1908, el mismo año del nacimiento de Martín Adán. La mía fue una generación literaria que se formó en el Colegio Alemán. Cursábamos el mismo año de estudios con Martín Adán, Ricardo Grau, Xavier Abril, Emilio Adolfo Westphalen y algunos otros más que también nos seguían. Era una causa extraña la que nos había reunido en este colegio, donde enseñaban profesores alemanes de alta formación humanística.

«Estuvimos de 1917 a 1926, los años de la posguerra mundial, de la primera. Corresponden a una etapa muy crítica de la vida europea, sobre todo de Alemania que perdió la guerra. Había en ese país una enorme inflación y una crisis que duró hasta 1923, y esto empobreció mucho a la gente, determinando una gran desocupación. Muchas universidades cerraron y quedaron desocupados muchos profesores que buscaron la forma de salir de su país. Así es como llegaron al Colegio Alemán de Lima algunos catedráticos germanos. Además, había profesores peruanos como Luis Alberto Sánchez. También un destacado profesor de castellano, el español Emilio Huidobro, quien nos dio la pauta para escribir bien, para apreciar los valores literarios. Nos hizo leer los clásicos españoles, así como los alemanes nos hacían leer a los suyos».

Recuerda Estuardo Núñez que había, entonces, una generación más joven y una menos joven. En la segunda estaba el historiador Eugenio Alarco así como Federico Mould Távara, narrador y  cronist muy fino, ya muerto, quien trabajó en Mundial y fue el diplomático que llevó a Vallejo a internarse en la clínica donde después moriría, logrando que la embajada en la cual estaba Porras le prestara la ayuda necesaria. Entre los más jóvenes nombra a Carlos Cueto Fernandini y Luis Felipe Alarco.

 

Encuentros y desencuentros

 

«La mayor parte de los de mi generación entramos a San Marcos –prosigue rememorando–; pero antes de concluir nuestros estudios escolares empezamos a vincularnos con escritores consagrados. Con Martín Adán nos fuimos a visitar a José María Eguren, y nuestro interés literario hizo que nos llevara a las tertulias en la casa de José Carlos Mariátegui, no sólo con amigos políticos sino con literatos. Así resultamos colaborando en Amauta a partir del ’27 y seguimos haciéndolo hasta el año ’30. También colaboramos en el  Mercurio Peruano, primero dirigido por Víctor Andrés Belaunde, pero como éste fue deportado por Leguía, pasaron a dirigirlo Alberto Ureta, Mariano Iberico y Alberto Ulloa, quien escribía poesía desde la época de Colónida».

Quien los llevó a colaborar en el Mercurio Peruano fue su profesor Alberto Ureta, el mismo que los tenía como alumnos preferidos. Esto, hasta el crucial año de 1930 en que cae Leguía y muere Mariátegui, y, con él, Amauta. Recuerda, igualmente, que Variedades y Mundial, fueron revistas que tuvieron importancia literaria, pues escribían en ellas personalidades distinguidas, como Mariátegui y Vallejo.

«Estudiamos letras y derecho, primero con Martín Adán, y luego con Westphalen, porque inicialmente éste se presentó a la Escuela de Ingenieros y como se dio cuenta que su vocación era literaria, se pasó a San Marcos. Encontramos también a Enrique Peña. Seguimos bregando hasta el ’32 en que fue clausurada la universidad por Sánchez Cerro, y se dio una persecución contra todo lo que fuera intelectual. Me tomaron preso –cuenta–. No había garantía para la correspondencia. El año ’32, poco antes de que se clausure la universidad, me gradué con una tesis sobre José María Eguren que titulé La poesía de Eguren y envié a Luis Alberto Sánchez, deportado en Chile, una copia de este libro porque había sido mi maestro. Me contestó con una carta estrictamente literaria que no llegó a mi poder, pues fue intervenida. Entonces, me llevaron preso por haberme llegado precisamente una carta dirigida por Sánchez, en la cual se suponía daba órdenes política. Estuve preso dos días en la prefectura. Me hizo llamar luego el señor Fabián Mústega, jefe de la Brigada Política Policial, quien empezó un exhaustivo interrogatorio: leía la carta con una serie de nombres raros para él; que quién era Westphalen, quién Xavier Abril el tal Peña Barrenechea. Estamos como en Colombia, decía ante mis respuestas, donde todos son poetas. El hombre no entendía ni pizca de nada, ¡pero no encontró nada político!, y descorazonado, me dijo, puede retirarse...; ¡pero le vamos a seguir los pasos! ¿Y no me entrega Ud. La carta?, atiné a reclamarle tímidamente. Es la carta que nunca leí. Sólo supe la versión que este hombre me daba. Era extensa: dos carillas mecanografiadas a un espacio. Me dieron la libertad, pero no la carta», concluye relatando esta tragicómica aventura.

 

Producción literaria

 

Cuando en 1937 se reabre la Universidad de San Marcos, durante el gobierno de Benavides, Estuardo Núñez es excluido de ella, a pesar que estaba designado para una cátedra. Quedó fuera de la universidad del ’36 al ’46 y se dedicó a ser abogado sin muchos clientes. Existía tiempo disponible para el escritor y así construyó su Panorama actual de la poesía peruana. Pero el trabajo prosiguió, y concurriendo a la Biblioteca Nacional don Estuardo pudo descubrir la existencia de autores extranjeros que habían escrito sobre el Perú: nació así el filón que luego de cincuenta años de tesonera labor de investigación, ya como jubilado de la cátedra universitaria, escribiría bajo el título de Viajes y viajeros extranjeros por el Perú (Concytec, Lima, 1989). Antes aparecieron La literatura peruana del siglo XX (Ed. Pormara, México, 1965), La imagen del mundo en la literatura peruana (Fondo de Cultural Económica, México, 1971) y España vista por los viajeros hispanoamericanos (Ed. Cultura Hispánica, Madrid, 1985).

 

Actualmente prepara una segunda edición del Panorama..., con un apéndice bastante largo explicando las circunstancias del libro.

 

Tres generaciones literarias

 

«Se han sucedido muchas generaciones para los estudiosos, aunque yo creo que serían las del ’50, ’65 y ’80, siendo eso muy relativo. Asumo que habría que considerarlas con un poco más de latitud. Lo bueno es que agrupan valores muy importante y que indican el progreso de la creación poética en el Perú. Perfilan nuevas tendencias y reciben influencias que antes no llegaron a nuestro país, y que proyectan muchos aspectos novedosos.

«Surgen grandes narradores que aparecen alrededor del año ’50,  no sólo de cuentos, sino de novela, que es lo más consistente y original que se produce a partir del medio siglo. Encuentro grandes narradores como Vargas Llosa, Bryce, Zavaleta, Ribeyro y las revelaciones últimas que pueden ser los cuentos y novelas de este muchacho Edgardo rivera Martínez y, desde luego, Miguel Gutiérrez, Gregorio Martínez, Antonio Gálvez Ronceros; revelaciones de la madurez literaria en el país. Otro narrador de calidad es José Antonio Bravo, y creo que José Hidalgo muestra talento en La paraca viene del sur.

«Cada día se perfila más la personalidad de la literatura hispanoamericana frente a la producción española, con valores humanos de nuestra cultura tan rica en mitos, en situaciones típicas de cada país. Es una sorpresa para el mundo la presencia de escritores mexicanos, brasileños, chilenos, y ahora peruanos; sobre todo en la narrativa, que requiere estudio, cultura, información, captación de los medios, porque no es lo mismo el ámbito chileno que el mexicano o el peruano».

 

2. Antonio Cornejo: Crisis

profunda y acentuada

en la educación

(El Caballo Rojo, suplemento cultural,

N° 238. Diario Marka, 22/2/85)

 

Nació en Lima por casualidad, porque sus padres vinieron a Lima eventualmente. Al corto tiempo volvieron a Arequipa, cuando el pequeño Antonio Cornejo Polar tenía apenas 6 meses de residencia en este nuestro Perú. Por eso es que el flamante rector de la más antigua universidad de América, San Marcos, se siente todo un arequipeño a sus 48 años.

«En el ser arequipeño hay un sano sentido regional y un orgullo compartido que nace desde las raíces de la historia de Arequipa, pero soy un contrario a toda exageración chauvista», nos confiesa al empezar esta conversación.

Es que Antonio Cornejo estudió toda su educación escolar al pie del Misti y luego en la Universidad de San Agustín se doctoró en Letras, viajando después a la Universidad Central de Madrid para seguir un posgrado en la misma especialidad en 19670. Regresan un año después para quedarse desde 1961 hasta 1965 en su Arequipa, ahora como profesor de su alma mater, la Universidad de San Agustín, y como director de la Casa de la Cultura de la Ciudad Blanca.

Justamente al dirigir ese centro cultural es que se decide su destino para venir a enseñar a San marcos el 65, carrera docente que acaba de culminar al ser elegido para el doctorado casi contra su propia voluntad. Y todo por haber organizado el I Encuentro de Narradores Peruanos, célebre por las grandes figuras de nuestra literatura que llegó a congregar, quince en total entre los que descollaban Sebastián Salazar Bondy (fallecido a los quince días de finalizar el certamen), Ciro Alegría (muerto en 1967), José maría Arguedas (se suicidó en 1969), Arturo Hernández (fenecido en 1968), Francisco Izquierdo Ríos (difunto en 1982, Oswaldo Reynoso, Carlos Eduardo Zavaleta y eleodoro Vargas Vicuña. Es decir, fue ésa la última ocasión de reunir a algunos que han ido falleciendo a lo largo de estos 20 años transcurridos. Todos recordamos el importante documento que publicaría en 1969, con el título de I Encuentro de Narradores Peruanos, la Casa de la Cultura del Perú, con sede en Lima, cuando justamente la dirigía el mismo Antonio Cornejo.

«Zavaleta leyó un cuento que algunas personas consideraron inmoral –nos cuenta– y especialmente la iglesia de ese entonces y algunos conservadores de Arequipa, produciéndose una intensa polémica sobre literatura moral. Los mismos narradores respondieron solidarizándose mediante un documento escrito a puño y letra y firmado por los quince asistentes».

La realización del encuentro coincidió con un contrato que hizo la Universidad de San Marcos a Antonio Cornejo Polar y con la burda represalia del municipio arequipeño del cual dependía la Casa de la Cultura local, que dadas las quejas de los pacatos y cucufatos dispone el traslado de Cornejo a la dirección de la Biblioteca Municipal, cargo jerárquicamente superior, pero que de ninguna manera era el campo donde le agradaba trabajar. Ese desliz burocrático nos ha permitido tenerlo ahora como rector de la cuatricentenaria casa de estudios limeña.

«Ser rector es una enorme responsabilidad, sobre todo porque esta gestión representa la alternativa de cambio después de muchos años de fosilización en la universidad. Un cambio además dirigido por los sectores progresistas que la integran», expresa contundente.

 

Los principales problemas universitarios.- «Hay varios niveles de problemas. Hay un nivel de deterioro del sector académico. Hay un problema de pauperización, sobre todo en la universidad estatal, y un problema de inserción de la universidad en el cuerpo social de la nación. Son tres los grandes problemas que atraviesa la universidad».

 

Elemento de presión social.- «Eso depende de cada universidad. Pero la función fundamental de la universidad es reflexionar sobre la problemática nacional y la de ofrecer soluciones, que por una parte sean científicas y tecnológicas, correctas y eficaces, y por otra parte estén destinadas a transformar la sociedad y a conducirla».

 

El peligro de la burocratización del docente.– «En realidad toda carrera es burocratizable y la universidad casi por inercia tiende a burocratizarse, pero la idea que tenemos es que una burocracia activa y responsable permita evitar ese riesgo. En lo personal trato de hacerlo desde el rectorado, manteniendo el dictado de mis clases».

 

Proceso de la educación.– «Tengo la impresión de que hay una crisis muy profunda que se ha acentuado por un conjunto de experimentos truncos como la Reforma Educativa, que fue cancelada por este gobierno, lo que creó un desconcierto muy grande en un plazo muy breve. En algunos casos se tomaron medidas inexplicables, como suprimir las ESEP que representaban un ensayo de solución al problema de la educación técnica.

«Ahora parecería ser que el problema se ve sólo en términos de construcciones escolares, que son muy necesarias, pero no representan una solución global al problema educativo».

 

Sobre la juventud.- «Creo que hay un estado generalizado de desorientación entre ella, y una sensación de falta de futuro.. En los casos más conscientes, evidentemente el joven busca imaginar su propio futuro en términos de transformar la realidad, pero en los otros casos parece primar el escepticismo o el hedonismo fácil».

 

Tecnología y rentas universitarias.– «En la realidad la universidad está desmantelada, tiene un déficit pavoroso de implementación de equipamiento. Nuestras bibliotecas casi no han crecido en los últimos años; las hemerotecas han dejado de adquirir colecciones de revistas valiosísimas, quedando interrumpidas sus colecciones; los laboratorios son insuficientes, anticuados y, en algunos casos, francamente obsoletos, y existe una casi total ausencia de materiales didácticos, por ejemplo.

«En esas condiciones el nivel académico indudablemente baja. Sin embargo, lo que es asombroso es que aún en esas condiciones San Marcos sigue produciendo altos valores en humanidades, en ciencias y en tecnología. Creo que es una hazaña que pocos reconocen, porque lo único que se ve es el caos, la burocratización, la insuficiencia, y lo que no se valora es ese trabajo colectivo que se hace en las peores condiciones posibles.

«Considero que San Marcos tiene una potencialidad asombrosa que en este momento está realizada en un porcentaje muy pequeño. Con mejores condiciones, San Marcos no sólo recuperaría su estandar académico, sino que lo superaría largamente. En San Marcos hay una generación de profesores jóvenes que están frenados por las condiciones objetivas de trabajo pero que tienen una capacidad intelectual y creativa muy alta y que representan inclusive una nueva manera de formular y realizar la cultura nacional».

 

Daño al futuro del país.– «Pienso que la exigüidad de las rentas de las universidades tiene que ver evidentemente con la crisis económica del Perú, pero que también hay una decisión política de ahogar a las universidades nacionales mediante una forma de intervención que es precisamente el recorte de las rentas, y luego eso genera un círculo vicioso en el cual la universidad parece ineficaz porque no se le dan rentas; y no se le dan rentas porque ya ha sido previamente satanizada precisamente por esa ineficacia».

 

 

Auscultando al crítico literario

 

Indigenismo.- «Yo pienso que hay todo un gran sector dentro de la literatura latinoamericana en el cual está el indigenismo que reproduce muy fielmente las contradicciones sociales y étnicas en  nuestros países, y que han tenido manifestaciones desde las crónicas hasta la narrativa de lo real maravilloso.

«Dentro de ese campo estarían la poesía gauchesca, el indigenismo, la novela del nordeste brasileño y en todos esos casos se trata de literaturas heterogéneas internamente conflictivas que implican movimientos transculturales sumamente complejos. Es el tipo de literatura que a mí me interesa más.

«En cuanto al indigenismo, tenemos variaciones de enfoque. Hay un indigenismo de denuncia que tiene un contenido trágico. Hay un indigenismo lírico, hay un indigenismo que reivindica la conciencia mítica. Pero en todos ellos subyace un contenido  denunciatorio y proviene de una realidad sin duda inaceptable».

 

Síncresis cultural.- «La literatura peruana es una totalidad contradictoria en el sentido que dentro de ella coexisten sistemas literarios con un alto grado de autonomía. Para mencionar los tres más obvios citaremos: A) El sistema de la literatura culta escrita en español. b) El sistema de la literatura popular escrita o hablada en español. c) El sistema de la literatura en lenguas nativas.

«Todos esos sistemas forman parte de una gran pluralidad que sin embargo no se disgrega porque están incorporados al devenir de la historia social peruana»

Literatura en países socialistas.- «En la URSS la oficialización del realismo socialista significó un freno a la creatividad de esta literatura, pero no sucede lo mismo en otros países socialistas. E incluso en la URSS hay un replanteo del asunto que puede ser importante. Digamos que en otro caso, como en el caso de Cuba, hay un movimiento literario muy significativo. Por una parte hay un taller creativo literario dentro del cual una gran cantidad de personas acceden a la literatura y por otra parte está la aparición de escritores jóvenes muy valiosos: Barnet, Otero, Casaus, Nogueras, Cofiño, etc.»

 

Creación en el Perú.- «Lo que está sucediendo ahora en literatura en el Perú es una proliferación de ensayos más personales que grupales que intentan reformulan el concepto mismo de literatura y las formas de la escritura literaria, por eso la imagen de dispersión; pero esa dispersión puede ser un germen de realizaciones espléndidas».

 

 

3. Julio Ortega: 24 años

de exilio peruano

(Diario Gestión, 9/9/93)

 

Ha regresado al Perú después de seis largos años. Pero ya son veinticuatro que vive fuera del país. Nacido en Casma en 1942, fue en Chimbote, mientras Julio ortega estudiaba secundaria en el colegio San Pedro y leía cuanto libro existía en la biblioteca de su plantel, mientras escribía para el diario Santa de ese puerto, que se fue haciendo escritor. También en la librería que el chimbotano Juan Chiri tenía en el mercado abrevó sus lecturas leyendo Leoplán y otras revistas argentinas. Su primera labor literaria consistió en distribuir el folletín semanal de la novela El derecho de nacer de Félix B. Caignet, aquella que como radionovela arrancaba lagrimones por toda latinoamérica.

Si bien es cierto que dentro de la caótica biblioteca que logra armarse por esos días, descubre con José Carlos Mariátegui su amor a la peruanidad, con Cervantes y El Quijote el humor y la posibilidad de escribir de tanto leer (sentencia de Alfonso Reyes) y con Vallejo lo insondable de la literatura, ese nunca terminar de leer un libro, porque cada vez se entiende menos aunque cada día te cautive más y más. Si bien es cierto todo ello, también loes que Julio Ortega confiesa haberse hecho escritor en las calles de Chimbote, primero cuando cubriendo la muerte de una persona en un choque con la policía en el barrio del Acero, ve salir a las madres a protestar con sus hijos en brazos y le piden que cuente lo que ha visto; allí descubre que las palabras no sirven para comunicar las experiencias de ruptura o de violencia. Luego cubrirá, periodísticamente, las luchas populares de junio de 19670, a causa de una de las primeras huelgas siderúrgicas, donde cuatro obreros cayeron víctimas de las balas de la policía; tal vez no fue buena su crónica de los hechos, porque reconoce que habían otros periodistas más duchos, pero nace su Memoria de polvo y luz, que incluirá en su segundo poemario publicado: Tiempo en dos («Avanzaban. Hacia el puente. Arriba./ Entre dos orillas, ceñidos por afilada luz,/ avanzaban. Hacia el puente, arriba./ Sus gritos en mi cabeza como brilloso aceite...»). Colige, entonces, que la escritura formaba parte de esa fuerza de ruptura, de impugnación, de desgarramiento.

En 1962 y en 1963 obtiene el premio de los Juegos Florales de Cuento y Poesía de la Universidad Católica de Lima y el ’64 el consagratorio sello de la Rama Florida dirigido por el poeta Javier Sologuren le publica De este reino, poemario muy bien recibido. El ’65 publica su dramaturgia bajo el simple título de Teatro y el ’66 gana nada menos que los Juegos Florales Universitarios. Ese 1966 editará también su primer libro de relatos: las islas blancas, al que anteceden dos monografías en la colección Hombres del Perú: Juan de Arona (1964) y José María Eguren (1965). Es posible que hasta el momento haya publicado alrededor de 40 títulos. Terminados sus estudios de literatura en la UC, se marcha al extranjero, para volver por dos años al Perú: de mayo de 1974 a diciembre de 1976.

Actualmente es profesor de estudios hispánicos de la Brown University de Providence, en Rhode Islan. Antes estuvo en la de Austin, Texas. Hablamos de su exilio, de su sentimiento de mitimae o de mitayo. Pero el Perú está siempre a su lado, con Vallejo, el Inca Garcilaso, Huamán Poma, José María Arguedas y la poesía peruana moderna (prepara la antología 12 poetas peruanos que sólo sabe empezará con Pablo Guevara). Son cursos, libros, artículos, simposios, becas e invitaciones para peruanos y peruanistas, siempre discutiendo y hablando sobre literatura y cultura en el Perú.

Esto le permite estar radicalmente contra las visiones pesimistas en el Perú, comprensibles  y hasta justificables. Y este optimismo se debe en él a que considera que la cultura peruana es lo mejor que tiene el Perú y la política, lo peor. Sentencia Julio Ortega que ve un conflicto entre la cultura y la política peruanas, pero que si la política fuera tan creativa, tan humanizadora y crítica como nuestra cultura, las cosas serían diferentes. «Tendríamos la mejor política del mundo», arriesga el vaticinio.

Cataloga a la cultura como una experiencia de diálogo, y que la década del ’80 no ha sido una década perdida, sino grande en cultura, en las artes, en las ideas de cambio y renovación. Ubica el deterioro en el campo económico frente a la cultura, y pone a ésta como la única reserva que poseemos frente a una vida social hecha de violencia, porque la cultura es el verdadero saber de la vida.

Aunque el tejido social se ha violentado y cuesta mucho en vidas, la cultura es una respuesta y el arte es una metáfora que han de humanizar esta terrible experiencia, en la cual el espíritu de sobrevivencia, de resistencia y de reapropiación son respuestas sapientes. Julio ortega termina su visión insuflante de optimismo diciendo que la cultura es la gran reserva de nuestra identidad, o sea el único motivo de celebración. Así será.

4. Ricardo González Vigil:

Cómo se arma un crítico

(Revista Sí, N° 457,

del 18 al 24 Dic./95)

 

«¿Qué opinas de la crítica literaria en el Perú?», le preguntó Wolfgang Luchting a nada menos que Oswaldo Reynoso en noviembre de 1972, y éste le espetó: «... esta gente que hace crítica literaria, ¿qué concepción tiene del valor literario? Yo creo que sería formidable que tuvieran una concepción reaccionaria; pero da la casualidad que ni siquiera esto, sino simplemente para ello no existe el valor y el desvalor. Lo único que existe (para ello) es sacarle la m... a este fulano que se atreve a publicar esto y a decir tal y tal cosa. De manera que crítica en el Perú no existe». Con Reynoso coincidieron muchos de los entrevistados por el alemán en su libro Escritores peruanos: qué piensan, qué dicen (Ed. Ecoma, Lima, 1977) al responder e idéntica pregunta.

Evidentemente que Ricardo González Vigil no ejercía la crítica literaria por esos tiempos. Porque él es todo un caballero. No abusa de su condición para aplastar a sus leídos autores y más bien hasta hay quienes lo consideran demasiado contemplativo, excesivamente generoso. Bueno, algo se tiene que raja de un crítico.

De familia norteña, pues sus padres son de Chota, en el benjamín de cinco hermanos, todos limeños como él. Ricardo nació en 1949 en pleno centro de Lima, en su casa del jirón Moquegua y allí vivió hasta alcanzar los 15 años, cuando se mudaron por el cine Country, cerca al restaurante Tip Top de la avenida Arenales. Por ahí tenía sus amigos, pero era enemigo del descontrol y ni siquiera le gustaba la música rock.

«No he sido bohemio, no he frecuentado los bares, los sitios para tomar». Pero sí fue recoletano, estudiando en el local de la avenida Wilson su primaria, hasta que se trasladó al local actual.

«Siempre me gustó la imaginación literaria. De chico me entusiasmaba que me narren cuentos, a tal punto que cuando aprendí a leer, me pareció fascinante dejar de depender de otras personas par allegar a los cuentos. Las propinas que me daban, las iba juntando para comprarme libros. Mi padre, aunque no tenía mucha información literaria, recitaba poemas, recordaba con amor a ciertos autores. Mi hermano Fernando, el economista, actual viceministro de Relaciones Exteriores, y que me lleva tres años, leía bastante. En mi casa leían y hablaban bien de los libros. Pero yo era un fanático de la lectura. Cogía los libros de mis hermanos y programaba mis lecturas; aunque era también cinemero y amante de las canciones juveniles de la época».

No se desvivía por los deportes (por el fútbol, como los demás muchachos), salvo las Olimpíadas cada cuatro años. Claro que tenía sus amigos y jugaba con ellos, pero buscaba sus horas para leer. Llega el tercer año de media y empiezan a dictar los cursos ligados a la literatura. Hasta esa fecha, había leído novelas, cuentos, prosas; a Dante y Homero, sin que lo entusiasmasen en demasía. Y de repente se enfrenta a Jorge Manrique, a Fray Luis de León, a Calderón de la Barca y la vida es sueño, sintiendo surgir el poder del lenguaje, de la poesía que le cala muy hondo, haciéndole aflorar deseos remotos y oscuros. Las nuevas lecturas se van sumando con Bécquer, Darío, Vallejo –encuentro definitivo.

«Me dí cuenta que había otros chicos a quienes les gustaba la literatura, como Alfonso Cabrera, cultivador de poesía y pintura. Entré al periódico mural a medida que los cursos de literatura avanzaban y luego escribí en el Boletín Recoletano, donde antes habían escrito José de la Riva Agüero, Ventura García Calderón, Raúl Porras, Manuel Beltroy, Enrique Solari Swayne (me encanta Collacocha)».

Descubre en los escritos de estos recoletanos, que el Perú es el tema central. Y no sólo de los profesores de Historia, como Héctor López Martínez. También recuerda que Gonzalo Portocarrero, de la sección B de su promoción, estaba en el boletín. Otro de su promoción fue el poeta José Ruiz Rosas, radicado hoy en París, quien con su hermano Patrick, también poeta, viajaban en la misma góndola que Ricardo, aunque no terminaron su media en La Recoleta.

Pero es cuando estudia cuarto y quinto de secundaria en la especialidad de letras –en ese entonces había esa división–, a pesar de que sus padres lo empujaban a las ciencias, que llega a enseñar Historia de la Cultura. Juan Canal, un profesor joven quien le habla de Borges, le da a conocer libros contemporáneos. Él había sido alumno de Alberto Escobar y Armando Zubizarreta. Descubrió en González Vigil su vocación literaria y empezó a guiarlo. Hombre de talento para las letras, Canal prefirió la pedagogía y se dedicó de lleno a la enseñanza. Fue quien le inculcó un enorme interés por la vida académica.

«A los 18 años, cuando cursaba el tercer año de letras en la Universidad Católica, ya era jefe de prácticas y a los 21 años dictaba cursos de mi especialidad. Son 25 años que enseño. Antes, a los 17 años me pasaron la voz para formar postulantes en la academia de ingreso junto a Alberto Flores Galindo, José María Salcedo, Marcial Rubio y César Arias Quincot. Flores Galindo fue el primer amigo que hice en La Católica, pues nos conocimos como pustulantes debido al orden alfabético, por lo que dimos examen de ingreso juntos y trabamos amistad. Me presentó otra gente y yo a Gonzalo Portocarrero. Otros contemporáneos son Manuel Dammert, Mario Zolezzi, Cucho Haya, Juan Acevedo (el del Cuy), Augusto Urteaga, Eduardo Vega Posada, Máximo Grillo, Xavier Barrón y Maruja Barrig, que ingresaron el ’66.

«Del ’65 están Javier Diez Canseco, Carlos Blancas, Balo Sánchez León, Alan García».

 

La formación del crítico

 

«En quinto de media tengo dos experiencias en el descubrimiento de la crítica. Primero, la experiencia clave de Trilce XXIII  de Vallejo, que me remite al diccionario para descifrar la palabra tahona y otras, llevándome a interpretar lo de la yema de donde salían esos bizcochos: madre e hijos. También me enfrento a Martín Adán, en el cual encuentro una complejidad de niveles para el entendimiento del texto; comprendo que debo prepararme para entenderlo. Después tuve que hacer una monografía sobre Dante, y el entenderlo en cuatro planos me llevó a investigaciones profundas. El profesor Canal me enseñó un trabajo que había hecho sobre Alfonso Reyes y me dijo, busca a Luis Jaime Cisneros, a Alberto Escobar. Y los busqué. Luego también busqué a otra gente de lingüística, con Rivarola, después a Zubizarreta, quien junto con Cisneros me formaron en teoría literaria, en filología, Asistía al Instituto Riva Agüero, y así me fui formando como profesor, como investigador. Porque leyendo y escribiendo poemas no se puede vivir. A mí me pagan para que les explique a otros mis lecturas. También la historia me fascinaba y con Flores Galindo nos íbamos a leer historia del ’66 al ’68, y filosofía. Nos enseñaba teología nada menos que el padre Gustavo Gutiérrez, quien te hacía ver el tema de Dios a través de Luis Buñuel, Ingmar Bergman; en Sartre y Camus. Otro teólogo era monseñor Óscar Alzamora, actual obispo auxiliar de Lima».

En el ’69 forma, con Nicolás Yerovi, el grupo Cirle, en momentos que existía Gleba en la Villarreal, Estación Reunida en San Marcos y el grupo de Toro Montalvo en la Garcilaso.

El primer poemario que editan es las puertas de la esperanza de Edgardo Tello, con prólogo de Héctor Béjar. Después a Livio Gómez, ganador de los Juegos Florales de la UC y la revista Cuadernos Cirle de Poesía. Hasta que suena lo que Gonzáles Vigil denominaba la clarinada de Palabras Urgentes, el manifiesto de Hora Zero. Su cuota de poesía culmina con la publicación el ’73, cuando tenía 24 años, de su poemario Llego hacia ti. El ’78 edita Silencio inverso , el ’87 Ser sin ser y el ’92 Flor de mundo.

 

 

Pero su formación como critico empieza en el segundo año, con la vida retirada de Fray Luis de León, trabajo de más de cien páginas. Vienen después trabajos sobre Joyce, Vallejo, arguedas, Ricardo Peña (sobre quien hizo su tesis). Sabía que debía prepararse intensamente. En la revista Cirle arriesga opiniones y el ’71 escribe una crítica de Mapa de agua, poemario de Yerovi. Mas no será hasta 1975, cuando Julio Ortega entra a dirigir el diario Correo y se matricula para doctoral en la UC, siendo su profesor Ricardo, que logra una columna de crítica en ese diario, hasta que Félix Álvarez como Jefe de Editorial, lo invita a hacer crítica más amplia y se lanza con Tierra de caléndula de Gregorio Martínez y el cuento Amaru de Edgardo Rivera Martínez y el cuento Amaru de Edgardo Rivera Martínez.  A los 30 años de edad empieza en serio con Vallejo y ya va 15 años estudiándolo. También ha escrito libros sobre el Inca Garcilaso, sobre Valdelomar y el viernes pasado presentó un trabajo sobre los ríos profundos de Arguedas, donde –al igual que en lo publicado acerca de Vallejo– la erudición, el buen tino y el amor se estrechan fraternalmente para entregarnos un texto docto y diáfano. Autor de importantes, amplias y completas antologías de poesía y cuentos peruanos, prepara un Panorama de la nueva novela hispanoamericana.

«Me gusta la crítica académica y la crítica que te quema las manos. Julio Ortega me dijo una vez: no la crítica a lo Menéndez Pidal o Dámaso Alonso, sino a lo Alfonso Reyes, Angel Rama, Rodríguez Monegal, o Pedro Henríquez Ureña. Considero que Benedetti es un ensayista, como Borges, Paz o Fuentes, y no un crítico literario.

«En el Perú han habido aportes consistentes como los de Escobar, Zubizarreta, las investigaciones tan serias de Alberto Tauro, y lo de Estuardo Ñúñez y Tamayo Vargas. José Miguel Oviedo, aparte de su libro sobre Vargas Llosa, más se consagró a la crítica de actualidad».

 

 

5. José Miguel Oviedo: Joven valor de la crítica literaria

(Revista Horizontes Universitarios, N° 45, Mzo. 63)

 

 

-¿Cuál es su opinión sobre el teatro nacional en sus aspectos de actuación, dirección y público?

-Progresa más lentamente de lo que debiera; es decir, hay un desperdicio de talentos y capacidades porque la actividad teatral misma es azarosa, caótica, incierta. No es culpa sólo de la gente de teatro; más culpa que ellos tiene -creo yo- el Estado, que nunca ha tenido -o formulado siquiera- una verdadera política teatral. Es lo de siempre: no se puede hablar de teatro o literatura o pintura sin referirse a las condiciones objetivas del medio o la configuración política nacional; todo está implicado y más en el caso del teatro, arte complejo y colectivo por excelencia.

Al teatro peruano hay que mirarlo al mismo tiempo que se mira la sociedad peruana: uno no puede ser superior a la otra, ni ésta vivir independientemente de aquél. Es, por lo tanto, injusto exigirle la teatro nacional más de lo que pueda dar. Pero también es cierto que a veces da menos de lo que puede y eso es criticable porque se deforma el gusto de un público incipiente, se lo aleja o sencillamente se le niega el derecho a ver un buen espectáculo. Tenemos excelentes y numerosos actores, un grupo reducido pero calificado de directores y elementos técnico con los que podríamos hacer, si trabajasen coordinadamente, un notable teatro peruano. El mayor o menor público es pura consecuencia de lo que ese teatro le ofrece en el terreno de los hechos.

-Entidades teatrales...

-La más antigua y sólida es la Asociación de Artistas Aficionados, aunque no es un institución únicamente teatral, lo cual explica su actividad no muy intensa (una obra por año, más o menos); bajo su nombre y responsabilidad he visto algunos de los mejores espectáculos teatrales de Lima. Otra institución trabajadora y seria es Histrión, impulsada por el entusiasmo de los hermanos Velásquez, actores y directores bien conocidos. D’Amore ha alcanzado, por su parte, seis años con su Club de Teatro que hizo nacer la actividad teatral «independiente» en Lima, enseñó a ver teatro experimental y sigue manteniendo una línea de decoro y calidad. El Teatro Universitario de San Marcos que dirige Guillermo Ugarte Chamorro es activísimo no sólo en el plano del espectáculo escénico, sino como institución divulgadora del arte dramático a todos los públicos. Otra institución universitaria es el novísimo Teatro de la Universidad Católica, bajo la dirección de Ricardo Blume, ejemplarmente interesado en el teatro clásico español.

Los demás grupos son eventuales y nacen o mueren para montar una obra. Uno de los males de nuestro teatro es la proliferación de estos grupos, que dividen esfuerzos y desmembran a otros grupos ya formados.

-Poesía...

-Esta respuesta necesitaría ser absuelta en un ensayo o siquiera en un extenso comentario crítico. Apenas si mencionaré que tenemos muy buenos poetas vivos -Belli, Delgado, Sologuren, Salazar Bondy- y algunos jóvenes -como Heraud, Calvo- que no abundan en otras literaturas. Pero ya temo haber olvidado algún nombre importante y propiciar resentimiento. Al pasar anotaré que me molesta la superpoblación de poetas y la casi ausencia de novelistas o cuentistas.

-Aportes de la Universidad al teatro o poesía...

-Daré testimonio de mi propia experiencia en la Universidad Católica. Cuando yo era alumno del bachillerato de la Facultad de Letras, había muy poca preocupación por las letras; no se leía o se leía mal. Ahora que enseño en esa misma facultad, observo que las inquietudes literarias han vuelto a renacer como en los años universitarios de Delgado, Guevara, Chariarse, etc., anteriores a mi ingreso. En la colección cuadernos del hontanar de La Rama Florida hay numerosos poetas-estudiantes salidos de La Católica; el hecho de que algunos sean alumnos míos, no deja de conmoverme.

Hay un campo dentro de nuestra literatura que cuenta con escasos valores; casi se puede decir que hay más ausencia que presencia de éstos. Este campo es la crítica literaria.

Pero dentro de esos poquísimos cultores de tal género, nos encontramos con un joven que ha demostrado magníficas cualidades: José Miguel Oviedo es su nombre.

Oviedo nació en Lima un día 8 de agosto hace un poco más de 28 años. Terminados sus estudios secundarios prosiguió superiores en la Universidad Católica de Lima, doctorándose en Letras y Literatura. Como autor tiene varias obras, entre las que podremos mentar a Pruvo Tena, drama que premió y representó el Club de Teatro de Lima; posee otras publicaciones sobre trabajos de investigación literaria y lingüística. En Argentina, la editorial Eudeba está preparando su último libro, consistente en un estudio sobre Ricardo Palma, el cual pronto llegará lo público.

José Miguel también ha incursionado en periodismo, siendo uno de los más destacados críticos de teatro y libros literarios; desde sus columnas ha sabido defender lo bueno y aclarar aquello que estaba malo, siempre obrando con imparcialidad. Actualmente es editorialista en El Comercio y colaborador del suplemento El Dominical, donde su pluma emplaza los más interesantes temas de nuestra vida intelectual. En años pasados ocupó la cátedra de Literatura en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, en cuya facultad de Letras es actualmente profesor de Literatura Peruana. Es también colaborador de varias publicaciones extranjeras, tales como Marcha de Montevideo y La Cultura en México.

Indagamos, antes de presentarle un pequeño cuestionario, sobre alguna anécdota de interés, respondiéndonos que «su anécdota es no tener anécdota».

 

6. Martín Lienhard:

Una cultura popular

que se indigeniza

(Altavoz, suplemento dominical,

N° 27. Diario La Voz, 15/3/87)

 

 

Docente de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Göttingen de Alemania Federal, ocupó la misma cátedra en Ginebra, Zurich y Berlín y publicó en 1981 Cultura Popular andina y forma novelesca, libro que se basa en un estudio sobre la narrativa de Arguedas.

Martín Lienhard aborda en esta conversación esos apasionantes temas con carácter desafiante y proponiendo un interesante debate al respecto.

 

Altavoz: Martín, tú has venido al Perú en varias oportunidades. Esta debe ser la quinta. ¿Te consideras un peruanista de nuestra literatura?

Martín Lienhard: Sí, entre otras cosas. Algunos años antes de venirme al Perú, leí algunas obras de Arguedas, que fueron una revelación para mí. Me cautivaron, especialmente por el conflicto sociocultural en que se escribe y que Arguedas se muestra capaz de convertir en escritura. También me fascinó la evocación de las comunidades andinas, tan disímiles de las que se hallan en los manuales de historia y en la literatura anterior.

 

A.: Es decir, te encontraste con otro mundo literario... o mejor dicho, descubriste en la narración arguediana algo distinto no sólo en él contexto sino en el texto.

 

M. L.: En Arguedas me pareció que por vez primera en la literatura peruana moderna surge, de algún modo, la voz o el discurso de las muchedumbres que no habían tenido ningún acceso a la literatura escrita. Mucho más tarde me di cuenta de que esta misma voz emerge ya en el propio comienzo de la literatura andina. Huamán Poma de Ayala, cronista, y supuesto cacique del Chinchaysuyo, convierte ya en discurso literario todo el conflicto social y político que provoca la conquista española del Tahuantinsuyo.

 

A.: Esto significa que fue necesario esperar más de trescientos años para que el discurso literario que inicia Huamán Poma de Ayala fuera retornado...

M. L.: Sí y no. En realidad en unos pocos momentos de la historia peruana, ciertas voces andinas aparecen bajo forma de textos escritos. Me refiero por ejemplo al famoso drama quechua ollantay y a la poesía del altoperuano Wallparrimachi o a las yaravíes de Melgar. Sin embargo, este tipo de literatura pertenece todavía, en buena parte, al sistema de comunicación oral. Su fijación por escrito corresponde más bien a la voluntad de conservar estos textos fundamentalmente orales.

 

A.: Así se evidencia que hubo un desinterés o una falta de acceso por y para la literatura quechua durante la Colonia y quizá gran parte de la República, porque Melgar es un caso muy aislado.

M. L.: Este desinterés es perfectamente lógico, porque los sectores hegemónicos no van a querer subvertir su sistema de comunicación literaria, dando la palabra a las mayorías oprimidas. Durante la colonia estos sectores intentan destruir cualquier vestigio de la cultura andina tradicional y aún de la que se acaba de reorganizar en las comunidades indígenas. Como se sabe, en la República se quiere suprimir la propia base de la cultura andina, es decir, la comunidad indígena que había sido creada por el virrey Toledo. En cierto modo, durante el siglo XIX la represión que sufre la cultura andina es mayor todavía de la que padeció durante la Colonia.

A.: Crees tú que la situación ha variado ostensiblemente en los últimos tiempos, o es que sólo existiría un afán de aprovecharse de lo folclórico de esta cultura, de lo anecdótico de ella.

 

M. L.: Creo que la situación, efectivamente, ha cambiado mucho, pero no tanto a raíz de un interés «desinteresado» por parte de los intelectuales hegemónicos, sino porque la contraofensiva andina de los últimos ochenta años, impedía que se siguiera ignorando al mundo andino. Al mismo tiempo, los movimientos de renovación política e intelectual de los años veinte, necesitaban, para poder construir un proyecto coherente, el apoyo del campesinado andino.

A.: Proyecto que al parecer se ha truncado pare algunos que lo concebían de otra manera, que conjeturaban algo que les sirviera, como lo planteaban Riva Agüero, los Álvarez Calderón.

M. L.: Supongo que los movimientos populares especialmente andinos de los últimos años, han demostrado que la situación teorizada por los indigenistas sigue en buena parte vigente. La diferencia principal respecto a los años veinte, consistiría en que los Andes se han trasladado también a la Costa y que una ciudad como Lima, por ejemplo, lejos de haberse convertido en una metrópoli al estilo europeo, resulta actualmente un microcosmos de todo el Perú.

A.: Aspecto que con mucha precisión aborda Arguedas en sus Zorros, tomando a Chimbote como un ejemplo, y que, retornando a la literatura, se convierte en una especie de mosaico de esta nueva realidad.

M. L.: Claro, Chimbote para Arguedas es el lugar donde las masas populares construyen un nuevo Perú fabricado a partir de elementos andinos y costeños, antiguos y modernos, quechuas e hispánicos. De ahí que Arguedas retomara, para dar forma a su relato, el viejo diálogo entre el zorro de arriba y el zorro de abajo de Huarochirí. Pero Arguedas llena a estos personajes con contenidos contemporáneos, sean éstos los sufrimientos de la población radicada en Chimbote o los famosos danzantes de ahora y de siempre de la provincia de Lucanas.

A.: No crees tú que este encuentro de dos corrientes la andina, no digamos tanto con la hispánica, sino con aquella surgida en la Costa de una rara amalgama de hispanismo negritud y mochicas, Chimús, pachacamas, rimenses y todo un crisol, están dando el resultado sincrético que en algún momento de sus 7 Ensayos reclamara mariátegui.

M.L.: Por ahora no creo mucho en la posibilidad y menos en la realidad de este sincretismo. Se sabe que una buena parte de los inmigrantes andinos conservan no sólo lo esencial de su cultura, sino también algunas de sus formas de organización. Al mismo tiempo, es cierto que estos inmigrantes se han demostrado capaces de usar los recursos que pueden existir o inventarse en la Costa. También es cierto que los sectores no andinos, hasta cierto punto, han tenido que «indigenizarse», pero en este momento es difícil prever en qué medida podría producirse una verdadera fusión entre estos dos conglomerados de la cultura del Perú.

A.: En qué aspectos piensas que se pueda estar dando esta especie de «indigenización», esta manera de ver al revés de lo propuesto por el sistema, bajar la cultura andina hacia la Costa.

M.L.: Pienso no sólo en la aceptación creciente de la música y danzas andinas, sino también en la apropiación consciente, sobre todo por parte de ciertos sectores intelectuales, del pasado y el presente de la historia andina. Por ahora, tal apropiación consciente, sobre todo por parte de ciertos sectores intelectuales, del pasado y el presente de la historia andina. Por ahora, tal apropiación parece ser puramente intelectual o de solidaridad política, pero no podría imaginar que a mediano plazo ella desemboque en una vinculación más existencial con la cultura y la población andina.

 

A.: Ahora que existencialmente las grandes diferencias perduran, las distancias entre ambas culturas, la andina y la metropolitana, siguen vigentes, ¿verdad?

M. L.: Por supuesto, esta distancia no puede sino seguir vigente, porque las dos culturas en el marco del Estado peruano actual, no tienen el mismo estatus. Una es la cultura oficial y hegemónica, mientras que la otra, por lo menos en tanto que cultura popular sigue dominada desde la conquista. También, por estas razones una fusión parece imposible dentro del sistema político vigente. Las que si podrían sin duda fusionarse, en alguna medida, serían la cultura popular andina y la cultura popular que se ha venido construyendo en la Costa.

A.: Volvamos a lo que planteabas en tu libro: la cultura popular y la forma novelesca. Muerto Arguedas, transcurridos ya dieciocho años, has encontrado algún escritor que siga sus huellas, que prosiga su camino de creación literaria.

M. L.: Pienso que todo un grupo de escritores ha retomado ciertos aspectos de la propuesta arguediana. Por ejemplo, Gregorio Martínez, Hildebrando Pérez Huaranca, Antonio Gálvez Ronceros y, pero ya en la propia época de Arguedas, Eleodoro Vargas Vicuña. Ellos, sobre todo, han logrado recrear el discurso popular no  únicamente de la región andina, sino también de la Costa. Quizás ninguno de ellos haya todavía podido dar una imagen global de este país tan dividido. Pero hay que tener en cuenta que todos ellos siguen escribiendo y lo que sería una versión actualizada del trabajo de Arguedas podría sin duda darse en los próximos años.

 

A.: Bueno, no es que el tema se haya agotado. Pero supongo que tú tendrás otros planes que vienes desarrollando, trabajos no sé si sobre el Perú, sobre otro país latinoamericano...

M. L.: En este momento estoy por terminar un libro en la línea de cultura popular andina y forma novelesca que edité en 1981, pero mucho más ambicioso en cuanto a los períodos y territorios que abarca. De hecho en varios países latinoamericanos  y en diversas épocas se puede observar la irrupción de un discurso indígena o mestizo arcaico, en una franja de la literatura escrita.

Me refiero a fenómenos literarios como la cronística mesoamericana basada en la tradición oral, escrita en español o en un idioma indígena en las crónicas indígenas, andinas; en toda una vasta literatura epistolar indígena que se escribe, casi siempre, en el marco de los conflictos con la parte adversa, los «blancos»; en el teatro en idiomas indígenas de los misioneros, etcétera. En el siglo xx, me interesan, fuera de Arguedas, escritores de algún modo vinculados con culturas indígenas o populares (no accidentales) como Rulfo, rosa Bastos, Grimaraes Rosa, Darcy Ribeiro y varios más. Como puedes verse trata de un proyecto sumamente vasto, que implica disciplinas como la antropología, la etnohistoria, la etnolingüística. Un proyecto en realidad demasiado vasto para un solo investigador. Por este motivo, yo veo mi trabajo tan sólo como una propuesta, la propuesta de trabajar todo un sector de la literatura latinoamericana que sigue desconocida.

A.: Claro, el trabajo es muy amplio y ambicioso. Asturias es un nombre que me parece has olvidado, en cuanto a la cultura maya. ¿Se trata de un proyecto en el que participarían varios otros escritores e investigadores; es tu propuesta?

M.L.: Desde luego, Asturias ocupa un lugar importante en este trabajo, aunque sea sobre todo para desmitifiarlo. Al contrario de Arguedas, Asturias no tenía ninguna vinculación con la cultura maya, a no ser la que él estudio en París, la de los mayas prehispánicos. En cuanto a un trabajo colectivo, éste no existe todavía. Con mi libro, precisamente, quisiera suscitarlo, indicando ya cuáles podrían ser, a mi modo de ver, las pautas de una investigación histórico-literaria de todos estos textos.

 

A.: ¿Cuál es, en tu opinión, el interés de tu propuesta?

M.L.: Sobre todo, demostrar que la llamada «literatura latinoamericana» es sólo una parte de las literaturas que se producen en este subcontinente, la que se vincula mayormente con los sectores hegemónicos, la que, de algún modo, expresa la discriminación que siguen sufriendo no sólo los sectores indígenas, sino vastas mayorías populares. Trabajar sobre estas literaturas «marginales» podría quizás ser un primer paso para iniciar una historia de la literatura escrita no a partir de una óptica dominante, sino solidaria con los sectores sociales marginados.

 

 

7. En el centenario de su nacimiento:

José Carlos Mariátegui y su amor por la literatura

(Diario Gestión, 11/6/94)

 

A lo largo de toda su obra y de su vida José Carlos Mariátegui, de quien este año se celebra el centenario de su nacimiento –acontecido el 14 de junio de 1894; no obstante el Amauta murió creyendo haber nacido en 1895–, fue un amante de la literatura y el arte. Lo demuestra el hecho de estar dedicado al último de sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1° Ed., Biblioteca Amauta, Lima, 1928), a «El proceso de la literatura peruana», así como el quinto de los siete capítulos de su primer libro editado, La escena contemporánea (1° Ed., Minerva, 1925) se intitula «La revolución y la inteligencia»; ambas sus dos únicas obras publicadas en vida en forma de libro. «Mariátegui dejó prácticamente organizados (otros) tres libros: Defensa del marxismo, El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy y La novela y la vida...», según informa Genaro Carnero Checa en La acción escrita (Lima, 1964). El primero de evidente corte político y los dos otros donde la literatura, el arte y la cultura en general toman el mayor peso; tan es así que en el último aparece Siegfried y el profesor Canela, narración basada  en un hecho real recogido de la prensa y transformado en novela por Mariátegui. El resto de sus libros «fueron únicamente los artículos que publicó en diarios y revistas» recopilados por sus herederos.

En El proceso de la literatura el Amauta confiesa: «Declaro, sin escrúpulo, que traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones e ideas políticas... esto no quiere decir que considere el fenómeno literario o artístico desde puntos de vista estratégicos, sino que mi concepción estética se unimisma, en la intimidad de mi conciencia, con mis concepciones morales, políticas y religiosas».

En El artista y la época (obra de recopilación post mortem), al fin y al cabo una excelente guía de lectura para quien desee iniciarse en la literatura, sostiene que «El drama humano tiene hoy, como en las tragedias griegas, un coro multitudinario. En una obra de Pirandello, uno de los personajes es la calle... La calle, ese personaje anónimo y tentacular que la torre de marfil y sus macilentos hierofantes ignoran y desdeñan. La calle, o sea el vulgo; o sea, la muchedumbre. La calle, cauce proceloso de la vida, del dolor, del placer, del bien y del mal». Párrafos antes ha resaltado que: «Ningún gran artista ha sido extraño a las emociones de su época, Dante, Shakespeare, Goethe, Dostoievski, Tolstoi y todos los artistas de análoga jerarquía ignoraron la torre de marfil... Quisieron y supieron ser grandes protagonistas de la historia».

Pero Mariátegui no fue un sectario ni un cerrado ortodoxo en cuanto a literatura e ideas, como muchos han querido pintarlo. En polémica con Luis Alberto Sánchez, sostenida a partir de la revista Mundial, nos da una clase de tal posición: «Amauta ha publicado artículos de índole diversa, porque no sólo es una revista de doctrina -social, económica, política-, sino también una revista de artes y literatura (subrayado nuestro). La filiación o la posición doctrinal no nos preocupan, fundamentalmente, sino en el terreno doctrinal. En el terreno puramente artístico, literario y científico, aceptamos la colaboración de artistas, literatos, técnicos considerando sólo un mérito respectivo...» Brillante ejemplo de apertura, el expresado en «Polémica finita», artículo publicado en Amauta N° 7 de marzo de 1927. Asunto que no impediría compartir la presentación de La casa de cartón -novela de Martín Adán aparecida en 1928- con Sánchez, quien se encargó del prólogo, mientras Mariátegui escribiría el colofón. Así como dedicaba la edición N° 21 de su revista al poeta José María Eguren «porque hasta ahora ninguna revista literaria ha reivindicado a Eguren para sí», porque «muerto Gonzáles Prada, Eguren es el único entre nuestros mayores a quien podemos testimoniar una admiración sin reservas»; porque «la evasión de la realidad lo ha conservado puro». Claro que también fustiga al decir en Peruanicemos el Perú que «Abundan en nuestra poesía mediocres rapsodias de motivos musicales flamencos o castellanos. El clima y la meteorología deben influir también en esta crónica depresión de las almas». Y eleva a Vallejo y al indigenismo a los niveles que hasta hoy ocupan. Vallejo, inmortal vate universal, y aparte de López albújar y Luis E. Valcárcel, el indigenismo literario crecería a posteriori con las obras imperecederas de Ciro Alegría y José María Arguedas.

«Nuestra literatura ha entrado a su período de cosmopolitismo -concluía Mariátegui en su ensayo sobre ella-. En lima, este cosmopolitismo se traduce, en la imitación, entre otras cosas de no pocos corrosivos decadentismos occidentales y en la adopción de anárquicas modas finiseculares. Pero, bajo este flujo precario, un nuevo sentimiento, una nueva revelación se anuncian. Por los caminos universales, ecuménicos que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos».

Ese era el Amauta. Ese es.