Maynor Freyre - Textos Libros
Altas Voces de la lit. peruana y latam. - [ 1era Parte ]

Maynor Freyre

Altas Voces de la Literatura Peruana y Latinoamericana

1. Simplemente poeta:

El Cholo «Nieto»

(Revista Cultural.

El Peruano, 11/9/93)

 

La vida de Luis Nieto Miranda, el «Cholo» Nieto mejor dicho, se inicia entre puros dieces: nace el 10/10/10, atendido por alguna comadrona en su casa de Sicuani, capital de la provincia cusqueña de Canchis, «Tierra de Túpac Amaru –dice el «Cholo»–, porque en la provincia también está el distrito de Tinta, donde se encuentra Tungasuca».

«Mi infancia transcurrió a orillas del río sagrado de los incas, el Huilkamayo –nombre quechua de Vilcanota– y mi primaria la estudié en el Centro Escolar 791 de Sicuani, entre juegos, sueños y locuras. En esa escuelita mis profesores Julio César Acurio y Eusebio Delgado me prendieron la chispa de la poesía, de la literatura, del periodismo. Pero además en la oficina de escribano del Estado de mi padre hojeaba las principales revistas que le llegaban de Lima, como Fray KBZON, dirigida por Francisco Loayza, así como las conocidas Mundial y Variedades e Ilustración Peruana. Este padre mío alimentó mi sed de lector comprándome las ediciones populares de la literatura española, donde conocí a grandes escritores nacidos en la España del XIX, como los poetas Gustavo Adolfo Bécquer y José María Gabriel y Galán, este último campestre, y a los novelistas Benito Pérez Galdós, Palacio Valdés, y al satírico antiaristócrata padre Luis Coloma».

A los 12 años Luis Nieto deja su Sicuani natal para irse a estudiar como alumno interno del Colegio Salesiano del Cusco. «Aquí empieza mi vida intelectual, aquí me destapé impulsado por el padre Guaylupo, profesor piurano de matemática y literatura, extraordinario futbolista; organizó el equipo de fútbol del colegio, donde yo jugaría de centro forward. También fui tenista y participé en el Campeonato Surperuano en Arequipa. Además fui actor teatral, interpretando El cabo Simón como mi primer papel, un drama olvidado del dramaturgo español José Echegaray, Premio Nobel de Literatura en 1904».

 

Los ardientes días arequipeños

 

Termina la secundaria con el Premio de Excelencia, después de haber publicado su Oda a Grau y otros poemas iniciales en la revista salesiana denominada Carácter. Entonces se traslada a Arequipa, a estudiar Letras en la Universidad San Agustín, donde tendría a Mario Polar Ugarteche, César Guardia Mayorga, Teodoro Núñez Ureta y el escritor puneño Vladimiro Bermejo, como miembro de su promoción. Pero él obtiene el Premio Mariano Orihuela que consistía en mil soles toda una fortuna, gracias a sus altas notas.

Es en este lapso arequipeño que Nieto se inicia en el periodismo en la revista Luz y en el semanario Libertad de Combate, lo cual le causará sus primeras prisiones. Porque el «Cholo» es uno de esos poetas epopéyicos, combativos, que combinaban la literatura con la actividad política. Literatos hoy en día en extinción.

Colabora también en la revista Claridad de Buenos Aires que dirigía Antonio Zamora, líder socialista del grupo de Alfredo Palacios. Su poesía se hace por ello de corte social, y la recita en mítines públicos, asambleas obreras, como también en las jaranas de picantería, como la de la madre de los hermanos Dávalos, el famoso dúo criollo arequipeño.

El año ‘30, el de la caída de Leguía, es dirigente de la Federación Universitaria de Arequipa y se ve mezclado en la toma de locales y en la recepción de políticos que retornan del exilio leguiísta, como Manuel Seoane, «El Cachorro». Así empieza su efímera militancia aprista, que termina cuando luego de fundar la Universidad Popular Mariano Lino Urquieta (no González Prada), de la que lo nombran rector, acompaña en 1931 a Haya de la Torre en gira política por el sur peruano, y después de visitar Puno y estar en Arequipa, éste se niega a ir al cusco. Por esa época llega repatriado el poeta Alberto Hidalgo, quien en Argentina formara un trío con Borges y Huidobro. En 1932, el 30 de enero, es detenido en Juliaca, camino al Cusco, con fines políticos, y es desterrado a La Paz. Se convierte así en el primer desterrado del sanchecerrismo.

 

La vida del destierro

 

Es en La Paz donde inicia a fondo su actividad literaria. Su primer libro, Los poemas perversos, es publicado por la editorial Illimani bajo el auspicio de la Federación de Estudiantes de la Universidad San Andrés de La Paz. Colabora con poemas en los diarios La Razón y El Diario y se encuentra allí con otro desterrado, el periodista Federico More. Con él participará como orador en un homenaje que los universitarios paceños tributan a los desterrados peruanos. El presidente boliviano Daniel Salamanca lo invita a palacio para decirle diplomáticamente que sin maltratarlo lo pueden llevar donde quiera irse con todos los honores. Nieto elige Buenos Aires, pero el gobierno argentino no lo acepta y tiene que marchar a Chile.

Llegó a la ciudad de Arica el 1° de mayo de 1932, iniciando la segunda gran etapa literaria de su vida. Los maestros ariqueños lo reciben con honor, afecto y solidaridad humana. Charlas y recitales se multiplican para el «Cholo». A los cuatro meses, en setiembre del 32, le surge otra invitación, esta vez de la policía chilena, para que se vaya a residir a Santiago, prohibiéndole regresar al norte de ese país. En Santiago empieza trabajando como carpintero en las obras del Palacio de Bellas Artes y termina por quedarse ocho años en esa ciudad.

Vuelve al periodismo, inicialmente como corrector de pruebas del diario La Hora, llegando a columnista de La Opinión.

Con Eudocio Ravines, que llegó deportado con el seudónimo de Alberto Vicuña, funda el diario Frente Popular. Nieto dirige la página literaria de Frente. Ganado por las letras organiza el Frente de Artistas y Escritores Jóvenes (FAYEJ) junto con los poetas chilenos Andrés Sabella Gálvez y Carlos Poblete. Edita el periódico Uno y colabora en Sobre la Marcha, vocero literario de Blanca Luz Brum, viuda del poeta peruano Juan Parra del Riego y sobrina del presidente uruguayo Baltazar Brum; mujer hermosísima, según recuerda el «Cholo». Justamente Blancaluz se denomina el poemario póstumo del vate huancaíno.

Traba amistad con los tres grandes de la poesía chilena, Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha (nos muestra los libros dedicados a él por Neruda). Más adelante viaja a Iquique enviado por el Frente Popular y allí dirige el semanario El Popular, de gran circulación no sólo en Iquique, sino además en Tarapacá y Antofagasta, sobre todo entre los obreros del salitre. El poeta Ángel Sabella edita una Antología de la poesía chilena, donde figura Angel Estrada, nacido en Iquique en 1920, que no es otro que Luis Nieto escondido tras ese nombre literario, periodístico y político, pues como recordamos, estaba prohibido de ir al norte chileno. Los trabajadores le editan Puños en alto (poemas de barricada y de combate) con dibujo de Pedro del Olmo y esta vez sí firmado por Luis Nieto. Ha estado realizando la campaña presidencial de Pedro Aguirre Cerda, a quien eligen en 1936 como primer mandatario surgido del Frente Popular en América. La Policía ya ha identificado quién es Estrada a raíz del poemario, y decide repatriarlo al Perú, pero interviene Pablo Neruda y el presidente elector Aguirre ordena lo lleven a Santiago. Llega a vivir en la casa de Neruda, viajando a dar recitales desde Arica a Magallanes, siempre hospedado en casa de amigos, jamás en hoteles. «Íbamos a la Quiriquena, donde la bohemia intelectual santiaguina se reunía alrededor de Neruda, a beber el vino rojo de los poetas y los vagabundos mientras sedaban recitales improvisados». Finalmente, ya presidente Aguirre, lo invita a nacionalizarse chileno en reconocimiento a su labor intelectual, pero Nieto prefiere volver a su patria.

Así, el 30 de enero de 1940 arriba al Callao, tras 8 años de destierro. Un par de meses en Lima y se va al Cusco, a terminar Derecho en la Universidad San Antonio Abad. Otra vez la política lo hace salir del Cusco y en 1948 vuelve a Lima. Seis poemarios han sido editados mientras tanto: Mariátegui: 12 cantos (1942), con retrato de Sabogal, prólogo de Juan Marinel y colofón de César Miró; Charango: Romancero cholo, ese mismo año. En el ‘44 aparece en San Rafael, Mendoza, La canción herida, dedicada a su madre. Luego Presente de matrimonio, que entrega a su mujer al casarse. El ‘48 sale Velero del corazón y en homenaje a Puno, Nueva canción aimara. Obtuvo tres premios: Juegos Florales en honor al Inca Garcilaso (1940), el de la Federación de Estudiantes del Cusco (1940), y el 1° y 2° puestos del Concurso de Poesía Sur Peruano (1944).

El ’50 retorna a Arequipa y publica su famoso Romancero del pueblo en armas; publicado clandestinamente, corría bajo el sistema de cadena.

El mismo año ’50 hay un terremoto en el Cusco y vuelve el «Cholo» a su tierra, donde permanecerá por 35 largos años, dedicado a la docencia universitaria. Dirige el Departamento de Extensión Cultural de la Universidad, es director ad honoren de la Casa de la Cultura (luego INC), Jefe de Redacción y de la Página Literaria de El Sol, y en 1978 es convocado como miembro del jurado del Concurso Casa de las Américas de La Habana, otorgándose ese año el premio –compartido– al peruano Hildebrando Pérez por su poemario Aguardiente. Fuera de los poemarios mencionados, publicó 9 más y 5 libros de ensayo en el Cusco. Posee inéditos unos 20 poemarios y algunos ensayos.

Desde el ’85, cuando fue elegido senador de la República, reside en Lima. »Quien es poeta no sirve para parlamentario. Alberti renunció a la diputación de Cádiz y Neruda a la senaduría de Atacama. La vida política de estos años no puede conmover a un hombre con una filiación y una fe. Muchos vericuetos, zancadillas, atracos hallé en el Parlamento. El Perú es la grande y dolorosa herida que me sangra a diario. Hacia él todos los esfuerzos, los afanes, las energías vitales para evitar que la palabra sea una cárcel o un cadalso. La poesía de hoy en día deslumbra, anonada, pero no dice nada. Mi poesía se da la mano con la miseria y la esperanza...» Así es, «Cholo».

 

 

2. Vicente Azar:

Un poeta para no olvidar

(Revista Cultural.

El Peruano, 30/5/94)

 

 

José Alvarado Sánchez es el verdadero nombre de Vicente Azar, poeta , escritor y diplomático nacido en Lima en 1913. Su poesía ha sido catalogada como «fina y depurada, heredera de la vanguardia de Marcel Proust». Su obra poética está registrada en dos libros: Nueva canción de otoño (1939) y Arte de olvidar (1942). Cultor de fina prosa, ha colaborado en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

«En la nochebuena de 1942, apareció en Lima un extraño y extraordinario libro de poemas, con el título de Arte de olvidar. Su autor, Vicente Azar, era ya conocido por la gallarda labor cultural que –en compañía de Arguedas, Tauro y Champion– había venido desarrollando al frente del periódico de literatura y crítica Palabra, aparecido en Lima en 1936 y que señaló pautas por su ardua y depurada lucha en pro de los ideales democráticos, así como por el severo y señero gusto que presidía su orientación artística».

Este, el primer párrafo de un artículo aparecido en la página 2 de La Mañana de Montevideo del 17 de octubre de 1943, llenó la columna «poetas y prosistas de América», firmada por el crítico uruguayo Gastón Figueira. El articulista reproduce el apunte del pintor Quízpez Asín, quien ilustraba la falsa carátula de Arte de olvidar, libro publicado bajo el sello de Ediciones Palabra. Reza abajo el epígrafe de la revista de ese nombre citada por Figueira: «En defensa de la cultura».

Nuestro primer encuentro con Vicente Azar lo logramos a través de la Antología general de la poesía peruana (Ed. Librería Internacional del Perú, Buenos Aire, 1957) preparada por Alejandro Romualdo y Sebastián Salazar Bondy, quienes le dedicaron nueve páginas (787 a 795) y una breve nota que dice: «Su verdadero nombre es José Alvarado Sánchez. Se trata de uno de los más finos y desconocidos poetas puristas. Su única obra es Arte de olvidar (1942)». No ficharon la breve separata de la Revista 3, que dentro de su colección Cuadernos de Cocodrilo publicara en 1939 la Nueva canción de otoño de Vicente de Azar.

El poeta José Alfredo Hernández, hombre de fortuna, editaba la revista conjuntamente con Arturo Jiménez Borja y Luis Fabio Xammar. En el invierno de 1980 (sic) César Toro Montalvo publicaría, como separata del N° 1 de su revista Oráculo, bajo el sello de Palabras de Oráculo, una antología mínima de Vicente Azar, tal vez aprovechando que el poeta trashumante estuvo en uno de sus retornos al pago (de 1976 a 1983, antes lo hizo de 1964 a 1966) para, entre otros quehaceres, enseñar literatura en su alma mater, a la que siempre amó por su esencia democrática y progresista.

El doctor José Alvarado Sánchez

 

Bajo el hipnótico magnetismo de su poesía, especialmente por Hypnia, donde «cae... la lluvia como caen los minutos sobre el tiempo. Es una lluvia con algo de eternidad de continuo, infructuoso retorno, de irremediable destino. Esta es la era perdida en que cada hombre escogía su vida y torneaba su muerte...»; bajo aquel fuerte influjo un día surgió el poeta en la penumbra de una sala de exposiciones pictóricas, donde inusualmente se había presentado un libro de ensayos. Fue Alberto Tauro del Pino –recientemente fallecido– quien me lo presentó. Escudados tras el teléfono postergamos un ay otra vez una conversación que valió la pena esperar, aunque el poeta Vicente Azar no nos haya permitido penetrar en la infancia y ámbito familiar del doctor José Alvarado Sánchez, el abogado y diplomático capaz de conversar de cualquier otra cosa que no sea su vida.

Apenas si nos dice que nació en el centro de Lima, a espaldas de La Colmena. Estudió primaria y secundaria en el colegio de La Inmaculada, de los padres jesuitas, donde enseñaban sacerdotes &nt&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntilde&ntildeñlde;spañoles con formación literaria. Tanto es así que, bajo la dirección de Saturnino Arceo, se publicó una serie de clásicos peruanos en ediciones para escolares. En una de las ediciones figuraba una versión resumida de las obras del Inca Garcilaso de la Vega, la distribución estaba a cargo de la Librería Cultural y Científica Francesa de los hermanos Rosay.

Otros profesores son: José Jiménez Borja y los padres Aliaga y Magañas, este último de literatura. Estos maestros influyeron en Ernesto Gastelumendi, Alfredo Martínez (sería abogado) y Xammar, quienes se reunieron con Augusto Tamayo, cada vez en una casa distinta, para planear la revista Prometeo, editada en 1930, donde Azar escribe sobre Jorge Luis Borges y Ricardo Güiraldes. Sus compañeros de aventura editorial cultural integrarían luego la generación ultraísta con José Luaria Solís, escritores de sello rebelde. Los jesuitas del colegio Inmaculada toleraban sus posiciones de vanguardia y los jóvenes tenían como mecenas a un grupo de abogados. La revista se imprimió en los talleres de don Carlos Vásquez La Peire, padre de dos alumnos, a quien le pagarían tarde, mal y nunca. Publicaron seis números, incluso después de haber egresado la promoción.

 

La palabra de San Marcos

 

Antes de ser clausurada temporalmente la Universidad de San marcos, se formó una especie de College, el Colegio Universitario, creado por Raúl Porras con el beneplácito y apoyo de José Antonio Encinas. Esto permite que se reúnan distintas personalidades de todo el país: Luis Felipe Alarco, Carlos Cueto, Miguel Benavides Corbacho, quien luego fue periodista, al lado de José Alvarado, Tamayo, Gastelumendi, Champion, Tauro, Nicanor Mujica, Carlos Pareja Paz Soldán., Miguel Benavides, al cierre de San Marcos, los lleva a trabajar a la secretaría del presidente Oscar R. Benavides, donde aparecerían algunos mecenas de Palabra, que fue editada en 1936. En su número 2, la revista rinde homenaje a Federico García Lorca, asesinado por el fascismo durante la guerra civil española. Imprecan a los autores del crimen y piden el patíbulo para Franco, sin considerar que el gobierno de Benavides tenía un idilio con el dictador. Fueron seis los números editados con el apoyo de la imprenta de Enrique Bustamante y Ballivián, a la que le debían varias ediciones.

Después fue profesor de literatura en San Marcos, reemplazando a Luis Alberto Sánchez, el mismo que al editor su Índice de la poesía peruana contemporánea, 1900 a 1937 (Ed. Ercilla, Santiago de Chile, 1938), había incluido a Vicente Azar. En la antología De Vallejo a nuestros días Ricardo González Vigil no olvidó a nuestro poeta, hombre que como diplomático ha residido en diversos países de América y Europa, tomando contacto con importantes escritores y artistas y leyendo mucho, especialmente a los filósofos existencialistas, a los novelistas alemanes (Heinrich Böll, Günther Grass), desengañado de Heidegger, porque el filósofo chileno Víctor Farías lo evidenció como nazi.

Considera a Borges como un escritor que está por encima de todos. A Carlos Fuentes, recientemente ganador del Premio Príncipe de Asturias, lo cataloga como un gran escritor. Le gusta el venezolano Arturo Uslar Pietri y nos habla de Westphalen. Pero noche y día estaría leyendo a Platón, pues se considera platónico. Aunque está seguro que jamás la filosofía reemplazaría a la poesía, ni por azar.

 

3. Perfil del poeta «Paco»

Bendezú: Entre amor y cantos

(Revista Cultural. El Peruano 31/3/93)

 

Amigo personal del Nobel de Literatura Giuseppi Ungaretti, amante exacerbado de la poesía española clásica, voyeur platónico de las estrellas de cine, vivió exiliado en Chile bajo la dictadura de Odría y en prisión escribió los más románticos versos de la poesía peruana. Francisco «Paco» Bendezú, no sólo es un poeta mayor, antes que nada es un personaje poseedor de una de las prosa más inteligentes de esta tierra.

«Verso a verso, su poesía va creando una densa atmósfera de ensueño bajo la que produce su esperanzado y nostálgico asedio amoroso. Su condición es de naturaleza erótica, el deseo la nutre desde las más hondas raíces, mas para florecer en representación extremadamente trasuntadas, transmutadas en claros a la par que turbadores emblemas». Así se expresa Javier Sologuren sobre la poesía de Francisco Bendezú Prieto (Lima, 16 de julio de 1928), su compañero de generación y de lirismo, en La generación del 50 en la literatura peruana del siglo XX (Tomo I, Volumen I, Pág. 330).

Asimismo, Sologuren define las facetas poéticas de Bendezú como: «romántica nostalgia, erotismo, predilección por las expresiones emblemáticas desprendidas del mundo de las artes visuales, cascadas de imágenes sabiamente troqueladas... reconditez léxica...» (Pág. 329, Ob. Cit.).

 

A su turno Alberto Escobar en su Antología de la poesía peruana, conceptúa la línea poética de Bendezú como la de un «admirador del surrealismo francés, sus primeros versos son testimonio de aquella afición; pero, en una instancia ulterior... es visible su retorno a las fuentes de la poesía clásica española y reguste por el aura arcaizante de ciertos vocablos y tópicos, así como una severa exigencia en la construcción de la imagen. Con posterioridad, Bendezú va a preferir las formas estróficas amplias, el verso libre, e intentará un equilibrio entre lo clásico y lo contemporáneo, que subraya una finalidad comunicativa; sin embargo, no renuncia la pulcritud del estilo ni a la depurada arquitectura del poema».

Bástenos ambas visiones críticas de dos maestros de las letras peruanas para pasar a la búsqueda del hombre, de aquel hombrón de 1.81 m de estatura, a quien de muchacho veía parado en la bodega del chino Antonio, en el jirón Pumacahua de Jesús María, libando lentamente su botella de cerveza negra, mientras mi amigo Jorge Espinoza –hijo del desaparecido periodista Félix Espinoza– me decía: «Es un poeta que ha estado en Chile y en Italia, vive a la vuelta, en la plaza Cuba» (hoy plaza Mariscal Cáceres).

Entonces yo me moría por darle a leer unos versos míos, hasta que un día me atrevía a proponérselo, pero nunca se los entregué. Hablo del barrio de Jesús María, donde «Paco» Bendezú vivió desde que regresó de Chile, a fines de 1956, hasta 1980, yéndose por cinco años a Camacho, allá por la Universidad de Lima, para retornar a lo que llama su antiguo barrio en 1985, tras sufrir la pérdida de su padre y su madre, para quedarse allí, a una cuadra de su casa de la plaza cuba, cinco años más. Desde 1990 se ha mudado hacia la tranquilidad de Pueblo Libre, lugar donde se realizó esta grata conversación.

«Paco» Bendezú es un limeño de pura cepa (a pesar que a causa de que su padre laboraba en Chincha como jefe de Correos, casi nace chinchano), tan así es que su madre lo trajo a este Perú nuestro de cada día en la Maternidad de Lima (la parte de paga, nos aclara), ayudada por una operación cesárea. Su casa limeña quedaba en pleno centro, en el pasaje Velarde, paralelo a la avenida Wilson, entre Bolivia y Uruguay. A una cuadra estaba su colegio, La Recoleta, donde cursó su primaria y secundaria. Aunque su primer año y su primera comunión los hiciera en el colegio La Salle, y que cuando su padre fue destacada a Tacna, tuvo que estudiar en el Francisco Bolognesi.

Se confiesa recoletano, de aquellos «enemigos acérrimos» de los alumnos de La Inmaculada, de los que con emisarios y todo lo demás, lograron aliarse con los guadalupanos porque los multiplicaban en número. Como compañeros de promoción (1944) recuerda a varios, entre los que destacamos a Vega Santa Gadea, actual ministro de Justicia; al Ing. José Bernardo Gálvez Brandon, dos veces decano del Colegio de Ingenieros del Perú y gran matemático.

Durante los tres lustros de residencia en el pasaje Velarde, recuerda la vecindad de los hermanos Ernesto, Federico y Carlos More, de Pedro Benvenuto Murrieta, a quien visitaba don José de la Riva Agüero. También eran del barrio Luis Felipe Angell (Sofocleto), Joaquín Leguía, hijo del presidente Augusto B. Leguía y en algún momento ministro de Trabajo.

«Lima era una aldea, y todos nos conocíamos», señala el poeta.

 

El Patio de Letras

 

En diciembre de 1944 se terminan los días escolares, dejando la primera estela poética impresa en el Boletín Escolar Recoletano de 1943, poema hecho a los 15 años bajo el título de Panorama invernal de nuestra serranía, que no conocía sino a través de los versos de Chocano (su gran admirado vate) y alguno que otro documento fotográfico o documental de cine.

En 1945, a la primera de bastos, «Paco» ingresa a la Facultad de Letras de San Marcos, donde alterna con Augusto Salazar Bondy, «Paco» Igartua, Juan Gonzalo Rose, José Carlos Mariátegui Chiappe (quien le ha editado dos libros), César Augusto Ferreyros y Carlos Enrique Melgar (ex parlamentarios apristas), Pedro Álvarez del Villar (brillante periodista) y el historiador Carlos Araníbar (el genio de la clase). Por supuesto que no puede dejar de mencionar a las bellezas María Eugenia Miranda, Topy Buckley, Matucha Pastor y Maruja Zapata. Ni que él era la mascota del salón, el más corto, con apenas 16 años.

Los catedráticos de ese entonces son de primera: Luis Alberto Sánchez, Raúl Porras Barrenechea, Luis E. Valcárcel, Horacio Urteaga y José Jiménez Borja, para mencionar los más duchos.

Entre quienes recién se iniciaban en la cátedra universitaria tuvo a Augusto Tamayo Vargas y Alberto Tauro del Pino. Con tales compañeros de aula y con tan destacados maestros, el poeta Bendezú recuerda las tertulias, el ágora que se forma en el Patio de Letras, rememorando a propósito el libro del mismo título escrito por Alberto Escobar.

En ese tiempo ya escribía poesía con más oficio y leía a Bécquer, Zorrilla, Espronceda y Campoamor, indudablemente a Chocano entre los peruanos y a Eguren. Y como de La Recoleta saliera conociendo el francés, se volvió un adicto a la biblioteca, encontrándose con Rimbaud y Lautréamont (el Cisne de Montevideo), Mallarmé, Claudel, como también con los surrealistas Louis Aragón, Paul Eluard, André Breton, los cuales lo deslumbraron.

Al poco tiempo de su ingreso a San Marcos, cinco escritores: él, Rose, Álvarez del Villar, Carlos Araníbar y José Casappía –ya fallecido– formaron un grupo denominado Penta-ultra (los cinco están más allá, significaba), una avanzada literaria que fundó una escuela denominada el absurdismo y que quedó nonata, no obstante provocar arduas discusiones en los patios de la Facultad. Diariamente hacían poesías y «Paco» hasta 10 diarias y las regalaba, por supuesto a las chicas, preferentemente.

El que considera su primer poema (Poema I de Los años) seriamente publicado, apareció el 15 de octubre de 1946 en Jornada, periódico político que apoyaba a Bustamante y Rivero y que luego sería clausurado por la dictadura de Odría. Sí, el dictador que en 1953 lo detuviera y deportara luego a Chile. Pero antes publica tres poemas (Mujer, Silencio y Sol lunar) en la célebre revista Las Moradas dirigida por E4. A. Westphalen (Vol. 1, N° 3, Dic. 47 - Ene. 48), sin considerar lo aparecido en La Nación, la prensa y Epsilón.

 

Su posición izquierdista a la dictadura odriísta como presidente del Comité por la Paz de San Marcos, le vale hasta cuatro encarcelamientos; el último ya en la Penitenciaría, donde escribe su famoso poema Melancolía: «Los días pasan como tranvías. El amor muere. Melancolía». Algunos recordarán que los tranvías pasaban precisamente por la puerta de la Penitenciaría, por el comienzo del Paseo de la República, donde ahora se ve al Centro Cívico de Lima. De allí, como dijéramos antes, rumbo a chile, bajo la garantía de Luis Alberto Sánchez, su ex profesor sanmarquino. De esta manera se queda en Santiago «comiendo el amargo pan del destierro». Es un decir, porque allí va a nacer muchos poemas de sus dos primeros libros: Arte menor (luego 2da. parte de Los años) que data de 1960, y Los años (La Rama Florida, 1961). Preparó inclusive una Antología de la poesía peruana donde consideraba –aparte de los conocidos– a Renato Morales de Rivera y Alberto Ureta, por ejemplo, en ese momento embajador del Perú en Portugal y con quien Be&ua&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacute&uacuteúute;dezú sostenía correspondencia desde Santiago; como también consideró a los indigenistas Dante Nava y Guillermo Mercado, claro que a Mario Florián, con el cual también se carteaba. En su estadía chilena escribe para Zig Zag y para el diario oficial de Chile, La Nación, como también lo hace para Cultura Peruana. Cultiva amistad con Neruda y por ello lee el discurso de orden cuando en su visita a Lima, en 1964, San Marcos le otorga al gran poeta chileno el grado e doctor honoris causa. Finalmente tanto se enamora de esa ciudad que ha escrito un Nocturno en Santiago.

 

Premio, poesía y beca a Roma

 

De vuelta a Lima, en el gobierno de Manuel Prado, se presenta al concurso del premio Nacional de Poesía José Santos Chocano 1957, con Los años, y es galardonado con el mismo. Son 7 500 soles que equivalían a un sueldo promedio de un año. Seguidamente el Dr. Augusto Tamayo Vargas le propone enseñar en San Marcos, ingresando así a la docencia universitaria, retirándose hace poco con 34 años y 8 meses de servicios (sumados los 4 de estudios y 1 de trabajo ministerial bajo el régimen de Bustamante). Le sucede algo mejor, se le otorga la beca Javier Prado que le permite viajar a Roma para estudiar «Perfeccionamiento Literario» (iba a ir a España, pero Franco le niega el ingreso) teniendo como profesor, entre otros, nada menos que a Giussepi Ungaretti, llegando también a conocer a Salvatore Quasímodo un año antes de que se hiciera acreedor al Nobel.

Traduciría más adelante poemas de ambos y algo de Montale. Indudablemente que luego van a influir en su posterior poesía. Ungaretti incluso lo alentó en su creación, pues Silvia Barbiellini, quien había traducido unos poemas de Bendezú para La Fiera Literaria, lo conectó con el gran poeta italiano para una visita, recibiéndolo con un whisky al día siguiente a las 9 de la mañana.

Igualmente, cuando su visita al Perú en 1968, tocó a «paco» decir el discurso de orden al recibir Ungaretti el grado honoris causa de San Marcos, así como llegó a presentarlo y traducirlo en sus recitales. De Roma volvió a Lima el ‘58, para retornar, ahora con una beca del gobierno italiano, los años ’63 y ’64. Para 1971 publicaba el que considera su segundo libro: Cantos, siempre con el sello de La Rama Florida, obra en la que se amplía su capacidad respiratoria, pasando del verso breve, de arte menor, clásico; al verso desbordado, amplio, libre aunque muy bien trabajado. Siempre en base a la imagen surrealista, un tanto irracional, utilizando especialmente el oxímoron, el antagonismo de los términos –soledad sonora, música callada–, figura de mucho uso en Cantos.

En El piano del deseo (1982) surge el versículo. Pero en todos sus poemarios trasluce el poeta profundamente lírico: si no hay mujer a la vista, no hay poesía; la mujer está siempre presente en la creación de Francisco Bendezú, como también pule enormemente cada poema: con 40 ó 50 versiones, trabajando como hormiga su lenguaje. «Mi poesía es una combustión de diccionarios, soy un parnasiano tardío; en vez de escribir, yo esculpo el verso, como pulir un diamante. Por eso los jóvenes deberían empezar por escribir sus romances, sus sonetos, sus espinelas, aprender a medir sus versos antes de dedicarse al verso libre», sentencia seriamente.

Alquimia, Apoteosis, Combo blues y El tenor transparente –dedicado a una chica francesa– esperan la paz y tranquilidad necesarias para su publicación. Duermen en tres cuadernos, apaciblemente. Como también sus obras completas esperan editor, porque «un poeta es un hombre desamparado que a patadones se tiene que ganar un espacio en el Perú», nos dice.

Así y todo, el poeta debe escribir solo, estar solo a la hora de crear –sentencia Paco— preguntándose: ¿Se imaginan a Joyce presentando una ponencia, a Proust sustentando una conferencia sobre la latinidad? ¡No, hombre! –se responde– Lo que sí es seguro –nos dice al despedirnos sin poder charlar sobre sus otras pasiones: el jazz, el cine, la novela negra y policial–, lo que sí es seguro es que las miserias humanas, de las que nadie se libra pesan el doble sobre el poeta. Así es, así es.

 

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4. El mundo dividido de Washington Delgado:

Tantas palabras ardientes

(Revista Cultural.

El Peruano, 14/4/93)

 

 

Poeta, narrador, ensayista, profesor universitario, Washington Delgado hace 23 años editó su último libro de poemas. Sin embargo, su producción prosigue a través de esporádicas publicaciones periodísticas y literarias. Recientemente fue declarado profesor emérito de la Universidad de San Marcos por su brillante trayectoria intelectual.

 

Cuando el novelista y ensayista Miguel Gutiérrez publicó su polémico ensayo sobre los escritores peruanos nacidos en la década del ‘20, lo tituló La Generación del 50, un mundo dividido, tomando para ello la denominación dada al conjunto de las obras completas del poeta Washington Delgado: Un mundo dividido, editadas por la Casa de la Cultura del Perú en 1970. Allí se agruparon los siete poemarios escritos por el autor ente 1951 y 1969, que empezaron a editarse en 1955 (Formas de la ausencia, Lima, Ed. Letras Peruanas). Resentido y frustrado, Delgado prometió no volver a crear poesía, y hasta ahora 23 años después, no ha entregado a la imprenta un libro más de poemas, aunque en 1979 se hiciera acreedor al primer premio de la Bienal de Cuento Copé, por primera vez convocada.

«La independencia y la calidad líricas de este autor subrayan lo inusitado de su obra en la poesía peruana de los últimos veinte años», anota respecto de Washington Delgado el crítico Alberto Escobar en su Antología de la poesía peruana (pág. 169, Ed. Nuevo Mundo, Lima, 1965).

Es por eso que ahora estamos conversando en la sala de su casa de José Gálvez en Miraflores –no la conocida de José Leal en Lince–, con este sentido poeta que pese a todo ha seguido y sigue ligado a las musas de la poesía, superando todos los dolores y frustraciones que no han dejado de aquejarlo durante este último cuarto de siglo, sobre todo la pérdida de su compañera de toda la vida y la inesperada partida de uno de sus jóvenes y amados hijos, Juan Pablo.

 

De familia cusqueña, nació en el Cusco en 1927 –justo el año en el cual se denomina a la Generación Española que más influencia ha tenido en su poesía– cuando se escribía con zeta (no con «s» ni con «q» y «k», que él cree sólo el alcalde lo hace). Estando muy pequeño, con 4 ó 5 años de edad sus padres emigraron a Lima. De tal forma que del Cusco sólo le queda un desarraigo, la seguridad de ser un hombre que anduvo siempre buscando sus raíces. «Yo soy limeño, aquí me crié, y hablo como limeño. Lo cual lamento, porque los hombres de nuestra serranía hablan mejor el castellano. Pronuncian muy bien la ‘c’, la ‘z’ la ‘s’ y especialmente la ‘ll’», anota con un dejo de humor.

Sus primeros años en Lima transcurren en Santa Beatriz, hasta cumplir los 7 u 8 años. Allí al parecer conoció a Julio Ramón Ribeyro, otro de su generación, ya que los hermanos de éste lo reconocieron más adelante como del barrio. Recuerda como vecino a Pepe Bonilla, un narrador que precedió a Enrique Congrains en el manejo del mundo marginal limeño. En Santa Beatriz asiste a una escuelita hasta mudarse al barrio de La Victoria, a la cuadra 7 de la avenida Iquitos. Le apena haberse ido de Santa Beatriz, barrio de poetas, donde habitaran Eielson, Sebastián Salazar Bondy, sologuren, Blanca Varela, Chariarse, Iturriaga.

No obstante, cerca a su nueva casa vivían otros literatos, como Moreno Jimeno en Sebastián Barranca, Américo Ferrari en Manco Cápac, Jorge Pucinelli también en la avenida Iquitos. Washington es matriculado en el colegio San Andrés, antes Angloamericano, situado a unos diez cuadras de su casa, plantel fundado por un discípulo de Unamuno, John Mac Kay, en 1927.  Jorge Basadre cita al colegio en su Historia de la República.

A pesar de su facilidad para las ciencias exactas, ingresa a la Facultad de Letras de la Universidad Católica, y luego de los dos años que debían hacerse, optó por seguir la carrera de Derecho. De la Católica pasa a San Marcos, quedándose en el primer año de Derecho para estudiar Literatura.

En las aulas sanmarquinas conoce a Pablo Guevara, con quien viajará a España y luego se harán compadres, y con quien empieza a escribir en serio («Pablo escribía poemas más dinámicos, más extensos», rememora).

Cuando cuenta con 26 años Formas de la ausencia logra el Premio Nacional de Poesía 1953, siendo publicado dos años después y recibido con elogiosos comentarios del argentino Miguel Brascó (autor de una amplia e interesante Antología de la poesía universal, donde Washington figura junto con Eielson, Sologuren, Sebastián Salazar y Lola Thorne entre los de su generación) y del crítico Luis Jaime Cisneros. La lectura de La voz a ti debida del español Pedro Salinas en 1950, le había revelado una nueva forma de poesía: la de la meditación poética. Mas adelante vendrán otras lecturas, como las de Jorge Guillén y Cernuda, pero especialmente la del genio alemán Bertold Brecht. Uno de estos cambios en el lineamiento de su creación –y fundamental– se opera con su viaje a España, con una beca del Instituto de Cultura Hispánica de apenas 50 dólares mensuales que alcanzaba nada más que para casa, comida y lavado de ropa. En España más que estudiar, lee; lee mucho: todo Benito Pérez Galdós, precedente increíble de García Márquez; a Valle Inclán –del cual en Lima sólo se conocían sus Sonatas– que tiene tres etapas de escritura, quien también creara poesía modernista, como La pipa de kif, nombre este último de un alucinógeno puesto de moda por los modernistas, y especta una obra teatral del mismo: Romance de lobos, cuyo tema es muy parecido al de Todas las sangres de J. M. Arguedas.

Antes de su viaje deja con Abelardo Oquendo Días del corazón, quien junto con Luis Loayza y Mario Vargas publican el poemario en 1957 bajo el sello de Cuadernos de Composición. Durante su estadía española prepara el libro que habrá de consagrarlo: Para vivir mañana.

Luego de dos años y medio, Washington retorna al Perú y él mismo edita Para vivir mañana, que José Miguel Oviedo comenta, titulando con alborozo su artículo en La Prensa (21/9/59) El poeta ordena vivir, donde según Matías Oranyi (Ob. Cit.) «La nota dominante de esta colección es la impaciencia, el descontento, la rebeldía contra la angostura de la vida mezquina, estancada, en la que nada apunta hacia el ‘día’ deseado».

 

En la época en que empieza a enseñar por las tardes en la Facultad de Letras de La Católica y por las mañanas en La Cantuta, hasta que ésta sufre una de sus tantas clausuras, y pasa a dictar clases en la Escuela Superior de Arte Dramático y en la Escuela Nacional de Bibliotecarios. Entonces, Juan Gonzalo Rose, sin querer, lo lleva a San Marcos, pues ambos postulan para una ayudantía de cátedra, el cargo más inferior de ese entonces, y Rose gana quedando Washington como accesitario, pero Juan Gonzalo nunca se presentó y queda nuestro poeta como ayudante, pasa luego a jefe de prácticas y después a catedrático auxiliar, transcurriendo así cuatro años como contratado, hasta que concursa y pasa a ser un profesor titular sanmarquino, primero enseñando lengua, gramática, con algunas horas de literatura.

La década del ‘60 ve nacer los poemarios Parque (Ed. La Rama Florida, Chaclacayo, 1965), Formas de ausencia (Cuadernos trimestrales de Poesía, Trujillo, 1965) –¡dos libros en un año!–, Tierra extranjera (Ed. Perú Joven, Lima, 1968) y Destierro por vida (Milla Batres Ed., Lima, 1969). Tierra extranjera se integrará a este último libro, y surgirá Canción española, conformando todas estas obras como ya se dijo, Un mundo dividido, publicado por el INC en 1970.

Hace un par de semanas atrás recibió el grado de profesor emérito, aunque la resolución nombrándolo como tal data del ‘88. Marco Martos, su discípulo confesado, leyó un sentido y profundo discurso. Washington en su discurso de orden dejó lo ceremonioso e hizo un sincero balance de sus más de treinta años de maestro universitario, reseñando las cosas buenas y malas que le tocó vivir, con memorables palabras. Como dijo Martos, estamos ante un hombre bueno. Al que le tocó tal vez vivir una época mala, la misma que aireó con sus poemas, añadiremos nosotros. Tres poemarios suyos esperan su proceso de edición: La muerte de Artidoro, de carácter histórico, Poemas en prosa, ensayando por primera vez este estilo y El hijo del gran Conde. Toda esta poesía ya no está escrita en primera persona. Después de lo de Copé hay dos o tres cuentos más y planes para que su Historia de la literatura republicana (1979) se extienda a todas las etapas de nuestra historia, y deje por ende de ser sólo republicana, corrigiendo y aumentando el libro. Sus artículos periodísticos escritos en El Dominical de El Comercio bajo el título de Bagatelas (tomado de Valle Inclán) tienen un 90% de posibilidades de publicarse. No hay, pues, destierro. Se vive el hoy, se vivirá el mañana, pese a las frustraciones y al dolor. Se llega, Washington, se llega.....

 

5. Carlos Germán Belli:

Poesía capital

(Revista Cultural. El peruano, 7/7/93)

 

solitario entre los poetas de la década del cincuenta, Carlos Germán Belli (1927) no ha conocido seguidores ni discípulos. Su poesía ha discurrido, desde el comienzo, ajena a modas o artificios renovadores, tomando una dirección propia y original. Actualmente su obra es estudiada en Europa y los Estados Unidos por investigadores como Roberto Paoli, James Higgins, Nick Hill y Jhon Garganico, quienes le han dedicado interesantes ensayos.

 

En la casa de sus padres, situada en los altos de la farmacia Bolognesi –de propiedad de éstos, pues su mamá era farmacéutica–, en Chorrillos, al final de la avenida Olaya, justo frente al último paradero de los tranvías, nace Carlos Germán Belli en 1927. Allí vive hasta tener cuatro años de edad, con esporádicos viajes a Ica, ciudad natal de su padre. Recuerda de esa época un temblor fortísimo, la muerte de su abuela materna, Elvira, a la que se acerca a besar como cada mañana sin saberla fallecida, y el día que supo que iban a viajar a Holanda porque su padre había sido nombrado cónsul en Amsterdam, salíó con la empleada a pedir un Atlas prestado para ver donde quedaba exactamente dicho país. Dos años después retorna al Perú, al apacible barrio de Santa Beatriz. Su padre abre otra farmacia, Cooperativa la denomina. Desde finales del ‘34 hasta el 39 residen en Santa Beatriz, asistiendo al cercano Colegio Italiano (hoy Raimondi); primero a la escuela mixta y luego a la sección varones, hasta terminar la secundaria.

«El primer poema que publico en mi vida es de verso libre, dedicado a mi madre, y aparece en el Anuario del Colegio Italiano de 1944 (terminaba 4° de media, tal vez). Paralelamente empiezo a hacer mis lecturas personales. Tendría unos quince años. Leo los álbumes de versos de mi madre: al modernista español Gaspar Núñez de Arce, al mexicano Salvador Díaz Mirón, Leopardi, Darío. Son las fuentes de mis primeras lecturas, hechas en voz alta, leyendo y releyendo: fue la torre de marfil de mi biblioteca en cierne».

«Una lectura fundamental es Azul, de Darío, que compro en una librería antigua, en edición de Tohr; hago una lectura compartida con mi padre: un doble descubrimiento entusiasta –prosigue Belli–, consultando las palabras raras que no conocía en el diccionario de la Real Academia que tenía mi padre, una edición muy bella y punto inicial de mi inclinación por los diccionarios».

Su primer interés surge en torno al modernismo, fundamentalmente Darío. Posteriormente, hay un giro hacia los ismos de vanguardia, indagando qué son esas corrientes, en qué consisten, quiénes son sus representantes, sus principales figuras. Su interés se inclina hacia el surrealismo, particularmente Bretón, la teoría y creación poética del movimiento. A través de la Librería Francesa adquiere los libros de los surrealistas.

 

Lince, Jesús María, San Marcos

 

«Me mudé a una casa en Jesús María, en el Olivar, la recuerdo porque allí inicio mis lecturas literarias, formo mi pequeña biblioteca, leo en alta voz a Darío y Núñez de Arce. Allí creo yo, nace mi torre de marfil», confiesa el poeta.

«En 1946 me presento a San Marcos a empujones de mis padres, e ingreso a Letras. Paralelamente entro a trabajar en el Senado, con el apoyo de dos poetas: José Gálvez, quien presidía la Cámara de Senadores, y Alcides Spelucín, secretario de la misma. Tenía yo 18 años y fue mi madre, a través de sus vínculos con familiares de ambos poetas, y no políticos, la que logró esto, pues mi padre estaba muy mal de salud. Al siguiente año falleció». Los padres de Belli frecuentan muy a menudo sus poemas.

En el Patio de Letras sanmarquino alterna con el músico Francisco Pulgar Vidal y el poeta Demetrio Quiroz Malca, amigo de Santa Beatriz, y también con Alejandro Romualdo. Fugazmente conoce a Scorza y de oídas a Francisco Bendezú. Se matricula luego en Derecho, pero termina trasladándose a La Católica, reencontrando a Chariarse y conoce a Luis Alberto Ratto y César Pacheco Vélez. Jorge Pucinelli vuelve a ser un profesor. Entre 1948 y 1950 publica poemas hasta en tres oportunidades en La Prensa y cuatro o cinco en el Mercurio Peruano en 1951, así como dos composiciones de corte letrista, puros sonidos, en un panorama de la poesía joven en las páginas de Letras Peruanas que dirigía Pucinelli.

En el 54 viaja a España, Francia e Italia, participando en unas jornadas de poesía en Santiago de compostela, donde asisten Ribeyro y Chariarse, quien llega tarde al certamen. Son diez meses de licencia que pronto se cumplen. «Esta estadía, resultó decisiva para el futuro de mi vida, estoy pensando en voz alta, nunca había cavilado sobre el particular, pues tomé la decisión de enderezar mis pasos hacia la literatura», afirma sonriente.

Regresa y se reintegra a su puesto en el Senado, trabajando paralelamente como traductor de noticias en France-Presse, pero con mira a dejar el Perú. Así el 57 viaja a Nueva York con la idea de laborar en las Naciones Unidas, recomendado por don Víctor Andrés Belaunde y el apoyo de José María Químper. Su poco dominio del inglés no se lo permite y debe entonces lavar platos en plena avenida Broadway. Repentinamente fallece su madre, a cuyo entierro no puede asistir dado que el avión que lo traía a Lima queda retenido en Tegucigalpa un día, debido a un percance mecánico.

En 1958 publica Poemas, su primer libro, gracias a un préstamo obtenido en su trabajo del Senado. Son 200 ejemplares que regala a sus amigos y distribuyen algunas librerías del centro limeño.

Vargas Llosa en El Dominical de El comercio y Sebastián Salazar Bondy en La Prensa, saludan la aparición del poemario. De inmediato se convierte en un sistemático lector público de la Biblioteca nacional y de la del Congreso. En el ‘60 publica Dentro & Fuera con portada de Alberto Dávila. Oh hada cibernética aparece en 1961, y el ‘62 hace una edición ampliada, libro que obtiene ese año el Premio Nacional de Poesía; José Miguel  Oviedo y Sebastián Salazar Bondy realizan críticas muy favorables que con artículos de otros críticos sobe la poesía de Belli, editara en Estados Unidos Miguel Ángel Zapata bajo el título de El pesapalabras. El ‘64 publica El pie sobre el cuello, el ‘66 Por el monte abajo, y finalmente todos los primeros libros se reúnen en una edición uruguaya titulada El pie sobre el cuello. En el ‘69 obtiene por primera vez la beca Guggenheium y viaja a Iowa por un semestre.

Después de 22 años de servicios había renunciado a su trabajo en la biblioteca del Senado y en el ‘70 pasa a Inide, al área de publicaciones. En ese año en Chile editan Sextinas y otros poemas y en el ‘79 la editorial mexicana Premia publica En alabanza del bolo alimenticio. Las composiciones de estos poemarios son de mayor aliento.

Los siguientes libros son: Boda de la pluma y la letra (España, 1985. Antología), Más que señora, humana (Lima, 1986), el buen mudar (primera edición, España, 1986. Segunda edición, Lima, 1986), En el restante tiempo terrenal (Lima, 1988, más 3 ediciones sucesivas: España y Lima, 1990); luego antología crítica (EE.UU., 1988, edita John Garganigo) y finalmente Acción de gracias (Trujillo, 1990. Serie Homenaje a Vallejo).

«A estas alturas de mi vida, cada vez se afianza más en mí una identificación plena con los poetas modernistas, especialmente con Darío y con Eguren, que fue un modernista terminal. Esta admiración por los modernistas hispanoamericanos estriba en el peculiar arte de escribir de ellos, que no es otra cosa que la experimentación estilística; esto es, combinar estilos. En suma, el arte combinatorio que es amalgamar maneras expresivas distintas, y el asumir la palabra poética como condición capital de sus vidas. Condición que he tratado de asumir hasta en mi labor de pequeño funcionario. ¿Cómo así?, como lector público en las bibliotecas y escribiendo a hurtadillas en las propias oficinas por donde discurrí y, por cierto, en mi torre de marfil, que es la biblioteca de mi casa», termina en actitud confesional este gran poeta peruano, cuya obra merece desde ya un profundo estudio surgido de entre sus paisanos, para que ya no más repita: mas cuánta veda de los hados cruda/ hubo contra mí, aborrecido y mustio/ tal oscuro gusano/ que nunca en los mercados/ discurrir puede de la seda acerbos. («Nunca seguro yo jamás...», de Oh hada cibernética).

 

6. Continuidad de

Javier Sologuren:

La palabra, la esperanza

(Revista Cultural,

El Peruano, 25/4/94)

 

Una enfermedad y cierto apego por la melancolía conjugaron sus esfuerzos para que hoy podamos leer, como en el cauce de un río, las ondas formadas por los poemas nacidos de la mente y el corazón de Javier Sologuren. Su obra reunida bajo el título Vida continua, es el testimonio de un romance o de una lucha con la palabra para extraer de ella la sustancia de lo poético. Durante estos años muchos son los combates ganados y muchos también los que atienden el reto de este autor que renuncia a enterrar la esperanza.

 

Hace casi 31 años, en julio de 1963, lo entrevisté para la revista Horizontes Universitarios, específicamente para la columna «Haciendo época»; me iniciaba en el periodismo cultural. «Javier Sologuren es un poeta afable y distraído y para él la vida parece ser una cosa sencilla y nada más». Así me atrevía a describirlo en aquel entonces, cuando definió su creación como «algo con lo que intento captar lo esencial y lo vivencial de los grandes temas eternos de la poesía: el amor, la muerte, el tiempo...»

Estamos conversando ahora, en marzo de 1994, en su casa de la calle Tradición, frente a un parque de Surco. «¿Ha enterrado la esperanza», le espeto haciendo alusión al final de ese largo y hermoso poema autobiográfico suyo titulado La hora (1980), que termina: «pero repito/ sin embargo no entierro la esperanza».
«Me mantengo firme en la actitud de no enterrar la esperanza; la más aceptable, la más positiva actitud», responde rápido y seguro.

En seguida, sabiendo de antemano que nació en Lima el 19 de junio de 1921, indago por el lugar. «En el Cercado, en la calle Aparicio, aledaña al INC, aunque no recuerdo con exactitud su ubicación», nos dice.

Hasta los cinco años vivió en el Damero de Pizarro. «Lima no me ha gustado nunca por su centralismo excesivo. No ha tenido en cuenta para nada al resto del país», confiesa intempestivamente. «Estando fuera no he extrañado ni la comida. Si ahora viviera lejos del Perú, sentiría la ausencia de sus playas, eso sí», continúa, distraído.

«Me fui a Barranco al cumplir cinco años y estuve allí hasta tener nueve, con una tía y con el paludismo. Mis primeras letras las aprendí estando en cama, enfermo. Luego fui a una escuela conducida por dos viejecitas.

«Vivía en la calle Alfonso Ugarte, que desemboca casi directamente a la casa de Blanca Varela. Barranco no ha sido ajeno a mis años infantiles. Aún me gusta su labor rural y su vida cultural. Las maestras viejecitas eran tan tiernas...»

De vuelta a la casa materna (su padre ya había muerto cuando Javier tenía siete años), con nueve años de edad, pasa a estudiar al colegio San Luis de los hermanos maristas de Barranco, luego al Instituto de Comercio e Industria, dirigido por un francmasón. Pasa después al Colegio Peruano de los hermanos Haro, un colegio audaz en esa época. «Luego asistí al colegio Hipólito Unanue, dirigido por el Dr. Juan Cavazzana, hombre de perfil dantesco, impresionante», rememora.

Quedaba en la calle Amargura y los jóvenes estudiantes de la Universidad Católica de aquel entonces, como Javier Pulgar Vidal, Gregorio Durand Flórez (hermano del escritor José Durand), entre otros, fueron sus profesores.

Luego estudia Letras en San Marcos, dos años. Después Derecho. «Una persona tímida como yo matricularse en Derecho», comenta. Abandona Derecho y se matricula en Filosofía, lee Crítica de la razón pura de Kant y recibe clases del joven Francisco Miró Quesada Cantuarias sobre los filósofos contemporáneos.

 

El paludismo y las primeras lecturas

 

«Cuando caí enfermo de paludismo, prácticamente aprendía a leer, convirtiéndome en un ávido lector. Devorando los pocos libros que había en casa, como: El conde de Montecristo (sólo el primer tomo, no el segundo, el de la venganza), Angel Pitou de Víctor Hugo y otras novelas de él. Pero la más interesante fue una novela de Xavier de Montepin: Los misterios de la India, que cuenta de una secta asesina que rendía culto a una diosa sanguinaria; la selva, la amenaza de las fieras, lo tenebroso del tema se mezclaba con las pesadillas de la fiebre del paludismo.

«Había también una criada, una empleada de la casa, quien me contaba historias de aparecidos, episodios terroríficos. Tenía un repertorio enorme. Creo que todo ello, y el paludismo que solía terminar en la tuberculosis que llevaba a la muerte, han hecho natural la presencia tanática en mi poesía. Yo no conocí una infancia formativa: estaba en mi lecho de enfermo, con el cariño de mi tía, muy tierna, pero con la soledad de la falta de siquiera un amigo. Me sacaban al huerto lleno de flores y árboles, pero donde también sembraban ajíes, por ejemplo; allí descubrí la naturaleza, eso era como un paraíso, con animalitos y todo. Esa soledad me llevó a ser un asiduo lector.

“Ya de vuelta a vivir con mi madre, en la casa donde nos alojábamos, descubrí Los hermanos Karamazov y la figura de Aliocha me quedó grabada. Me refugiaba en el fondo de la casa con la profundidad de Dostoievski, la sabiduría de Chejov, Tolstoi, y Gogol, cuando yo era aún un adolescente. Después siguió el mundo de Emilio Salgari: El corsario negro, Sandokan, libros que he releído dispuesto a volver a vivir la aventura marina, pero ya no, es otra cosa. (Supe que Salgari fue un marino italiano que se hizo periodista y que ante serios problemas económicos se suicidó). También los libros de Friburgo, católicos, las lecturas de la secundaria, los poetas españoles clásicos, los peruanos.

«Durante el año que me matriculé en Derecho no asistí a clases, sino a la biblioteca de San marcos, leyendo no sólo literatura, también libros de arte, sobre Van Gogh, por ejemplo.

«Luego, mientras estudié Filosofía, trabajé en la Superintendencia General de Contribuciones del Ministerio de Hacienda y Comercio, donde laboraba Jorge Eduardo Eielson, y luego Gustavo Valcárcel. Estuve trabajando allí tres años y mientras tanto colaboraba con El Comercio, La Prensa y La Nación, que dirigía Jorge Basadre, donde escribían Sebastián Salazar Bondy, Eielson y Raúl Deustua. Escribíamos sobre temas literarios. Pero fue en 1939 cuando empecé a escribir poesía y Jorge Puccinelli llevó tres poemas míos a Aurelio Miró Quesada para El Comercio. Después apareció una selección en una separata de la revista Historia N° 8, dirigida por Jorge Basadre, con el título de El morador (1944) y luego publiqué Detenimientos (1947) con cinco linóleos de Szyszlo».

 

Residencia extranjera

 

Del ’48 al ’51 estudia becado en el Centro de Estudios Literarios del Colegio de México que presidía Alfonso Reyes, con quien logra conversar de vez en cuando. Edita, en la capital azteca, Dédalo dormido (1949) y Bajo los ojos del amor (1950), el primero como una separata de Cuadernos Americanos, revista que dirigía Juan Larrea. Emilio Prados –conspicuo poeta español de la generación del ’27– lo presentó con este último.

Luego enrumba a Suecia, desempeñándose como traductor del español en la Universidad de Lund durante más de seis años. «Allá me casé. Es un país muy atractivo, sus poetas son excelentes, especialmente los de la generación del ’40. He traducido a buen número de ellos. Recuerdo a Gunnar Ekelöf, premio Nobel».

Regresa al Perú después de diez años y se dedica a la docencia. Primero en la Normal Superior de La Cantuta, pasando luego a la Universidad Nacional Agraria, donde permanecería por 22 años. La Católica y San Marcos también lo reciben en sus aulas temporalmente. Es la época de las ediciones de La Rama Florida, donde Sologuren publica 120 libros manualmente y otros 20 como editor. Rafael Alberti (El otoño otra vez), Jorge Guillén, Pablo Neruda y Calleaud están entre los autores editados en el Taller de Artes Gráficas Ícaro, así como los jóvenes Javier Heraud (El río), Antonio Cisneros y Luis Hernández. La colección de obras se expuso en Ayacucho, Arequipa y universidades de Lima. Milla Batres la llevó a la Biblioteca Nacional de España y Sologuren a la Biblioteca de París. La experiencia como editor dura de 1959 a 1972 y no da sino satisfacciones literarias. Del ‘70 al ‘71 reside en Lovaina y se gradúa en Comunicación Social. Ya había obtenido en 1960 el Premio Nacional de Poesía por su obra Estancias.

En el ’77 viaja por 20 días a Japón, donde satisfizo su interés por las artes, literatura y cultura japonesas. En 1981 visita Japón por segunda vez, becado por la Fundación Japón, para colaborar en el acabado final de la traducción de Cinco amantes apasionadas, de Ihara Saikaku (uno de los tres más grandes escritores japoneses), al lado de Akira Sujiyama, traductor de Los ríos profundos de Arguedas. La India es otro hito en su itinerario viajero. Ahí conoce a Gamguly, profesor hindú que ha traducido a Vallejo, quien le publica un poema en la revista Hispanista. Revistas de Suecia, Francia y de diversos países hispanoamericanos han acogido sus poemas. Editoriales de México, España, Argentina, Venezuela e Italia han publicado sus libros. Figura en diversas antologías universales de poesía. Su obra poética completa (1939-1989) se ha reunido bajo el título de Vida continua (Lima, 1989), aunque Un trino en la ventana vacía haya sido editado posteriormente (Madrid 1992). Ha incursionado en la prosa con Hojas de Herbolario, separata de la revista Lienzo de la Universidad de Lima, y con Gravitaciones y tangencias (1988).

Nos despedimos, ya en una segunda sesión en el sugerente balneario de San Bartolo, recordando sus reuniones en casa de Emilio Adolfo Westphalen en la urbanización Santa Beatriz, la peña Pancho Fierro de Alicia Bustamante, el respeto que los de su generación guardaban para sus antecesores, el vínculo que significó para su generación el redescubrimiento del arte precolombino.

«Nunca fue para mí el café literario. No soy una persona que se encuentra bien en la noche. A veces vamos a alguna reunión, pero a las 10 u 11 de la noche estamos de regreso. Sí, he sido un buen lector, ahora mermado por los años, por la miopía. Por ejemplo, leo muy poco novela; apenas hago cala por el gusto de conocer el libro. El cuento sí me gusta, y leo algo. Pero la poesía no la dejo. Poemario que llega a mis manos, lo leo. Me mantengo firme en la actitud de no enterrar la esperanza».

 

7. Encuentro con

Pablo Guevara:

La solitaria creación

(Revista Cultural.

El Peruano, 26/5/93)

 

El poeta Pablo Guevara difícilmente puede ser encasillado en alguna de las vertientes poéticas peruanas de los últimos 30 años; su producción literaria, sin embargo, cada día es reivindicada con más entusiasmo por los jóvenes escritores. Actualmente está a la espera que algún editor se anime a publicar alguno de sus once poemarios inéditos, cinco de los cuales tiene concluidos.

 

«Hay una cosa que tiene el escritor: la soledad de soledades de Góngora. Las amistades y los parientes no te ayudan en nada: debes pensar y repensar la palabra todo el tiempo, porque si se te va, se te va. La escritura es una de las cosas más dominantes. Es una especie de suplicio. Te sirve para perder tu identidad y vivir la vida de otros: esos otros te persiguen y te llevan a la paranoia, a la esquizofrenia. No creo, por ejemplo, que Martín Adán haya sido muy feliz escribiendo. Desde que decidí dedicarme a escribir, mi vida ha sido un suplicio: allí conocí al otro».

Esta es una de las disquisiciones en que entró Pablo Guevara mientras conversábamos largamente, primero en su casa campestre de Pachacamac, casa donde habita hace dos décadas y después en Lima, ante un improvisado guiso de pulpo. En realidad fue un deleite dialogar con Pablo, quien entre bromas –como en su poesía, donde canta «prosaicamente» a la mazamorra morada en momentos en que todos quería emular a Javier Heraud– fue mostrando su sabiduría, el porqué por poco no es considerado como integrante de la generación del ’50, ni está con los del ’60 y sí más bien al lado de los del ’70, ’80 y ’90. NO como paternal guía, sino como fraterno hermano. »Porque uno no debe tener hijos literarios; a pesar de que los jóvenes lo consideren así, prefiero ser un amigo de ellos en las verdes como en las maduras. No matan al maestro, sí al padre. Nunca fui paternal, ¡Dios me libre!  Si me aceptan, me aceptan. Soy una especie de hermano mayor», confiesa con sencilla sinceridad.

Pero hablando de parricidio, pasemos a la parte biográfica, a la crítica Lima de 1930, al pabellón de Maternidad del Hospital Loayza, donde Pablo nace, en la sección gratuita. Su familia vive en los Barrios Altos, en la Plaza Italia o Antonio Raimondi, donde la estatua del sabio se eleva impertérrita lupa en mano, mirando Raimondi ¿qué? ...uno de los enigmas que el poeta se llevará a la tumba, como por qué al bolerista Ortiz Tirado le decían doctor o por qué tuvo una tía hermosa que nunca se casó.

 

Mundo estudiantil

 

Empieza estudiando en el colegio mixto del Sagrado Corazón de Jesús, donde alternó con niños y niñas hasta el 3° de primaria, besando a las chiquillas y aguaitándolas en los baños, hasta que el machista papá Guevara decide que su hijo único debe ser todo un hombre y lo traslada al Cristo Rey, colegio ubicado en la bajada de Santa Clara, cobija de pandilleros peleones que diariamente enviaban a Pablito todo moreteado a su casa. Entonces la protectora madre lo coloca en el Claretiano de Magdalena, donde recuerda –y muestra foto– estudia con Genaro Delgado Parker, quien ya hacía comunicaciones sustrayendo lo más apetitoso de las loncheras de sus compañeros. Descubre allí que el aspecto santurrón y rosadito de algunos curas no les impide abrir de vez en cuando alguna braguetita y tocar disimuladamente las partes del pupilo. La madre lo traslada entonces al Salesiano, donde un cura llamado Gaspercha le horada santamente la cabeza a cocachos. Así, a pesar de haber hecho su primera comunión (hay cosas que uno no decide) se vuelve ateo.

Surgen otra vez las contradicciones padre/madre, y Pablo va a parar al Leoncio Prado. Su estadía en el colegio militar lo lleva a rechazar la vida militar: como acabó entre los primeros 40 alumnos, tenía la opción de ingresar de frente a cualquier instituto castrense, y se hicieron reuniones familiares para que se presentara a alguno, pero opta por irse a estudiar letras a La Católica y luego literatura, pues no quería ser ni abogado, ni médico, ni ingeniero, ni profesor tampoco, únicas carreras posibles de aquellos días de los años ’50. la Católica fue exigencia materna, por supuesto. Cuando Pablo tenía 15 años murió su padre, en 1945. He aquí un recuerdo paterno que muy poco tiene que ver con el poema que más se le conoce: Mi padre-un zapatero.

«Lo conocí poco. Era un mujeriego, terminaba de trabajar y se iba de parranda. Caminaba entre las mujeres y los alcoholes. Por eso en el año ’40, después del terremoto, mi madre se separó de él y nos fuimos a vivir a Breña, a una casa-jardín-recreo que mi padre había usado para sus farras antes. El era un derechista, un conservador, sanchecerrista, quesadista (¿?), una de las personas principales de los Barrios Altos gracias al dinero que daba para las fanfarrias, lo cual lo convirtió en un pretencioso, ya que por su dadivosidad lo hacían cada año presidente de la Asociación de Caballeros del Sagrado Corazón de Jesús. Claro que ellos se sentían los Caballeros del Rey Arturo. Mi madre era igual. Mi madre quería romper las fotos de mi padre. Repugna todo lo antes adorado».

Pablo se parangona con el hombre que no tuvo infancia (don Fulgencio), apenas si practicaba algo de atletismo y tal vez patines. Aunque no todo fue ófrico. En el Leoncio Prado, recuerda (aunque nada presagiaba que fuera a hacer literatura, pues en la casa de los artesanos, como eran sus familiares, no había libros) de repente empezó a escribir poemas e invitado por sus profesores Jorge Pucinelli y Luis Bedoya Reyes, los leía en el auditorio y los alumnos aplaudían. Después le pedían acrósticos para las enamoradas, un poemita para la madre, y Pablo los trocaba por especias o pecunia, es decir golosinas o vil dinero. Así luchaba por el reconocimiento del arte desde la secundaria.

Claro que él no fue consciente de ser poeta hasta que la revista Mar del Sur, que dirigía Luis Jaime Cisneros junto con Aurelio Miró Quesada, le otorga un premio de 1952. Con Retorno a la creatura, su primer poemario, obtendría el Premio nacional de Poesía 1954 (un año después que su compadre Washington Delgado).

«Ningún artista se hace tal por propia decisión, ni puede aprenderlo en el taller de su padre, por ejemplo, donde sí podrás aprender a ser pastelero, carpintero. Este aprendizaje literario no se lo deseo a nadie, porque ya ni siquiera uno mismo se cree lo que expresa, no sabe si es él. Es que un escritor no escribe directamente de él; sería muy fácil. ¿Qué podemos contar de nosotros, si todos los días hacemos lo mismo que hacen los demás? El arte debe inventar personajes, situaciones. Escribimos sobre lo que no somos y hablamos sobre lo que no sabemos; escribimos sobre el deseo, la ilusión», termina citando a Legotard.

En La Católica no hace vida universitaria. Camina con Washington Delgado, su único, su gran amigo, casi su hermano. Mas no se imagine uno al típico solitario: Pablo era un gran bailarín, bohemio –no del bar Palermo– y en esos ambientes habían amistades. Hasta que el ’55 viaja con Washington a España, permaneciendo en Madrid hasta el ’58, estudiando cine. Luego se marcha a Roma, también estudiando cine, y pasado año y medio se va a París para hacer lo mismo a lo largo de tres años. Pero Europa, al igual que Lima cuando sintió que le quedaba chica, se había estrechado. Además que siempre le interesó el Perú y anhelaba hacer cine a partir del hombre y la cosa peruanos. Y en parte, también regresa porque su madre estaba vieja, y se había vuelto a casar. En Madrid logra publicar, en 1957, el poemario del Premio Nacional, Retorno a la creatura.

El retorno de París es en 1961, cuando ya el medio literario «me había enterrado». Es que se trataba de un poeta joven de repentina desaparición por un lapso de siete años, que no tenía por qué ser dado a reconocimiento. «Creían que ya no había escrito más. Entonces me salí del circuito literario. Tenía que sobrevivir. Eso me sirvió para llegar donde he llegado: con mucha independencia y despreocupado del ambiente literario, aunque enseño en San marcos Literatura Universal y Contemporánea», comenta sonriente el poeta.

No obstante, en los años ’60 recupera terreno, empieza a correr de atrás publicando Los habitantes (1965) y Crónica contra los bribones (1967). Vuelve a la circulación luego con Hotel del Cuzco (1972), «con el cual este señor se sitúa entre los primeros, aunque todavía no me despunto», bromea. «En estos 20 años sí me despunto, aunque eso ha de señalarlo la posterioridad», dice ya con seriedad.

«Hotel del Cuzco es un libro, a diferencia de todos los anteriores, escrito desde el Perú y sobre el Perú. Es un libro muy contextualizado en sus tres partes: Hotel del Cuzco, Zoo entre los animales y Capitales del Perú. Es un libro con fuerte connotación peruana, pero sin ningún carácter panfletario. Hoy se puede llamar una proeza contextualizar el poema. De tal manera que me parezco a los del ’60 porque coincidimos en temas parecidos y entronco con los del ’70 y con las cosas que pasan en el Perú. Logro poder hablar de mi entorno, con conciencia telepática, como un medium, sin hacer panfleto. Vivo en estado de mediunidad, en trance. Capacidad que cultivo inconscientemente», elucubra Pablo Guevara sobre su creación.

Los años ’60 trabaja apoyando al teatro en el INAD que dirigía Rubén Lingán; ponen a Brecht con la Opera de 2 por medio dirigida por Atahualpa del Cioppo y a Fernando de Rojas con la Celestina bajo la dirección de Azcuna. También hace cine, y con Semilla gana en 1969 el 1° premio del Festival del Cine Peruano organizado por la Casa de la Cultura. En el ’78 obtendrá un 2° premio en el IV Festival del CETUC con Periódico de ayer. En la Universidad de Lima también enseña cine. Los ’70 lo agarran sin trabajo por frustrarse la creación de un Centro de Comunicaciones en la Universidad de San Agustín, Arequipa. Pero funda el Instituto del Cine en el INC. Trabaja en cineclubes. Se convierte en un cineasta que hace poesía que termina haciendo ensayo: por Vallejo, la hominización es galardonado con el 1° premio del Concurso Internacional de Ensayo del CICLA. A partir de los ’80 dedica su vida a la poesía. Son 11 libros que esperan el mecenazgo, estatal o privado, para salir a luz. A esa etapa ha llegado la cultura. La mitad del billete, de la moneda, el «zumbalón», está en manos del poeta. ¿Quién llevará la otra mitad?

He aquí los sugerentes títulos de la oncena poética: 1) Mentadas de madre. 2) Dientes de ajo. 3) Casa de padrastros. 4) La colisión (cuatro poemarios en un solo título). 5) Hacia el final (inspirado en Pound). 6) La alberca (dedicado a Lihn). 7) Avenida Universitaria (sobre universidades peruanas). 8) Tragedia en el Río Hablador (a Juan Bullita). 9) Cosco Raimi. 10) Historias extraordinarias del tren bala. 11) El libro de los muertos.

Como despedida otra disquisición pabliana: «Esta es una sociedad inmadura como sociedad moderna. Toda nuestra sociedad republicana es inmadura. Las instituciones peruanas son embrionarias, no están desarrolladas. No han llegado a crisálidas; menos a mariposas todavía. Vivimos con prótesis. Nos valemos de ayudas. Un buen trabajo de la literatura peruana sería hablar de esta sociedad embrionaria, de lo que es y de lo que debería ser o no lo es». Ahí está el reto.

 

8. Con Arturo Corcuera:

Delirante casa de poeta

(Revista Sí, N° 456,

del 11 al 17/10/95)

 

Burillo de Moguer, te has motorizado,/ estás más fuerte, más alto,/ Juan Ramón Jiménez se hubiera alegrado./ Hoy miras la Luna con ojos de asfalto.

Del prado dejaste sus viñas, su aroma,/ tornado tu manso rebuzno en bocina,/ tus casos gemelos en ruedas de grana,/ por agua de arroyo bebes gasolina./ Parte, corre, frena,/ cabalga, reposa./ Da impulsoa tu trote una mariposa/ que de los vergeles habría fugado./ Yo siento en mi pecho/ ¡Oh! rojo Platero!/ que oyendo mis versos te has humanizado/ en tu dulce y blando corazón de acero.

 

Luego de viajar gran parte del camino totalmente zangoloteado (no por los caminos de Moguer, por donde bien pudo haberme llevado no ha tantos años el veloz «Platero» peruano que por los ’60 recorría las calles limeñas –era un vetusto Ford Coupé del ’32– montado por el poeta Arturo Corcuera, luciendo un desafiante letrero de camión que rezaba: «Paso a la poesía», y como escuderos iban Reynaldo Naranjo y César Calvo, trotando en ancas), luego de surcar medio camino hacia Chaclacayo en procelosa pista, arribas a Santa Inés. Te apeas. Ingresas por una senda que no te va a conducir a la Casa de la Poesía de la bajada a los baños de Barranco de años ha, sino a la casa del poeta.

 

Transitas por la tierra aplanada que hace de calle y te escoltan árboles diversos, viejas casas, te flanquea por la derecha una rumorosa acequia. Y llegas. Una reproducción de flores picasianas posadas sobre un ala de su puerta, te alerta que has dado con la casa. Halas de una soguilla y tintinea la isócrona campanilla. El poeta te recibe y mejor aún su casa.

Por supuesto que Tilsa adorna las paredes de la sala de recibo, junto a cuadros de Quintanilla, Polanco, Gerardo Chávez, Palao, Alberti, José Carlos Ramos, Rosamar, la hija de Arturo que ilustra con especial gusto los poemas y cuentos del padre. Hay varias arcas de Noé creadas en homenaje a su libro Noé delirante; con decenas de miles de ejemplares –sólo el Periolibros, que circulara con el diario Página Libre, tiró 40 mil ejemplares– y ya pronto alcanzará su sétima y definitiva edición (ha ido creciendo y decantando con el tiempo).

Pasas entonces al jardín, donde Óscar Corcuera, hermano el poeta, ha elaborado un mural con todas las ilustraciones de Tilsa, tan cara a la vida de Arturo, tan ligada a su estro poético. Acaba él de retornar de España, aquella a la cual viajó por primera vez becado por San Marcos, su universidad, donde el ’56 obtuviera el primer premio de los Juegos Florales Universitarios con El grito del hombre. Pero mejor ves esa Declaración de amor a los derechos del niño, poemas ilustrados por Rosamar, editados por Periolibros con una tirada de más de un millón de ejemplares y que empezaron a circular desde el 24 de noviembre pasado en cerca de 25 países con motivo del aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Niño. Cuenta el Periolibros con el auspicio de la Unesco, Unicef, Cultura Económica. La edición en tus manos es la israelí en castellano. En seguida tocas, miras, te deleitas con otra joyita de edición que pronto será presentada bajo el título de Canto y gemido de la tierra (Edición de Rädda Barnen), con dibujos –deliciosas ilustraciones– de Rosamar, quien justamente entra a la casa y nos hace levantar la vista para admirarla con el bello jardín de fondo, un huerto de flores y árboles frutales, donde en un rincón reposa un viejo y gran horno de barro, y en otro se esconde el taller donde Rosamar pule sus cerámicas, idea sus máscaras, pinta sus cuadros, da rienda suelta a su rica imaginación creativa.

 

Un par de botellines de vino francés demoran la conversación.

La mesa está servida. El poeta degustará con fruición norteña los humeantes frejoles batidos que nos esperan al aire libre y con mucha tristeza hay que lanzar un izape gato!, para que el mínimo de la casa del poeta nos deje degustar los potajes que asentaremos con un auténtico anís del mono (por ahí un par de monos salidos de alguna de las arcas, hacen muy desentendidos el amor: por suerte son esculpidos en madera y no nos invaden con sus eróticos chillidos).

De madera. Así fue su casa del puerto de Salaverry. Una verdadera casa porteña, aledaña al mar, con sus paredes revestidas de conchas multiformes, a veces bañada por el oleaje embravecido, mirando a los pescadores cargar sus cestas, a los trabajadores de los muelles fuertes como remos. Allí nació Arturo. En esa casa con su farmacia en los bajos, la que fundara su tío Daniel Osores para albergar a la abuela Zoila Amoretti, madre de la mamá de Arturo; porque resulta que siendo esta familia chotana, a su padre lo habían nombrado juez de primera instancia de Contumazá, y aunque siendo ambas provincias del departamento de Cajamarca, más fácil era irse de Salaverry a esta última, y viceversa.

«En una de esas visitas de mi madre a mi abuela, aquella estaba encinta y su estadía en Salaverry se fue prolongando y los médicos le recomendaron no viajar a Contumazá por lo accidentado del camino. Así, de pura casualidad, me hice salaverrino, porque mis demás hermanos son contumacinos. Después de dar a luz, mi madre enfermó gravemente y se tuvo que ir a tratar a Lima, donde le recomendaron descanso absoluto: no podría criar un recién nacido (yo soy uno de los últimos hermanos). Me tuve que quedar al cuidado de mi abuela, con mi tío que fue como mi padre, hasta los diez años» rememora el poeta.

De seguro la abuela le relataría leyendas de ahogados, de bajeles naufragados, poblando su corazón de fantasmas mientras el mar latía en cada uno de sus actos. Claro que se iba a Trujillo a estudiar primaria, al Colegio Seminario de San Carlos y San Marcelo, donde cursaran también estudios Víctor Raúl Haya de la Torre y Luis de la Puente Uceda. En la época cuando su madrina Elvira Hoyle le regala las obras completas de los grandes fabulistas y una edición de El Quijote más para jóvenes que para niños. Leía asombrado estos libros junto con su primo Antonio, gran caricaturista fallecido prematuramente. Sus hermanos también estudian en Trujillo, pero son mayores. Él viaja cada verano a Contumazá de vacaciones, teniendo contacto con el campo, con la lluvia, con el ganado que pace.

Recuerda el poeta que su padre hacía gala de una buena pluma, gran amigo del narrador trujillano José Eulogio Garrido, el autor de Carbunclos. Editaban con Felipe Alva (padre de Javier Alva Orlandini) La Golondrina y La Patria, revistas de artes y letras. Pero el trabajo de la magistratura lo apartó de la senda literaria, junto con la crianza de numerosos hijos.

Su trabajo lo lleva como vocal de la Corte Superior de Ancash hasta Huaraz. Entonces la farmacia de Salaverry es trasladada a Lima y Arturo se va al Callejón de Huaylas a cursar su media, a escribir sus primeros poemas inspirado por el paisaje andino, por la fauna y la flora del campo y por sus primeros escarceos amorosos.

«Por generosidad de César Morales Arnao, director del diario El Departamento, de Huaraz, tengo el gusto de ver publicados mis primeros versos», confiesa conmovido el poeta. Emoción que sentiría un par de años después, cuando se traslada a Lima a estudiar en el Colegio Nacional Hipólito Unanue, y conociendo a un bibliotecario de lujo, el poeta Demetrio Quiroz Malca, y el subdirector que había pertenecido al grupo que editar por los años ’40 la revista Palabra: Emilio Champion, quien le facilita las obras completas de Juan Ramón Jiménez, mientras Quiroz Malca va ordenando sus lecturas, poniendo en sus manos una relación bibliográfica de primera.

Y así quién no; gana con holgura los dos primeros premios de un concurso poético sobre la primavera, con publicación posterior en la revista del colegio. La literatura lo va ganando tanto que hasta se hace la «vaca» para irse, no al cine o a palomillar, sino a la Biblioteca Nacional para meterse con el maldito Rimbaud, con el dulce León Felipe, con el enorme Neruda.

Un suceso especial va a dar vuelta de llave necesaria para abrir el cofre total de la poesía: Arturo fungía de repartidor ad honorem de los Cuadernos Trimestrales de Poesía, que editaba su hermano Marco Antonio. Era el tiempo en que leía Letras Peruanas, dirigida por Pucinelli y adquirida por su hermano Óscar, que se metía a San Marcos, siendo escolar, para escuchar a los poetas que emergían en aquella época con real presencia: Washington Delgado, Alberto Escobar, el narrador Carlos Eduardo Zavaleta. Hubo de llevar un ejemplar de Cuadernos... a la casa del poeta José Gálvez, vecino del barrio de Jesús María, donde la familia Corcuera habitaba. Subrepticiamente introdujo un poema suyo dentro de la revista, la entregó al mayordomo y dio media vuelta... A las dos cuadras, el mayordomo lo alcanzó para decirle que José Gálvez quería conocerlo. Ingresó a su casa, estrecho su mano y fue felicitado por el «poeta de la juventud». A los pocos días escribiría en Caretas unas palabras acerca de aquel jovenzuelo de quince años que le hizo llegar de manera tan original su poesía.

Bueno, ya hemos hablado de El grito del hombre, galardonado en los Juegos Florales Universitarios de San Marcos el ’56: «Creo que lo que premió el jurado fue la promesa encontrada en un libro con muchas influencias de los escritores del momento», aclara presto.

En efecto, al lado de Calvo, Naranjo, Razetto, Carmen Luz Bejarano, Pedro Gori, constituyen un grupo que de parricida no tiene ni pizca. Son más bien hijos agradecidos de la anterior generación, contradiciendo todo augurio orteguiano (por supuesto que se habla de Ortega y Gasset). El grupo no lleva un nombre, no edita una revista: «Leíamos los mismos libros, compartíamos los mismos sueños, participábamos de los mismos ideales», señala Arturo Corcuera. Javier Heraud se integra al grupo, y tienen como amigos a Rodolfo Hinostroza, a César Franco, Federico García y a Pedro Morote, ahora en caminos distintos al de la poesía. «La nuestra era una poesía contestataria. Dábamos recitales en el salón de grados, en el salón general de San Marcos y por todos lados. El Centro Federado de Letras publicó mi poemario ganador de los Juegos Florales, además apareció la plaqueta Cantoral, que recogía unas cancioncillas mías. Fui el primero del grupo con obra publicada. Rose, Romualdo, Valcárcel, el Scorza de Las imprecaciones, Delgado... influyen en todos nosotros. Heraud tenía otros influjos: Machado, el Neruda de Odas elementales, fue un lector de Eliot...», acota con nostalgia.

Viene después la «Casa de la Poesía», donde las tertulias literarias son permanentes. Alojan a poetas como Gonzalo Rojas, el chileno que nos visitara hace poco con motivo del Encuentro Latinoamericano de Poesía organizado por la Universidad de Lima, a Alberto Hidalgo, recién retornado de Buenos Aires, quien les ayuda a pagar el alquiler de la casa. No existe poeta que deje de visitarla. Tomás Escajadillo es socio de la aventura. Hasta que muere Javier Heraud y todo termina. Ese año de 1963 Arturo Corcuera obtiene el Premio Nacional de Poesía con Noé delirante, poemario sobre el cual el reputado crítico Alberto Escobar escribió en su Antología de la poesía peruana (Ed. Nuevo Mundo, Lima, 1965): «Es una colección sin par en la poesía última del Perú, a la que, por tanto, no cabe adherir el tono o las resonancias de Vallejo. Si algún antecedente quisiera señalársele, sería menester que remontáramos el mirador a los personajes de José María Eguren, aunque sin otra implicancia que cierta dosis de una atmósfera común, ganada a través de un estilo emparentado por el juego imaginativo y un semejante desdén a lo retórico». La segunda edición de Noé delirante llevó un prólogo de Carlos Bousoño, reciente ganador del Premio príncipe de Asturias, quien lo calificó como «un libro de verdadera poesía». Esa edición fue la de su primera visita a España, cuando hizo amistad y conoció a Aleixandre, Gerardo Diego, Luis Rosales, Blas de Otero. La España que ha visitado tantas veces como poeta. A la que acudió recinetemente, invitado a un recital de inauguración del Ateneo Hispanoamericano, viajando luego por todo el sur de España, hasta llegar a conocer el pueblo donde nació y murió el poeta García Lorca. En abril del ’96 volverá allá, invitado al Encuentro de Poetas en las Islas Canarias. Mientras tanto, prosigue acompañado en su casa de poeta por los clásicos españoles, releyendo a Góngora y Quevedo. Aquella casa que alude en uno de sus cuentos Julio Ramón Ribeyro, y que el narrador tituló El ropero, los viejos y la muerte. La casa a la que el poeta canta en La morada de los duendes: «La huerta y sus racimos,/ el cielo de los pájaros,/ aquella flor que pasa/ (la rosa es esta Rosa / que perfuma la casa). En Santa Inés, morando, entre el cerro y el río. /Duendes, árboles, sueños: el universo mío».

 

 

9. Alberto Ureta: Expresión

lírica, alma y sentimiento

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 38, Jul. / 62)

 

 

Es Alberto Ureta un poeta lírico por excelencia. Su poesía dibuja una tristeza infinita, una delicadeza de espíritu inmensa.

Nació en Lima el día 7 de abril de 1885. Estudió sus cursos primario y secundario en el Colegio San Luis Gonzaga de Ica. Posteriormente se graduó en Filosofía, Derecho y Letras en la Universidad de San Marcos. Fue diplomático en Buenos Aires, Lisboa, Madrid; en esta última ciudad trabó amistad con Gabriela Mistral.

Admirador y amigo de George Duhamel, poeta francés coetáneo, sobre cuya poesía escribe un ensayo. Contemporáneo de Víctor Andrés Belaunde, José Gálvez, Raúl Porras Barrenechea, Óscar Miró Quesada, traba franca amistad con ellos.

En el campo periodístico llegó a ser codirector del Mercurio Peruano, brindando además su colaboración a muchas otras revistas. El doctor Ureta domina varios idiomas, por lo que puede ser catalogado de polígloto.

Entre sus obras podemos nombrar en el campo poético, género lírico, a Rumor de almas, su primera obra (1911), el dolor pensativo (1917), Las tiendas del desierto y Elegías de la cabeza loca, esta última editada en París. Tiene también varios ensayos, así Carlos Augusto Salaverry (Tésis doctoral, Letras, 1918), El Parnaso y el simbolismo (1915), La desolación romántica y Alfredo de Vigny y otros ensayos sobre poesía francesa y corrientes poéticas.

Conversando con Alberto Ureta nos cuenta una anécdota, una historia graciosa y triste a la vez. En Ica, donde residía por ser su padre director del Colegio San Luis Gonzaga, acostumbraba él a pasearse por la Plaza de Armas pues vivía enamorado de sus ficus. Cierta tarde una niña, muy niña aún, y muy bonita, se le acercó para pedirle que le comprara un número de suerte; vio él en la niña algo que lo fascinó y que atribuía a una cualidad especial: eran los ojos extraviados, ella era bizca. Desde ese entonces quedó prendado por completo, puesto que eran los primeros ojos de esa naturaleza que veía en su vida, siendo muy joven aún e inexperto. A ella es a quien dedica sus primeros poemas, dando atribución a este relato de sus primeros pasos dentro de la literatura.

Dice sentir predilección por su primer libro, Rumor de almas. Da a la poesía lírica la categoría del mejor arte que se ha cultivado en el Perú, porque es la más seriamente concebida, cultivada y sentida. De ahí que entre los géneros literarios nuestros es el que ha alcanzado mayor altura, brillo e importancia.

Concibe a la poesía como una expresión íntima, surgida de lo más profundo del alma.

Le solicitamos un mensaje par ala juventud y Alberto Ureta nos dice que hay que ser siempre sinceros consigo mismos; decir lo que sientan, que diciéndolo dirán lo mejor de su espíritu, si en verdad son sinceros, y entonces saldrá algo que merezca quedar, porque es lo más sentido de ellos mismos, lo más elevado y más digno que quedar. Así, si el poeta es sincero consigo mismo, su poesía dirá muchas cosas invalorables.

Para el poeta lo belli, es aquello que encanta por ser bello. Él por su parte cree haber expresado sincera e íntimamente su sentimientos diciéndolos como los pensaba. Rumor de almas es un título sincero porque en ese entonces aleteaban junto a él almas que amaba y sentía a su lado. Asegura no haber sido nunca poeta épico, y si lo fue, lo fue muy malo. Toda su poesía es lírica, bañada por los sentimientos íntimos del alma que los reducía a poesía; ella es su primera y toda su poesía. A este género pertenecen sin excepción todos sus versos; estos han sido la esencia de su vida, todo lo demás no vale nada.

Así les he dado a conocer las inquietudes de su alma pura y débil, de un poeta lleno de dulzura en el corazón, tal como se concibe a un verdadero vate. Este es Alberto Ureta, hoy ya anciano de cuerpo pero joven de corazón.

 

10. Sebastián Salazar Bondy:

1924-1965

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 72, Jul./65)

 

 

Los hombres inteligentes no deberían morir. Los hombres buenos no deberían morir. Y en verdad no mueren. Su muerte es un dolor pasajero que hiere en el cariño, en la amistad. Y Sebastián no ha hecho otra cosa que partir antes. Un 4 de julio de 1965 –señalarán los textos de literatura– dejó de existir. Y el crespón negro cayó de plano sobre todos los que fuimos sus amigos, sus compañeros, sus camaradas.

Ante su féretro estuvimos un domingo. Jóvenes, adultos y ancianos; hombres y mujeres; personajes de todo tinte político; pintores, poetas, escritores, actores, trabajadores, estudiantes, periodistas, admiradores –porque a Salazar Bondy había que admirarlo– se dieron cita en póstuma elegía.

Pero la presencia de la juventud entera fue el más precioso salmo. Los ojos de los jóvenes brillaban aguantando el llanto. Todos fueron sus amigos, sus protegidos. Es que Sebastián supo quererlos. Supo aconsejarlos con su palabra, con sus escritos, con su ejemplo. Y su voz franca encarrilaba las facultades de la muchachada. Era y será su paradigma.

Hablar del poeta, hablar del narrador, hablar del ensayista, del periodista, del intelectual, hablar de ello no cabe en estas líneas. Prefiero hablar del amigo. Y créome con derecho a hablar en nombre de la juventud, porque formo parte de ella.

Me enfrenté un día a su espigada figura, sentada tras un escritorio en las oficinas de Populibros. Fui a hacerle un reportaje que luego criticóme él. Pero entonces empecé a ser su amigo y Sebastián se convirtió en mi consejero. Dejé en sus manos algunos escritos míos que jamás llegó a leer, pues viajó a México y luego a Europa.

Eso me dolió un poco.

Aquel día que fui a entrevistarlo tomamos un café. Me habló sobre la juventud, sobre el papel que le tocaba desempeñar a ésta en el Perú «ahora que nosotros ya hemos cumplido nuestra labor», me dijo, refiriéndose a su generación. Parecía intuir su pronta partida. Sebastián quería «el latín para la izquierda», pedía el saber para los que se rebelan sepan, no ignoren, estudien. Porque él sentía en carne propia los sufrimientos de la clase mayoritaria en el país. Y cuando le pedí un concepto sobre su obra Lima la horrible, enfáticamente señaló: «Es un grito contra el mito colonial, impuesto por la oligarquía que tiene el alma extranjera». Era su manera de pensar.

Después, dentro del oleaje del periodismo, hacia el cual Salazar Bondy me embarcó, juntos sorteamos temporales y él en todo momento me sirvió de guía. Por eso, cuando supe que la muerte lo acechaba no lo creí. Y envuelto en el velo de la bohemia escribí dos poemas de presagio, intuitivos, sabiendo de antemano su partir. Son testigos mi conciencia y el amor hacia ese padre putativo que fue Sebastián.

 

 

11. Juan Gonzalo Rose:

Poeta trotamundos

y bohemio

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 68, Mzo./65)

 

 

Me habían hablado largamente de Juan Gonzalo Rose. Siempre que en alguna reunión me encontraba con escritores y artistas, el nombre de Gonzalo surgía de improviso, y alguna anécdota sobre su persona llenaba nuestra atención. Desde hace mucho tiempo deseaba tener un encuentro con el poeta y preguntarle cosas. Quería descubrir en esa alma inquieta el porqué de esa popularidad de persona poco dada a la disciplina e inclinada al libre albedrío.

Ahora estoy ya con Gonzalo. Es menos alto de lo que pensaba y tal vez un poco mayor de lo que suponía. Se me presenta demasiado serio.

- Nací en Tacna en 1928. Allí estudié mi secundaria. Después, en San Marcos, seguí Letras y Pedagogía. ¿Mis obras? La luz armada (México, 1954); Cantos desde lejos (Lima, 1957); Simple canción (Lima, 1962); y el último, Las comarcas (Lima, 1964). ¿Países que conozco)? Toda Sudamérica menos Paraguay; México; parte de Europa y parte de África.

-¿Más preguntas? Bueno, pregunte lo que quiera.

- Yo me considero autodidacta. A la Universidad faltaba algunos años y luego reingresaba. No, no conozco la realidad universitaria del país.

- Considero que existen dos clases de poesía: la publicada y la que no ha llegado al libro.

- La poesía peruana tienes gran valor como conjunto. Creo que es la más importante del habla castellana.

- Sí, en la poesía nueva se puede también confirmar lo dicho.

La presencia de Heraud, Calvo, A. Cisneros, Rodolfo Hinostroza (inédito) lo certifican.

Esa afirmación se basa en que dada la edad de los poetas nombrados, estos muestran una sorprendente madurez.

Él sigue hablando muy serio y yo preguntando más serio aún.

Me ofrece cigarrillos. Fumamos.

- El poeta está obligado con la sociedad en cuanto a ciudadano, pero no en cuanto poeta. Puede optar libremente por hacer poesía social y llegar a crear una buena poesía en ese terreno. Puede también afiliarse a un partido político, opinar sobre diversos temas, defendiendo la libertad de prensa, por ejemplo, al igual que cualquier otro ciudadano.

- En cuanto a mi estilo, le diré que ha variado constantemente (nos tratamos sin tuteo). Estoy en la etapa de la búsqueda. He transitado de la poesía política a la social, de allí a la amorosa para pasar luego a la narrativa.

Habiéndolo encontrado en la redacción de una joven revista, el Seminario Gestos, el tema de periodismo no se puede eludir.

- Para mí el periodismo es una fuente de trabajo. En algunas oportunidades escribo gratis, cuando me encuentro identificado con órganos progresistas. En el Perú es difícil que en la inmensa mayoría de los casos el periodismo pueda ser veraz. Es que está en manos de quienes detentan los grandes poderes económicos que dominan la prensa.

- Soy completamente partidario de la política en la Universidad. Es preferible un universitario politizado, aunque se equivoque, a un universitario indiferente a los problemas del país.

- ¿Cómo empecé a escribir? Bien, mis primeros libros fueron el resultado directo de la situación peruana, por cuanto en ese entonces vivíamos la dictadura de Odría. Yo estuve desterrado muchos años en México y esto influyó determinantemente en mi poesía.

- En mis últimas obras he tratado de expresar la realidad compleja de América Latina. No únicamente en su aspecto político sino en todos aquellos factores que, a mi modo de ver, constituyen la esencia de lo latinoamericano. Naturalmente este tema sería motivo de muchos libros. Las comarcas vendría a ser uno de ellos.

Seguimos conversando y él se sigue mostrando bastante introvertido. Yo trato de hacerme su amigo. El tiempo pasa y hay que despedirse.

- Si usted quiere le pide una foto mía a Domínguez -me dice  como despedida. Me retiro pensando: “Tal vez lo haya encontrado preocupado, es distinto a lo que dicen de él”.

 

12. Con Gustavo Valcárcel partió toda una época

(Diario Gestión, 7/5/92)

Nacido en Arequipa el 17 de diciembre de 1921, Gustavo Valcárcel Velasco murió el pasado domingo 3 de mayo de 1992, tomado de la mano de su eterno amor, Violeta Valcárcel Hocke, su plectro, su numen, su permanente inspiración. Pero, sobre todo, su leal compañera de siempre: «Diez años, camarada, esposa mía / yacen con amor / al pie de nuestras vidas», le escribió en el poema XIII» de poemas del destierro, publicados en México por Ediciones América Nueva en 1956.

En el poemario antes mencionado figura su hermosísima «Carta a Violeta» que empieza con estos célebres versos: «Te escribo desde tu propio hogar /ciudad de México, 19 de noviembre, /enfermo como estoy en nuestra cama vieja / sintiendo despeñárseme la sangre / en pos de ti, río inacabable». Y en efecto, con Violeta el río se ha hecho inacabable, pues de los cuatro hijos que procrearon en su feliz y sufrido amor, Gustavo, Marcel, Javier y Rosina, esta última es una poeta de reconocida valía, manteniéndose dentro de la comprometida línea de su padre, con los sufridos, con los desposeídos, con los explotados, con los olvidados. Además, la pequeña Odete, estudiante de letras, hija primera de rosina, es también poeta en cierne. El río no se acaba...

El salón de Grados de la vieja Casona de San Marcos sirvió de marco para la ceremonia de despedida que le otorgaron sus familiares, amigos, compañeros de partido y todos quienes de una manera u otra amaron al poeta. Militante comunista de la vieja guardia, Gustavo fue en un principio aprista, por lo cual sufriera encarcelamiento, el que le serviría para elaborar su única novela titulada justamente La prisión, escrita con coraje y compromiso. Con Confín del tiempo y de la rosa obtuvo su más alto galardón literario, el Premio Nacional de Poesía José Santos Chocano, en 1948, haciendo gala de una fina lírica. Más adelante su palabra toma una mayor vigor e intencionalidad crítica, pero sin perder su característica ternura y despliegue metafórico. Aparte de diversos ensayos, Gustavo Valcárcel llegó a publicar 12 poemarios y hasta antes de su muerte ejerció con unción y depurado estilo su otra otra pasión, el periodismo, habiendo fundado en el Perú la revista Panorama Internacional así como también abrió una filial de la agencia soviética Novosti.

La ceremonia de despedida de la vieja casona sanmarquina del Parque Universitario, quizá clausuró una etapa y hasta una época. Habló Jorge del Prado, el secretario general del supérstite Partido Comunista Peruano que tuviera como medio de expresión al semanario Unidad, el secretario general del CGTP, el escritor Manuel de Priego, el vicepresidente del Colegio de Periodistas del Perú, Laureano Camero Checa, el poeta Winston Orrillo como profesor sanmarquino, un familiar y el poeta cusqueño Ángel Avendaño. Cerrando la ceremonia los asistentes cantaron La Internacional, algunos con el puño en alto, a la vieja usanza, y terminaron con las palmadas revolucionarias que tantas veces antaño hicieran retumbar esos claustros universitarios. No en vano Gustavo Valcárcel fue indeclinable militante durante largos 38 años. «Se cancela, con su vida, no una biografía, sino una etapa. La de la poesía que acompañaba, junto con la de Juan Gonzalo Rose, los mítines. Esa etapa con su liturgia se nos acabó», dijo De Priego esa tarde. No le faltaba razón. Así como la nota de esperanza la puso Avendaño al sentenciar: «Nosotros nos iremos, Gustavo Valcárcel volverá con su canto. El volvió a colocar a la mujer sobre la tierra: hizo de la canción amorosa una nueva forma de hacer poesía revolucionaria».

No le faltaba razón. En ¡Pido la palabra! Gustavo escribió un poema: «Sentado, al borde de la cama», que sintetiza esa verdad axiomática:

«Ven, acuéstate a solas con mi rostro,/ antes de que yo pase/ mis largas vacaciones bajo tierra».

Sus restos fueron incinerados y sus cenizas amanecieron ayer mezcladas con el rocío que se posaba en las flores de los jardines de la vieja casona, donde fueron esparcidas.

 

13. Con Antenor Samaniego: Poeta, novelista, ensayista y pedagogo

(Revista Horizontes Universitarios, Nº 37, Jul./62)

 

Es a un poeta a quien toca ocupar ahora nuestras columnas: Antenor Samaniego, catedrático de las universidades de San Marcos y Católica, profesor del Colegio Militar Leoncio Prado y premiado por sus poemas Canto a Castilla (Revista Fanal) y Elegía a la partida de Eguren (Sec. Amigos de Cervantes), y por su ensayo sobre César Vallejo y su poesía (Ministerio de Educación).

Cuenta entre su bibliografía con obras de poesía: Cántaro, el país inefable, Yaraví, Oración y blasfemia, La odisea de Angamos y Rumor de la palabra desgarrada; teatro: El hechizo y La mercenaria; ensayo: César Vallejo, su poesía; novela: Del barro nació la luz, y didáctica: Historia y literatura y Lengua y literatura.

Piensa del Perú, como material poético, en un país próvido de magníficas situaciones: así considera que su historia y geografía constituyen ricas y preciosas canteras poéticas.

Como pedagogo, concibe que nuestra pedagogía, igual que la política, está muy bastardeada: improvisaciones, malaventuras, componendas, burocracia, círculos cerrados. En este aspecto, dice nuestro entrevistado, faltan estudios, investigaciones y libros. La centralización es también otra causa de la crisis. Lo mismo que la desigualdad económica.

Respecto al estado actual de nuestra expresión artística, opina Samaniego que sigue siendo un apéndice de las artes europeas. Hay ausencia de movimientos auténticos mas así una especie de mimestismo. Ciro Alegría, López Albújar, J. M. Arguedas y Mario Florián, merecen respeto como nativistas de nuestras letras. En las artes plásticas hay mucha diversificación en las tendencias, pero se puede considerar que desde Sabogal hasta Núñez Ureta hay vertebración indígena. Szyszlo y Dávila Tienen algunos atisbos y nada más. Por otra parte, nuestro público puede catalogarse como iletrado a causa del pauperismo económico, que permite la adquisición de uno que otro periódico y alguna revista de vez en cuando. Un poemario de una edición de mil ejemplares, que se logre agotar en un año, puede considerarse un éxito, mientras en EE. UU. o Francia alcanzan normalmente cien mil ejemplares, dice contrariado.

Para finalizar nos da un mensaje para el estudiantado universitario. En él pide a éste trate de desinvidualizarse, pues todo individualismo mal encaminado deriva en el egoísmo que ensoberbece al individuo y lo corrompe.

Por eso, debido a nuestra educación eminentemente individualista, nuestros dirigentes no aspiran sino al poder y la opulencia, tratando que sobre unos pocos giren las demás gentes. Por esta vía nunca se llega a la democracia sino a la dictadura. El joven universitario no debe solamente estudiar para obtener un título o un cargo. Que tras el cartón o puesto público no piense en el gran señor que será mañana o en el lucro, sino en el bien que debe irradiar a sus semejantes. ¿De qué sirve el bien de uno si mayor es el mal de otro? Sólo el bien universal –lo cree así– brinda la felicidad que aspira el espíritu.

 

 

14. Poetisa y periodista

Blanca Varela:

Representante de la

intelectualidad femenina

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 64, Oct./64)

 

Siempre hemos tratado de entrevistar para esta columna a los personajes más destacaos de la intelectualidad peruana. Pero releyendo los pasados reportajes nos encontramos con la sorpresa de que solamente varones han sido los escogidos. Y no podemos perdonarnos el hecho de que los representantes femeninos de nuestro intelectualidad hayan quedado relegados.

Así que prontamente buscamos a alguna destacada dama que con su arte e inteligencia esté cumpliendo con dar representatividad a su sexo dentro de un campo tan difícil como es el de la poesía.

Inmediatamente el nombre de Blanca Varela asoma a nuestra memoria y pronto estamos con ella entablando amena conversación.

Blanca es una poetisa limeña sencilla y amable. Madre de dos hijos en su matrimonio, que fue contraído hace 15 años con el pintor Szyszlo; los dos hijos son varones.

«Si ellos fueran pintores quisiera que fueran mejores que su padre, que es un buen pintor» –responde a una pregunta nuestra «Si fueran poetas no habría problema, porque seguramente serían mejores que su madre» –afirma con un gesto que demuestra su sencillez.

En lo referente a ala política dentro de la Universidad la poetisa Varela declara: «A pesar de que creo que la Universidad es un centro de estudio, de cultura, las condiciones especiales de nuestro país como subdesarrollado permiten y hasta justifican que un estudiante se sienta comprometido con los problemas que no son estrictamente de su profesión.

«Como los valores están en revisión, la Universidad no tiene un normal comportamiento. Siendo los estudiantes los poseedores de una mayor cultura, es indudable que ellos pueden sentir con mayor profundidad los problemas nacionales».

Blanca Varela cursó estudios de Letras en la vieja casa sanmarquina. Ella conoce el espíritu de los estudiantes y sus inquietudes, porque también fue uno de ellos.

Ahora hablamos de Javier Heraud, porque hablar de poesía en los momentos actuales es traer a la memoria la figura del asesinado autor de El río y El viaje.

«En Heraud sólo se piensa como poeta, es la primera idea que surge.

«Su imagen de mártir es de circunstancias. El absurdo en este caso es que de haber sido diferente la situación, Heraud aún viviría.

«Esa rebelión de Javier en su poesía se refiere más al orden metafísico que a lo material. Pero nuestro llorado poeta vivía al mismo tiempo la realidad inmediata que todos vivimos. Él quiso encontrar soluciones para esa realidad. Pero su verdadera solución está en su poesía» –concluyen sus apreciaciones sobre lo que fue y lo que representa Heraud para el Perú.

La brillante escritora nos comunica, prosiguiendo nuestra conversación, que en su concepto la mujer dentro de la poesía y la política nacionales nunca ha tenido una actividad tradicional; es decir, ella piensa que en ambas ramas puede la mujer tener las mismas posibilidades que el varón.

Aparte de poetisa, nuestra entrevistada es una buena periodista. Indagamos de inmediato, cuál es su pensamiento sobre el periodismo nacional, a lo que responde con énfasis:

«El periodismo peruano está equivocado, no obstante haber buenos periodistas en nuestro medio. Esto también se refiere a nuestras condiciones particulares: en un país subdesarrollado el periodista debe ser más responsable que en ninguna parte» –argumenta Blanca, concluyendo esta entrevista.

 

 

15. Poetisa que canta

a la madre:

Gabriela Briceño

(Diario Gestión, 7/5/94)

 

En la poesía peruana el canto a la madre por parte de destacados vates no ha sido extraño. Empezando por César Vallejo en aquella estrofa de «Los pasos lejanos», poema de Los heraldos negros, donde rememora a la autora de sus días: «Y mi madre pasea allá en los huertos,/ saboreando un sabor ya sin sabor./ Está ahora tan suave,/ tan ala, tan salida, tan amor» ¡Qué ternura, Dios mío! En Trilce, llegando a lo excelso, en el poema XVIII la llama «Amorosa llavera de innumerables llaves,\ si estuvieras aquí, si vieras hasta/ qué hora son cuatro estas paredes./ Contra ellas seríamos contigo, los dos,/ más dos que nunca. Y ni llorara,/ di, libertadora!”; César está en prisión y su madre ausente, a la que dirá en el poema XXIII: «Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos/ pura yema infantil innumerable, madre».

Interpretaremos tahona estuosa como horno caliente de donde salieran también sus queridos hermanos (bizcochos de pura yema).

Carlos Oquendo de Amat, poeta inmortal de un sólo libro, publicado cuando recién cumplía los veinte años bajo el título de 5 metros de poemas, dedica uno a la «Madre», diciéndole: «tu nombre viene lento como las músicas humildes/ y de tus manos vuelan palomas blancas». Dulzura extrema para aquélla ante quien «... callan las rosas y la canción.» Abraham Valdelomar, para terminar esta enumeración de grandes vates peruanos cantando a su madre, en «Tristitia» exprésase sobre ella, en la segunda estrofa del poema, al cantar: «Dábame el mar la nota de su melancolía,/ el cielo la serena quietud de su belleza, los besos de mi madre una dulce alegría...»; aunque contradictoriamente termine con estos dos versos: «mi padre era callado y mi madre era triste/ y la alegría nadie me la supo enseñar.»

Entre las poetisas, o poetas mujeres, como quieran llamarse, ha sido preciso reencontrarme con una siempre amiga, por la cual guardo una amistad añejada y sentida, para sentir a la madre en la poeta.

Se trata de Graciela Briceño, iniciada en la poesía en 1959 con Poemas de mi edad, cuando contaba con apenas veinte años, para entregarnos cinco años después su segundo libro prologado merecidamente por Juana de Ibarbourou: Fraternidad del canto (Madrid, 1964). En la creación poética de Graciela se presenta una hermosa dualidad: el canto a la madre hecho por la hija y el canto de la madre hecho a los hijos. Esto, aparte de los méritos diversos de su poesía, expresados en su último libro por palabras escritas a cargo de Washington Delgado («la menuda semilla, plantada con entusiasmo primaveral allá por 1959, se ha convertido en un árbol firme y lozano»), Manuel Pantigoso («asedio de una íntima y profunda candorosidad... con la figura del padre dado a sus largos suspiros... y la de la madre de silueta dolorida y ausente») y de Augusto Tamayo («¿De qué país remoto ha heredado esta muchacha la claridad, y la fe, y el amor de las cosas?»).

«Mi madre en su huerta/ de naranjos/ destapando azahares/ nuevos», rememora en El río y yo al recordar su infancia. «Mi madre/ con los apios/ entre las manos/ es un río sonoro/ que escapa/ con zapatos de charol\ por la madrugada», expresa en «Mi madre», valiéndose de figuras propias de su tierra natal, Huánuco, donde transcurriera su infancia. Infancia a la que atisba ya madre mientras «los tres niños duermen:\ bajo cantáridas/ de gasa,/ mientras el envejecimiento apellido/ de estas taciturnas vasijas/ sobrepasa.../ Los tres niños duermen:/ Yo como zampoña/ reconozco mi derecho/ al insobornable canto», manifiesta en “Los tres niños duermen», poema maternal donde conjuga este deber de mujer con su derecho al canto.

«¡Puras albóndigas!/ –se enfada la poeta: NR.– migajas/ de Epulón/ pidiendo,/ lleno mi alero/ de cuentas/ por pagar,/ los hijos/ con ojos asustados/ a los números/ que se multiplican/ por doquier,/ quieren restar/ las hojas/ que de mal grado/ el otoño/ nos amontona/ desganado.» rotundo poema éste el titulado: «Tropezando desesperadamente escrito por la poeta estando: «Hecha un nudo/ de la garganta/ a los pies/ con la carga diaria/ sobre los desgajados/ hombros,/ tropezando/ entre objetos/ ruines/ y pantalones/ grises/ desesperadamente/ como el que/ trastabilla/ y se apoya/ en silla coja...» Presidenta del Centro Peruano de Escritores, Graciela representa una de las más tiernas voces poéticas peruanas.

 

16. Demetrio Quiroz Malca:

Un poeta de alma

franca y rebelde

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 75, Ene./65)

 

Un espejo bigote monta sobre los labios de Demetrio Quiroz Malca. Su mirada es vivaz y cuando habla su voz adquiere la tonalidad de quien relata. Este poeta cajamarquino trata de enviar al mundo un mensaje de amor mediante su intermitente producción, que se inició en 1946 con Mármoles y vuelos, obra con la que obtuvo el primer premio en un concurso promovido por la Facultad de Letras de la Universidad de San marcos; le siguen Tierra partida (1948); Agonía del amor (1951), ganadora de Menciones honrosas del Premio Nacional de Poesía; Poesía (1956), que contiene varios poemarios, entre ellos la obra laureada con el Premio Nacional de Poesía de 1955: La palabra sencilla; Hacia la ternura (Prosa, 1957); Ventana al cielo (1958); Poemas del ángel (1962); y por último Judas (1965). América, tierra de todos y Diario del tiempo son sus dos obras próximas a publicar.

De pequeña estatura, el poeta es un hombre sencillo que pide comprensión a la humanidad, ternura. Es que considera que siendo ésta una época clamorosa por la que atravesamos hay que hacer un constante llamado a la paz de los pueblos.

Él es también un profesor de secundaria y amante padre de varios hijos, uno de los cuales escribe versos desde los siete años.

Pronto, entre en el vaivén de nuestra conversación surgen los temas de actualidad; así llegamos al punto de que si el estudiante universitario debe participar o no de la vida nacional. Demetrio opina que sí, debido a su energía y virilidad, pues una vez que se convierte en un ciudadano lleno de deberes y obligaciones, las pasiones se aquietan. Considera que es menester que ellos, los universitarios, con su mayor pureza libres de intereses y componendas, hablen sobre el hambre del pueblo y otros problemas.

–Yo conocí a grandes políticos universitarios, auténticos –rememora disimulando un dejo de nostalgia–; pero luego al plegarse a determinados grupos políticos defendían ya no la justicia sino una falsa bandera.

 

Pena de muerte y autonomía universitaria

 

–No he tenido oportunidad de firmar un documento que determine mi absoluta disconformidad contra esa insensible «pena de muerte»– dice tajante al referirse a la nefasta ley dada últimamente por el Gobierno–. Hay que considerar la situación en que viven nuestros indígenas: piden y no les dan. Los intereses políticos malogran las buenas intenciones, como en el caso de la Reforma Agraria. Pero alguna vez alguién tendrá que dirigir la reforma y saldrá airoso. Lastimosamente algunas facciones pertenecientes a grupos renovadores se han plegado a quienes por intereses o por compromisos, defienden esa infausta ley. Personas como Mejía Baca, circunspecto y reflexivo la generalidad de las veces, han tildado enfáticamente de «una canallada» la condena de pena de muerte a las ideas.

En lo que se refiere al atentado contra la autonomía universitaria, que valientemente rechazó el rector de la Universidad de Ingeniería, Mario Samamé Boggio, cabría añadir esta pregunta –nos dice Demetrio con acento seguro–: siendo la juventud universitaria dueña de una ideología propia de su años y de una conciencia cívica esplendorosa, ¿por qué otras entidades tienen que entrometerse? Si el estudiante se rebela no es porque lo estén engañando; la verdad es que la cosa no marcha bien.

Lo que sí es necesario es el buscar darle un sentido exacto a las universidades, a las entidades culturales, para que el estudio y el trabajo tomen un verdadero sentido –a medida que intimamos Malca me parece más sincero–. Existen una serie de mentirillas creadas para esconder los defectos de nuestra sociedad. Pero el valor de los jóvenes jamás les será arrebatado con amenazas. La juventud espera y busca sólo la verdad.

Luego tratamos del espíritu mediocre que domina al pueblo peruano. Condenamos la mediatización en que cae el hombre que egresa de la universidad cuando tiene que buscar «una manera de vivir», cuando la realidad los desengaña y la lucha los agota. Me da la impresión de ver a un Demetrio Quiroz Malca lleno de inquietudes y de ideales y que ahora, en autoconfesión, expresa «si el ambiente fuera diferente el hombre no cambiaría al dejar los claustros».

 

El periodismo nacional

 

Habiéndose promulgado recientemente la Ley de Profesionalización del Periodista en el Perú, este tema no podía ser eludido.

Quiroz Malca considera que el periodista tiene como funciones principales las de orientar y dirigir a la opinión pública, ya que el periodismo es tal vez el medio más moderno y efectivo que orienta al espíritu de las gentes. En cuanto a la ley obtenida la calificó de «magnífica, aunque no cabal». Y es que los culpables, según su concepto, son las empresas periodísticas, que no se ciñen a las reglas que toda entidad informativa debe respetar. Así por ejemplo, señaló la rimbombancia que se le da a ciertas noticias que rayan practicamente en la falsedad una vez que son infladas. La moralización de la prensa nacional es otra necesidad imperante para llegar ala verdad. Concluyendo nos declara que muchas veces los intereses creados pueden más que la verdad y que «sólo la formación profesional y la superación espiritual deberían ser las bases del periodismo».

– Imagínese que siendo estudiante en San Marcos, seguía los estudios de letras y a la vez los de medicina, abandonando estos últimos por que cierto día, cuando nos llevaron por primera vez a la Morgue, me encontré con que los estudiantes de años más avanzados, tal vez con el fin de impresionarnos, realizaban bromas de pésimo gusto con el cadáver de una hermosa joven. Había entre ellos hombres y mujeres.

En este último sencillo relato se muestra el alma franca y humana del poeta, su respeto por los valores de la vida y por la muerte. Su indignación ante la injusticia y su rebeldía frente a ella.

 

 

17. Personalidad polifacética:

Cecilia Bustamante.

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 65, Ene./65)

 

«Amo el signo que pusimos

sobre nuestro deseo,

y se transformó sin revelarse.

Amo los caminos abandonados

antes del cansancio,

‘amo la ciudad que habitas

la herida que nos hicimos.

Amo todo lo tuyo que me queda

y todo lo mío que te identifica».

 

Son los versos luminosos de Cecilia Bustamante contenidos en su libro Altas hojas. Confieso que no conocía personalmente a esta poetisa de cabellos color champaña y ojos de cielo. Sólo sabía de su existencia a través de la crítica y de algunos de sus poemas que por casualidad desfilaron por mis ojos, como bandadas de palomas, en busca de un alma donde posarse.

Pero he ido donde ella y ya la tengo al frente: Menuda, conversadora, franca, rodeada de apeles tras su amplio escritorio.

El diálogo comienza fácil. Me informa que nació en Lima, de padres arequipeños, hace alrededor de tres décadas.

Pronto descubro su polifacética personalidad, devenida de una constante actividad al servicio del arte, llámese éste poesía, dibujo, periodismo, ballet.

Me muestra unos recortes periodísticos: son del diario de la cadena Lee Hills del Tío Sam, donde se ve que se han ocupado extensamente de ella, por lo cual le han llegado muchas cartas en las que le piden que traduzca su poesía al inglés.

A la fecha ha escrito siete libros. Seis de los cuales fueron editados conjuntamente en un volumen, en 1966, por el sello Flora. Su nombre: Poesía. Los títulos que contiene esta obra son: Aquí es la tierra (primera mención honrosa del Premio Nacional José Santos Chocano, 1956), Altas hojas, El viaje del poeta, Símbolos del corazón, Heredad del amor y El retorno.

Poesía tiene prólogo de Arturo Salazar Larraín. En él dice «Libro de madurez y de conciencia», porque está escrito en «...actitud de poesía». En otra parte expresa: »...Cecilia Bustamante no puede renunciar a su mundo de imaginería femenina... Pero al mismo tiempo afronta la realidad de su tiempo, la manera brutal cómo el hombre está ingresando a un umbral y frente al cual las palabras poéticas parecían, en nuestro país, haber quedado atrás».

Afirma que el próximo mes publicará un nuevo libro, llevará el nombre de Diversos poemas de la vida. Será impreso por P.L. Villanueva S. A. Leo el original y le aventuro una crítica que quizás resulte apresurada. Le digo: «Tiene cierta reminiscencia de la poesía de Saint-John Perse, Premio Nobel». Ríe complacida y responde: «Ojalá... Ojalá...».

La sensibilidad poética y el gusto por el arte llegó a Cecilia por intermedio de la herencia y el medio en que vivió desde pequeña. Siempre estuvo rodeada de intelectuales y gente que tuvo que ver con la creación artística. José María Arguedas es su tío político. Declara que desciende de Flora Tristán por línea materna y de Alfonso Ugarte por línea paterna.

Como Gauguin, de la rama de Flora Tristán, ella también es amante del arte pictórico. Hoy es profesora de dibujo desde que se graduó hace cuatro años en la Escuela de Bellas Artes de Lima, donde actualmente sigue estudios de pintura.

«Siempre me creí pintora –manifiesta–, pero como la pintura y los estudios de ésta eran económicamente costosos y largos, me dediqué a escribir».

También es traductora de español-inglés. En este aspecto es fundadora de la Asociación Peruana de Intérpretes y Traductores (APIT). En la actualidad traduce el poemario Miscelánea del celebrado autor británico Dylan Thomas.

Me recuerda que también es periodista. Promete que pronto reiniciará su columna de teatro en la Prensa. Ha sido editorialista y Jefe de la Página de Arte y Letras de La Tribuna, donde le tocó trabajar al lado de Manuel Seoane y Antenor Orrego. La Crónica y Cultura Peruana también la tuvieron en su seno como redactora y Última Hora, el año 1956, en calidad de publicista. Como muchos escritores, también tuvo que escoger un seudónimo: Anita Kipp, y fue al azar.

Hace memoria que ganó el año 1962 un premio sobre Seguridad Escolar, entre ochocientos concurrentes y que por su colaboración en pasarle en limpio al Dr. Jorge Basadre parte de los originales de su monumental obra Historia General de la República, mereció ser citada en el prólogo de la misma.

Sostiene que la presente generación de poetas le parece un grupo más sólido porque posee o está en vías de poseer una mejor preparación universitaria, más acabada que los de antes. No cree necesaria, en nuestro tiempo, la poesía social. Estima que ésta debió hacerla la generación del ‘55. A la que pertenece. Subraya que “lo positivo de los poetas actuales es que viven su época, están despiertos...»

Admira a Javier Heraud, el profético autor de El río. Luego piensa rápidamente y en forma tajante dice: «La política no puede continuar inmiscuida dentro del arte».

Tampoco gusta de la bohemia actual, que es para ella una especie de antibohemia, no comparable a la que vivieron los artistas e intelectuales de años atrás.

Considera como plumas sobresalientes dentro de los poetas nuevos a Julio Ortega, ganador de los últimos Juegos Florales en la Universidad Católica. Completan su apreciación Luis Enrique Tord y Antonio Cisneros.

Ella a pesar que ha leído mucho a los poetas europeos, prefiere al romántico Rubén Darío.

De los poetas peruanos desaparecidos cree son pilares de nuestro arte poético a la trilogía (bastante citada ya) de César Vallejo. José María Eguren y, en menor grado, a José Santos Chocano.

De los antiguos que aún viven tiene especiales palabras de alabanza para Martín Adán.

La entrevista ya llega a su fin. El fuerte sol estival se va apagando.

Finalmente le pregunto:

–¿Qué opina Ud. de su poesía?

–Más bien –responde– yo diría qué persigue ella de mí. Qué persigue... Porque a veces me siento contenta con lo que he escrito ya los pocos días me siento descontenta...

Sus palabras toman el tono de una confidencia que toca en la médula de su ser. Agrega:

–Es como un amor imposible. Mi poesía es mi vida... Por mi poesía he renunciado a muchas cosas...

 

18. César Lévano:

Los frutos poéticos de

un árbol de batallas

(Revista Nueva, N° 8, Nov./70)

 

Corría el año 1965 y u grupo de amigos nos reunimos una noche en una casa de La Florida, en el barrio del Rímac. Recuerdo entre otros a los compositores Pablo Casas y Manuel Acosta Ojeda, a los cineastas César Villanueva y el «chino” Nishiyama. Estábamos, también, el autor de esta nota y el entonces sólo periodista, César Lévano. Esa noche de 1965 nació, para muchos de nosotros, para el Perú, un nuevo poeta: el mismo César Lévano, que por primera vez sacaba de sus arcanos un grueso bloque de papeles, de donde nos fue leyendo parte de los versos que vendrían a conformar Tono peregrino, su primer poemario.

«A los músicos del pueblo,/ a los músicos de los pueblos» reza la dedicatoria, que no queda sólo en tal. La poesía de Lévano está llena de musicalidad. Es casi un trinar, hasta en lo más rudo de su poesía. («Los locos que duermen –calatos– en el suelo/ prefieren, no sé por qué, los barrios pobres». Laurel deportivo. Árbol de batallas). En rapsodia de Este & Oeste se ve esto con nitidez: Canciones que quisiera olvidar./ «La luz se hizo sombra y nació el indio»/ Canción que hoy quisiera olvidar. Danzante fuego./ «Un día, la mano extendida y suplicante de mi pueblo...»/ «Regresará del suelo todo el llanto». El primer verso entre comillas pertenece a una canción de Alicia Maguiña y los otros dos son de canciones-protesta de Manuel Acosta Ojeda.

–¿Cómo entierran, papá, a los muertos en la Sierra?

–Como manda la ley del hombre. ¡Con música, con música!

 

El horror al vacío...

 

«Aquí y sólo ahora/ el horror al vacío». Dice Lévano en Trémulo trémulo. Y leyendo nos acordamos del silencio en que se ha querido encerrar a este poeta nuestro por no entrar al cenáculo, por preferir cantar con voz de pueblo. Tono peregrino y Este & Oeste siguieron a esa noche de 1965; sendos poemarios que fueron acogidos por el más rotundo silencio en la prensa capitalina, de las páginas elíticas de los críticos de turno. Hasta los mismos amigos que rodeaban al periodista y crítico César Lévano, que recibieron en ese entonces los libros de mis propias manos, callaron... «Ciudad sin vegetales,/ sin jazmines, sin hojas, con JIJUNAS», (Trémulo trémulo).

 

Árbol de batallas

 

...pero no está dirigido especialmente a los «susodichos» la poesía de C. L. Su calidad de hombre no entra en esos juegos. Es la juventud, los niños, las futuras generaciones las que laten en su palabra: «La procesión se iba por dentro./Los jóvenes veían, sentían,/ pensando,/ haciendo./ Preparaban un mar». Pero también es «el espanto del indio, el crisol de las danzas,/ la noche solitaria de los niños,/ la masacre de los trabajadores./ La risa en la cadera de los negros,/ la procesión de las abandonadas», es decir todo lo que atañe a esta sociedad donde «todo lo hemos humedecido de tristeza».

Esto es Árbol de batallas, el libro premiado por el Concurso de Poesía César Vallejo a que convocaran los empleados de la Biblioteca Nacional. Árbol de excelentes frutos poéticos, que muchas veces parten del dicho popular:

«Ni risa ni limonada. Nada» ...«Unos van con su música a la fiesta... Otros se pulen para hablar% de alienación y misterios de París. Son exquisitos/ a la últimas moda/ ... para calmar la duda que tormentosa crece». Y se retorna nuevamente a la canción popular (Nuevo Epitafio - Árbol).

La lírica da rienda suelta a sus mejores cantos en «Escrito en el sepulcro de un gran lobo de mar», poema maravilloso: «El lobo de mar amaneció en la isla/ muerto. Su/ miembro viril/ como una proa o un clavel, vale decir/ como el coraje de mi padre». Lírica corajuda, que sabe rendir culto a la quedada «pura estrella de sangre en el cielo de sal;/ tras una gran batalla, tras/ haberlo dado/ todo». A la heredada «pura estrella de sangre», porque «...hay que aprender, hay que aprender la letra con sangre entra». (Marcha fúnebre a Javier Heraud - Tono peregrino).

No hay duda, César Lévano ya ha ingresado al ralo pero fecundo bosque de la poesía peruana con voz propia. Desde Tono peregrino se traduce este su lenguaje cuando denuncia: «No seremos felices mientras haya/ un niño que camina seis leguas descalzo/ y luego toma asiento en una piedra/ (no fabrico metáforas)/ en su escuela sin techo». (Granito de arena). Y prosigue redoblando sus sones poéticos: en Este & Oeste se le oye gritar «Lágrimas no; disparos./ Sierra,/ maestra de los pobres, líbralos de todo mal./ Selva de sombras, acógeles ahora» (La paz y la guerra). Y llega a Árbol de batallas el César Lévano poeta de cinco años después de esa reunión de amigos, levantándose para cantar un himno de emocionantes notas, vislumbrando en su poesía que «Se armarán/ de coraje vencerán, venceremos, cantarán, será otro tipo./ Cada día creo más en los jóvenes y en los niños». Así sea.

 

 

19. Conversatorio

coyuntural con

«Chacho» Martínez

(Suceso, suplemento dominical,

N° 552. Diario Correo, 23/7/78)

 

«La vida es la única realidad azul que nos cautiva.

Y la tierra es hermosa, blanca, cuando la vida canta en su aire puro»

 

Este es un verso que forma parte de una de las cinco estrofas y coro final del Poema Coyuntural N° 2 de Cesáreo Martínez (ojo con el acento del nombre, tipógrafos, que no es falsario), de segundo apellido Sánchez, místicamente arequipeño del cuarenticinco –de fines de guerra–, que hace una punta de años que estudia letras en San Marcos y que le gusta vivir «suelto como los burros», del modo –según dice él mismo, con quien conversamos esto que vas a leer como entrevista– que le gustaría vivir a Gregorio Martínez, sobre quien prepara Chacho (que así conócese a Cesáreo entre el diletantismo literario limeño), o mejor dicho sobre cuya novela Canto de sirena, está haciendo su tesis este poeta, sin que medie parentesco entre ambos escritores Martínez para que se de tal tesis (cuestión de talla, de estructura ósea y de esa interrogante burguesa que todavía se encubre con aquello de «color de piel» que aparece en la electoral que usáramos el otro día y que antes rezaba a secas: raza).

Pero pasemos mejor, luego de habernos asombrado con una tercera lectura de Poema coyuntural N° 8 (¿el Gonzalo Rose de sus primeras épocas?, ¿León Felipe algún otro de los vates de la guerra civil española de los años treinta?) y de saber que aparte de recomendar resueltamente su lectura a todo el mundo, ni críticas ni aproximaciones caben por ahora; deslumbrados como nos encontramos; pasemos a ver qué nos parla el autor, mientras en sueco e inglés ya se lee y discute su reciente obra, sin tener en cuenta la plaqueta Migraciones con que se estrenara en 1974 a través de las ediciones Gárgola...

«Migraciones fue una poesía conceptual, luego han salido algunos poemas sueltos en revistas y periódicos y ahora con el Poema coyuntural N° 2, que aparte de en los idiomas antes mencionados ya se rumorea una traducción al francés. Estoy trabajando en Miseria de la economía peruana, poemario dentro de la estructura del infierno de Dante, que saldrá con prólogo de José Rejas, un economista amigo mío; refleja la realidad socioeconómica peruana, inserta en el contexto de la crisis del capitalismo. Su estructura se da en tres círculos para cada una de las clases sociales de nuestro país: burguesía, clase media y pueblo; dentro de esta tercera clase se distinguen al proletariado, al campesino y a las capas más bajas de la sociedad... los círculos concéntricos y todo eso».

(Pero Chacho ha sido un poeta más bien marginal; preguntamos cómo se da el salto a poeta comprometido, etc.).

«De ser un poeta iluminado por la poesía maldita, mi desarrollo ideológico ha hecho que me identifique con las clases explotadas, de lo que data esta poesía coyuntural. Nace así Carta a Izkra, pequeña camarada de 5 años. La poesía coyuntural es una poesía de circunstancia que refleja un estadio de la lucha de clases desde la perspectiva del proletariado».

‑(ha habido una pregunta sobre si es que la creación inmediatista, de circunstancias, no revienta con la superación y olvido de tales. Ahora queremos saber el porqué de esa identificación con el obrero...).

«No he sido nunca obrero. Concibo la identificación con una clase porque nada es ajeno a la poesía. Se puede escribir sobre cualquier ámbito de la vida humana».

(¿Y esos andares por el mundo del lumpen, por los lugares marginales, al lado de Juan Ojeda?).

«Con Juan Ojeda logramos proyecta la mirada crítica de nuestro tiempo y cristalizar una información de los males sociales y el gozo de la vida que legamos a los lectores del futuro.

«Ojeda es para mí un símbolo de una auténtica unidad al talento. Es además, probablemente, el último poeta vidente, el poeta poseso. Digo esto, porque el poeta del futuro, considero, es el poeta coyuntural».

(A ver, eso de poesía coyuntural...).

«En todos los tiempos, la gran poesía y el gran arte han sido los que se han amparado en su pueblo. La poesía coyuntural tiene que armarse a partir del pueblo y las grandes mayorías. Su historicidad está dada por su carácter testimonial de una época».

(¿Influencias?).

«En mi poesía utilizo todos los logros encontrados por poetas anteriores. Pensaría en Brecht, en la poesía norteamericana y, sobre todo, en mi deseo de trascender auténticamente. Pienso que el poeta de nuestros días debe utilizar todos los hallazgos que en materia de arte y ciencia nos ofrece Occidente, sin perder la mirada al rico mundo mítico andino unido al «haylli» o canto popular de los andes, que son la nutricia de nuestra realidad. Aquí la poesía indigenista se ubicaría como la precursora más lúcida del poema coyuntural».

(Entonces, no hay otros aportes...).

«Reconozco el aporte maravilloso de la generación del 60; Cisneros, Martos, Hinostroza y esos dos monstruos que son Juan Ojeda y Lucho Hernández. En cuanto a Hora Zero, ha sido un intento de recoger el lenguaje cotidiano; lo que les falló fue la visión política (¿o poética?, el articulista no descifra bien lo escrito en sus apuntes: nota de MFB). Estación Reunida: reconozco en ella a buenos poetas como Elqui Burgos y la finura poética que hay en Watanabe y Abelardo Sánchez León; en este último se puede comprobar el malestar y el desmonoramiento de una clase social, la burguesía».

(Pasamos a los planos de la intimidad, el amor, la amistad...).

 

“Soy un hombre hecho de fracazos, y algo que no me perdono es el no haber conquistado una muchacha hasta ahora. Pero tengo la dicha de tener los mejores amigos del mundo, entre ellos Gregorio Martínez, Juan Cristóbal, Machico, Walter Tinta, Tito Oyague y el andino y dulce «rito»; Janampay el angustiadísimo Víctor Manuel Gonzales. Los buenos narradores Augusto Higa y Antonio Gálvez Ronceros, hombres que me ayudaron a vivir».

(Está todo el grupo Narración...).

«Pienso que los de Narración en su conjunto han logrado en la narrativa peruana lo que yo quiero hacer en la poesía ayudado por jóvenes poetas que me están enseñando el camino de la responsabilidad poética, entre ellos Roger Santibáñez y Jorge Cronwell Jara».

(Y Vallejo... y los latinoamericanos?)

«César Abraham Vallejo Mendoza sigue siendo el poeta más joven del Perú. En lo que se refiere a poesía latinoamericana, me gusta hablar del chileno Enrique Lihn, del cubano Fernández Retamar, del universal Ernesto Cardenal y del viejo y hermoso mexicano Efraín Huerta, y del cañetano Enrique Verástegui».

(¿Algunas palabras finales? –para no salir de la onda reporteril–).

«Ve, y dales confianza a los compañeros, que hagan fuego con la salud de los indiferentes, para que los poderosos no concilien el sueño».

 

20. Domingo de Ramos:

Cómo construir

un subterráneo

(Revista Sí, N° 472, del 22 al 28/4/96)

 

Algo tiene que haber sufrido este poeta cuyos libros se titulan Arquitectura del espanto (Asalto al Cielo, Lima, 1988), Pastor de perros (Asalto al Cielo/Colmillo Blanco Ed., Lima, 1993) y Luna cerrada (Asalto al Cielo/ Ed. Filadelfia, EE.UU., 1995). Y sobre quien Jorge Frisancho ha escrito Aproximación a Pastor de perros, una poética marginal, y César Ángel le ha dedicado su opúsculo Un maldito en Lima, Perú. Estudio crítico sobre Pastor de perros, donde expresa que «en el libro el poeta da cuenta de la ‘marginalidad’»; y aún aclara que «siendo ésta voluntaria mejor denominarla ‘subterraneidad’. El matiz entre estos conceptos puede descifrarse como Marginal-Pasivo ante Subterráneo-Activo: ‘tener una opción’, ser subte implica una cultura, como buena parte de la juventud rockera de los ‘80s (y aún ahora hay tozuda resaca de esa ‘opción’ en Lima y hasta en otros espacios urbanos en América Latina».

Bien. Para cerciorarnos de cómo nace un subte, nos hemos ido hasta San Juan de Miraflores, dándonos de arranque con que el tren metropolitano no es subterráneo, sino elevado ...antes de llegar a la casa-tienda de Domingo de Ramos. Ah, y que viaja –por ahora– sin pasajeros (ni la larga sombra de Alan ni las asustadas caritas de los escolares que paseó Fujimori, aparecen tras sus ventanas).

Nos hemos encontrado en la puerta de entrada del hospital de esta ciudad de medio millón de habitantes –San Juan de Miraflores, por supuesto–, a donde llegó el chiquilín Domingo con apenas cinco añitos de edad. Venía desde la calurosa Ica, de Pueblo Nuevo, un caserío del distrito de Parcona donde apenas recuerda que «habían grandes chacras y el calor era infernal, por lo que atravesando un campo de viñas, me metía a una chacra a comer jugosas sandías, toditas tuyas a ras del suelo».

Y como la idílica visión del campo no es siempre tal, y los chacareros también se divorcian –o separan–, de repente, sin saber leer ni escribir, se vio en Cañete, acercándose a la capital, con su padre y hermanos. Así mismo se hubiera quedado –iletrado para toda su vida– de no suceder que su madre en un arrebato de amor, en menos que canta un gallo y antes de transcurrido un año, lo rescata de la lampa, la azada y el surco.

No. Tampoco llega a Lima de arranque. A su padrastro, que trabaja en el Ministerio de Salud, le dan primero una casa prefabricada de un solo ambiente en Ciudad de Dios, donde había que construir las divisiones respectivas para los distintos cuartos y un silo al fondo. El pequeño domingo es matriculado por su madre en la escuela Gastón Marín al llegar a los seis años y la primaria la hace en la 6070 de la zona a de San Juan de Miraflores. Su otro hermano que quedó en Cañete jamás aprendió a escribir. Su hermana mayor sí fue al colegio. Su padre, tuvo siete hijos más. Su madre apenas otros dos. Con ellos vive el poeta.

Pero no llega a cualquier lugar. Al mudarse a la casa que hoy ocupa: que, claro, era un terreno donde se fue edificando durante esos cuatro años, al frente «las dunas de arena se cubrían de verde y amarillo terminando el invierno y en primavera todo se llenaba decolores, pues los cactus floreaban sobre las piedras –nos va contando el poeta–. Jugábamos ahí; recuerdo que una vez descubrimos una colmena y nos correteó el enjambre, y bajamos a toda carrera, tropezándonos. Y como nos manchamos de verde, de ese imborrable verde, nos libramos de las abejas, pero no de una tanda en casa... En vacaciones salíamos a explorar por todos los vericuetos de las dunas y entonces me caí sobre los tubos de reservorio de agua y me rompí el brazo; desde allí le tuve miedo al cerro. Pero durante el reposo del brazo roto, leí las fábulas de Esopo. Tenía 6 ó 7 años. Me curaron a punta de Calcioral. Por eso no tengo una sola muela picada”, ríe el poeta a mandíbula batiente. A sus 35 años es un hombre alegre, de tierno corazón.

Esto, a pesar que la relación con su padrastro no fue del todo buena, una especie de relación amor/odio, aunque nunca hubo un reemplazo del padre, a quien encontró de pura casualidad en la plazuela que queda al lado del Hospital Dos de Mayo cuando Domingo tenía ya 2 años. «Yo no lo conocía prácticamente y el reencuentro no fue nada emocionante. Sólo sentí la curiosidad de saber quién era, cómo era, porque mi madre había influido mucho en mí. No lo vería sino cinco años después, cuando fui a ver a mi hermana Eva, la mayor, que vivía en Comas. Aunque mi madre ha sido en verdad todo mi universo, la que me llenó la falta paterna. A ella le debo toda mi formación».

 

El colegial militante y activista

Pasa a secundaria e ingresa al Colegio Nacional Mixto San Juan, un colegio modelo con laboratorios de Física y química, con taller de metalmecánica provisto de fresadora, torno y todo lo necesario. Eso gracias a los módulos húngaros que la desidia de las autoridades de turno no ponía a funcionar. Porque para que funcionen se tuvo que dar una huelga con toma de local y todo por cerca de tres meses, con asambleas de alumnos, padres de familia, profesores y autoridades a veces en conjunto. «De ahí mi vinculación con los estudiantes de 4° y 5° año, con quienes nos íbamos a leer a Carlitos Marx, a estudiar el manifiesto, en los famosos Círculos de Estudio. Por primera vez entendí la realidad y a partir de ello me hice ateo. A mi madre nunca le dije nada de eso. Como mi padrastro era acciopopulista carnetizado, escondía esa lectura bajo la cama. Claro que también era por llevarle la contra, por un cariño que no se daba fluidamente. Como todo chiquillo era rebelde y me enfrentaba en el colegio a los auxiliares de educación y sacaba pésimas notas en conducta. La verdad es que a las autoridades no les gustaba ver a un mocoso de 1° año de media con los líderes y activistas de 5° año, por eso me marcaron». Lo visitaban líderes de otros colegios para solidarizarse con sus reclamos. Oradores del Melitón Carbajal, del Ricardo Bentín, del Perdo A. Labarthe. Todo eso pasó. Al año siguiente le hicieron un «traslado» de colegio. Pero era una velada expulsión por sus actividades.

Pasa al Colegio César Escobar –nombre de un niño héroe de la guerra con Chile–, una especie de semilla de maldad, donde recalaban los expulsados de Villa El Salvador, Villa María del Triunfo y otros pueblos jóvenes de los alrededores. «Allí iban los más pendejos, los choritos, los residuos de los demás colegios. Fueron dos años en la Siberia», confiesa Domingo rascándose la cabeza. Él se enfrenta a la profesora de religión, quiere debatir cosas con ella, pero los profes eran los peores del Perú. Arma ruedos en el patio a la hora de recreo para debatir como antes se hacía de política en la Plaza San Martín. Los auxiliares disuelven los ruedos a palazos. Entonces asiste a otros ruedos: los tonos maleados, las experiencias con las drogas, con los fármacos, con el alcohol, las tiradas de vaca en macha, las broncas de salón contra salón por las puras. Por suerte, esa fase sólo dura hasta 3° de media.

Vuelve al Colegio San Juan para el 4° y 5° y la militancia, ahora sí en serio, la salva de la anterior caída. Pero también lo recibe una huelga del Sutep. Y, mala suerte, no puede utilizar de inmediato los ya activados módulos húngaros. Se forma el Comité Coordinador Unificado del Movimiento Estudiantil Secundario (CUMES) y es nombrado secretario general de la base Mixto San Juan . Organizan una marcha hacia Lima los colegios de la zona. Son días de efervescencia. Domingo ha asistido al local del Sutep en el jirón Lampa. Está preparado como líder. Pero la masa rebasa todo y se incendian tres ómnibus. Llega el Ejército. Desde un camión apuntan con sus FAL. Me está enseñando la esquina donde cayó su amigo. Jhony Peñaranda se llamaba. Para él escribe «Caída de un adolescente», que loa revista Kloaka Internacional le publica en una plaqueta en 1987. Domingo se ha tirado al suelo, junto con otros estudiantes, y la bala del FAL fue para Jhony: «El hombre que yace aquí entre nosotros / con su rostro de tierra y sus costilla de barro / apareó con la muerte / aquí con el corazón destrozado / caído en la mañana».

¿El resto? El frustrado I Encuentro de Estudiantes Secundarios del Perú, cuando la policía rodea San Marcos, local donde se realizaba, y reda a medio mundo. Después, ya deja al colegio, conforma la Asociación de Postulantes a San Marcos. Ingresa a Sociología. Conoce a los poetas Gonzalo Espino, Roger Santibáñez, José Antonio Mazzotti, y se desengaña de los políticos. Viene el Grupo Kloaka, la calle Quilca, La Reja, Queirolo. El ‘84 muere Kloaka. Pero ya Domingo, que empezó leyendo a Rubén Darío y Chocano para hacerse poeta y publicó por primera vez en la vitrina de la Asociación de Propietarios de San Juan, ha sido ganado pro la poesía. Para muestra, están sus nuevos poemarias, aunque de vieja chamarra impregnada de humo...

 

21. La tromba poética

de Jorge Pimentel

(Diario Gestión, 20/2/92)

 

Acabo de terminar, conmovido, la lectura del cuarto poemario de Jorge Pimentel: Tromba de agosto. Es que se trata de una tromba que se eleva desde el más subterráneo de los mares, desde lo más profundo de un hombre peruano que le ha tocado vivir el Perú de hoy, y de lo cual es imposible soslayarse cuando se tiene una pizca de sensibilidad. A Jorge más bien esa sensibilidad le aflora a borbotones desde el alma; desde lo profundo de un alma conmovida y golpeada, de su alma de poeta que escogió un camino y se comprometió con él.

No intento, en este comentario de lector y amigo, condenar otras vetas poéticas –que las hay y buenas– sino escribir algo sobre un libro que me sigue quemando la conciencia y que me acerca a una realidad tenebrosa y pálida: la realidad de mi país.

Pero hay más. No se vaya a suponer que en Tromba de agosto nos vamos a encontrar apenas con una suerte de denuncia social, con algo panfletario. Pimentel ha arribado a un manejo del lenguaje –de su lenguaje–, que viene cargado de neologismos y juntapalabras, armando un mundo poético propio, abriendo la puerta de su propio infierno.

Ya no está Jorge «Con veinticinco años sobre los hombros/fuerte como un toro/ hermoso como un caballo/ joven y lleno de vitalidad» como cantaba su poema-prólogo «todo es público» de Kenacort y Valium 10 (1970). Ni recomienda: «muéstrate alegre y que tu finalidad prime en los cien cielos» como en Ave Soul (1973). Tampoco como en el poema 40 de Palomino (1983) nos habla de «Un niño trepa la reja de una ventana./ Desciende por ella./ Y no deseo más cariño que ése».

Ahora con «Voz de anisado» sostiene que «Un hilo de oro se descuelga del amanecer./ Es el oficio que no prospera./ Con asco gritan las horas y revientan las penumbras./ Culpable y mentiroso sólo albergo cosas perdidas./ Las astillas de mi heterojundio complican el miedo».

Lo anterior es sólo un introito, hasta que llega a la «Antepenúltima locuacidad» donde nos muestra un panorama insalubre «por pateadura, postmeridiano, postscriptum,/ espíritu túo, espirituoso, gangrenado,/ callado, comatoso, salchiñagroso,/ aquimalotoso, chaspianlindrotoso,/ aplatanado, palteado, química pura tras él,/ mecánica laboriosa detrás de ti, industrialmecánicapura antes que tú,»... «Y violencia cubre curso».

Pero mejor dejemos al poeta Pablo Guevara, autor del extenso y sesudo, comprometido y comprometedor prólogo, opinar lo que ha opinado: «Y a él vienen plenamente las palabras de Philippe Sollers cuando elogía en Artaud la inmensa capacidad de acumulación-negación en espacios pequeñísimos como marcas de condensación-destrucción (aglutinamientos/ glosolalias/ grafismos, etc.) cuando lo encuentra es capaz de atravesar todas las exterioridades al poema, que es lo que hace prodigiosamente a veces Pimentel (subrayado del prologuista), exterioridades que surgen ante él y las atraviesa casi deportivamente, casi fantásticamente (supermán): barreras culturales ideológicas e históricas que le salen a cada paso».

Creo, sobre todo, que Tromba de agosto vuelve a poner sobre el tapete, esa irrupción que en los ’70 tuviera la gente de Hora Zero, con Kenacort..., de Pimentel, Un par de vueltas con la realidad, de Juan Ramírez Ruiz, y Los extramuros del mundo, de Enrique Verástegui, además de otros poemarios de valía.

Únicamente que el desafío ahora ya no queda en el gesto ni en el manifiesto. Ha sido puesta la palabra de por medio, al lado de un serio compromiso con su tiempo, con su realidad, que desde una visión localista llevan el sello de lo «universal»: (la única vía correcta parece ser, ir a lo universal por lo local, sentencia Pablo Guevara en su prólogo recordando a Charles Dickens, Balzac, Flaubert, Stendhal, con Gogol, Tolstoi, etc. Y por supuesto, Kafka, termina el párrafo). El debate está abierto. «Quedan para otro día, los árboles,/ los senos, el amor», poetiza Pimentel.

 

 

22. Del poeta Tulio Mora:

Segunda exhumación de

Cementerio general

(Diario Gestión, 7/4/94)

 

Es extraño en el Perú que un libro de poesía alcance una segunda edición apenas a un lustro de haber tenido su primera publicación. A pesar de que ésta sea aumentada y parcialmente corregida, como lo anuncian los créditos del texto. Y en realidad el poemario, Cementerio general, precisaba esta nueva circulación, no sólo por ser ganador del Premio Latinoamericano de Poesía en 1987, con un jurado conformado por el poeta chileno, ya fallecido, Enrique Linh, cuya calidad está fuera de discusión; por nuestro distinguido vate Carlos Germán Belli, al cual Paoli pondera como punto céntrico entre Vallejo y Eguren, y por el destacado crítico y escritor nacional Alberto Escobar.

¿Por qué leer el Cementerio general de Tulio Mora? La mayoría de gente piensa que la poesía es algo trasnochado, cursi, llena de palabras bonitas y figuras lingüísticas –metáforas, tropos–, y que preferible es escuchar un bolero o una balada, que al fin y al cabo vienen con música. Lo último no es cierto, pero también es verdad que existe una poesía distinta, nada edulcorada, más bien desafiante y hasta fuerte, pues nos enfrenta con nuestra realidad no sólo cotidiana sino histórica. El caso del libro en mención es ése; una exhumación de personajes sepultados por la historia oficial. Personajes, provenientes desde 20 mil años antes de Cristo, pasando por los preíncas: Piquimachay, Toquepala, Chilca, Kotosh, Chavín, Mochica y Wari: «Fui joven de sangre sublevante,/ me agradó la guerra,/ el tronar de caracolas en las pampas,/ los muchos tambores que batimos mientras duraban las batallas...», Canta Mora con la voz de un guerrero wari.

Son fardos funerarios rescatados de sus chulpas para aplicarles una necropsia, como al general inca Calcuchímac, quien habla resurrecto: «Y llamé a mis dioses/ chapuceros e inservibles/ antes que Pizarro me atizara/ el fuego en las narices... y me entregué a la hoguera/ como a una forma de odio». Es la guerra de resistencia frente al colonizador español, como la que ejerciera Manco Inca: «Por años los extraños lamentaron sus escarnios./ Parecía el inca a caballo entre su gente con una lanza en la mano./ Entonces mi pueblo respetó/ mi decisión y besó mis huellas en la tierra».

También surgen los conquistadores, como Lope de Aguirre «Feo, contrahecho, rengueante.../ prefiero que me imaginen/ escribiendo a la luz de una botella/ –que mis hombres llenaban de luciérnagas–/ panfletos contra el rey Felipe II». Tulio ha ejercido el periodismo desde un cuarto de siglo atrás y actualmente, fuera de ser editorialista de un importante diario local, es guionista de videos, esa simplificación del cine. Hago mención a ello porque a lo largo del poemario se nota la presencia de un lenguaje cinematográfico.

En verdad, Cementerio general podría bien ser una ampliación de la Cripta de los Héroes, aunque mucho de estos héroes sean hombres sin mayor prosapia, sin linaje. No sólo peruanos, porque hallamos a un Ku Chio de la lejana China en Pativilca, a la francesa Flora Tristán en Arequipa, al estadounidense Henry Meiggs. Recupera a un poeta como José María en Lima o a Florencio Aliaga, el primer mártir obrero del Perú; como a Manuel Barreto, el aprista que tomó el cuartel O’donovan en Trujillo, causa de cinco mil fusilamientos en Chan Chan. Lucha Reyes aparece con su dulce voz. Eudocio Ravines con sus desengaños. Pablo Chang con su entrega, Antonio Díaz Martínez con sus tribulaciones y Bárbara D’Achille tan amante del Perú y sacrificada en este amor.

Seguramente las exhumaciones proseguirán y el poemario se convertirá en un libro interminable. ¿Logro de la pregonada poesía integral de Hora Zero? Es un camino, si observamos los trabajos de Enrique Verástegui, Jorge Pimentel, Carmen Ollé. El movimiento horazeriano cumplirá cinco lustros el año entrante.

Creemos que su meta de tener vigencia hasta el 2000, está cercana. Al menos con poemarios como Cementerio general de Tulio Mora, un libro mayor a todas luces.

 

 

 

23. De los extramuros

al Taki onqoy de Verástegui

(Diario Gestión, 20/8/94)

 

Tengo entre mis manos tres libros fundamentales para apreciar a fondo la poesía peruana de la segunda mitad de este siglo en extinción. Son tres libros escoriantes, abren zanjas oscuras en los pechos más fuertes, pero situándonos en nuestra época, al lado de la juventud contemporánea, junto a las inquietudes vivenciales que nos acompañaran a lo largo d los últimos 5 lustros.

Se trata de Kenacort y Valium 10 de Jorge Pimentel, editado por el Movimiento Hora Zero en 1970, de Un par de vueltas por la realidad de Juan Ramírez Ruiz, editado por el mismo movimiento en 1971 y en los extramuros del mundo de Enrique verástegui publicado por Milla Batres a fines del mismo año. Su lectura, en aquellos años, sirvió para descubrir la posibilidad de renovación en estilo poético de los peruanos y el hallazgo de cierta desfachatez para abordar la vida urbana patria y la historia a construirse a través de dicha cotidianeidad.

El último de los libros nombrados ha sido reeditado, con gran acierto, por Lluvia editores, prácticamente propaladora en los últimos tiempos de toda la obra de Enrique Verástegui, dígase los dos tomos de Angelus novus y el extraordinario Taki onqoy, el cual vamos terminando de leer a sobresaltos, deslumbrados por la experimentación poética del autor, por su riesgo en la creación literaria, a sabiendas de detractores a priori, de desabridos exegetas anteriores desilusionados ante el compromiso con su tiempo, con su generación, con la dura realidad histórica del Perú. Aunque las propuestas del poeta puedan o no parecemos coherentes, su poesía es lúcida, posee esa truculencia de las músicas sinfónicas como la «Quinta» de Beethoven o las místicas pinturas de El Bosco (El Infierno) o de Brueghel el Viejo (Triunfo de la Muerte), aunque por momentos tome el tono de la música barroca o del arte pictórico de Toulouse-Lautrec.

Claro que también surgen los sones de El cóndor pasa de Daniel Alomía Robles o esa música de las danzas andinas aparentemente repetitivas pero cada vez más renovadas y las pinturas de Humareda, de Cajahuaringa, de Galdós Rivas, de Yauri. El Taki onqoy saca a Verástegui de los extramuros del mundo, retornándolo a él: el Cañete donde reside hoy, donde residiera hasta cumplir sus 19 años, ese Cañete magistralmente descrito en sus novelas limeñas. El poemario es una gran danza, describiendo una marcha estudiantil y rememorando esa resistencia bailable interpuesta por los peruanos frente a los colonizadores (siglo XVII), quienes bajo el pretexto de la extirpación de idolatrías pretendían mutilar la resistencia cultural que jamás pudieron vencer.

Son los muchachos marchando alegres por las calles al compás de los sones de la historia, esa historia peruana tan mal enseñada, tan mal leída, tan pésimamente conocida. Mas la resistencia ha sido no siempre alegre. El dolor, la muerte, la persecución, la injusticia, el olvido han marcado esos cuasi borrados hitos históricos, para inmerecidamente colocar allí los nombres de los gobernantes que medraron con su cargo para enriquecerse a costa del mismo y empobrecer más y más a sus gobernados.

«Yo vi caminar por las calles de Lima a hombres y mujeres/ carcomidos por la neurosis,/ hombres y mujeres de cemento pegados al cemento aletargados/ confundiéndose y riéndose de todo», observaba el poeta a los 20 años en «Salmo» (pág. 13, En los extramuros...) «Los marginales exultantes –un país dentro del otro– caminando/ en los extramuros de una economía/ que busca venderse como a una flor de mercados: ‘serranos cholos negros de Barrios Altos necesitan su voz’ –dijo Mateo y dijo/ ... Vi esa gente en callejones de un solo caño apretujarse para/ cantar un vals en la noche/ como para zapatear/ el huayno que concluye la fiesta en una madrugada de verano» (pág. 34, Taki...).

El cantar a Lima de José Gálvez adquiere otro rostro poético con Enrique Verástegui. La vilipendiada arcadia colonial de Lima la horrible de Sebastián Salazar Bondy es estrujada por estos versos, prosiguientes de los anteriores: «Podríamos transportar un plano de le Corbosier/ –organizar una estructura mejor– a un paisaje que envejece como a un terreno desolado?/ tugurios/ como fábricas envejecidas/ Rostros agotados por el trabajo circulan en los omnibuses (sic)».

Pienso en aquellas palabras escritas bajo su juvenil foto de la contraportada de En los extramuros... por Verástegui: «la poesía es para mí una necesidad... como comer o dormir». Y las sé vigentes.

 

24.  La paradigmática

creación literaria de

Carmen Ollé

(Diario Gestión, 10/3/94)

 

Micaela Bastidas y María Parado de Bellido son mujeres paradigmáticas peruanas como heroínas, como patriotas. No sé si en su época finisecular del XIX Clorinda Matto de Turner, la novelista autora de Aves sin nido (1890), y la escritora Mercedes Cabello de Carbonera lo fueran para sus contemporáneas. Lo dudo, por la situación de relego en que vivía la mujer culta y urbana (las campesinas la sufren hasta hoy). Sí podemos recordar que el arzobispo de Lima en 1890 excomulgó  a Clorinda Matto por publicar un cuento sobre Jesucristo en la revista Perú Ilustrado que ella fundara y dirigiera desde 1889. Mercedes Cabello sufrió los embates del machismo: el señor Carbonera, su esposo, le contagió una sífilis contraída en algún elegante burdel limeño que terminó postrando en un nosocomio a la escritora, ya perdida la razón.

Junto a la generación del centenario, aparecieron dos combativas escritoras, Magda Portal, poeta y narradora de vasta obra, y Angela Ramos, fina poetisa y periodista de vibrante pluma. Ambas sirvieron de ejemplo a muchas jóvenes que se miraron en ese espejo de compromiso y lucha emparejado con el talento creativo. Magda Portal llegó a ocupar la presidencia de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas, cuando la ANEA aún era una institución de prestigio, y hoy por hoy el más importante concurso narrativo para mujeres organizado por el Movimiento Flora Tristán (otra mujer paradigmática( lleva su nombre. Angela Ramos espera un reconocimiento mayor y ojalá el Colegio de Periodistas del Perú lo haga pronto.

En artes plásticas Julia Codesido y Cristina Gálvez marcaron hitos. La primera, indigenista contemporánea del gran Sabogal, y la segunda fina escultora y pintora. Y en este campo no podemos dejar de mencionar a María Elena Vargas, con treintitrés años como galeriísta, desde que abriera su salita de la calle Shell y ahora en Conquistadores de San Isidro.

No obstante, no creo que ninguna escritora haya tenido mayor influencia –sin proponérselo ni hacer el menor esfuerzo para ello– entre sus contemporáneos que Carmen Ollé. Desde que en 1981 publicó sus Noches de Adrenalina, una nueva corriente poética insufló aires de sinceridad, de una especie de deshabillé almático a la creación literaria femenina en el Perú. Se puede argüir la existencia de influencias de la norteamericana Sylvia Plath y de un trabajo auroral en el Perú realizado por la suicida (al igual que la Plath) María Elena Cornejo, de innegables cualidades literarias, pero truncadas con su pronta partida.

Porque justamente es en Todo orgullo humea la noche (1988) donde se nota a la poeta Carmen Ollé más cuajada, menos recurrente a las citas culteranas, más ella, más mujer de Lima, de su época y con un lenguaje arrebatado al diario vivir antes que a las constantes lecturas: aunque sin estas últimas difícil hubiera sido el encuentro con su propio lenguaje.

Lenguaje que se arraiga mucho más profundamente con ¿Por qué hacen tanto ruido?, donde la profesora universitaria que conocí sale a flote: «El oficio de profesora me ocasiona insoportables alteraciones en la circulación. Luego de una hora de clase, que siento transcurre con demasiada lentitud, debo sentarme. Soy consciente que todos me miran.», confiesa en un acápite del libro (¿narración?, ¿poesía?), habiendo anotado una línea arriba: «¿Odio? ¿Compasión? El objetivo: Góngora. Caer sobre Góngora precipitándome en el aburrimiento. Borro la pizarra y adivino la mirada de mis alumnos sobre mis nalgas, muslos, mis zapatos...»

También surge la esposa esperando pacientemente al marido de parranda, la madre encaminado los pasos de la hija por un imaginario tablero de ajedrez, la mujer que va madurando: «No quería cubrir mis cambios físicos con cosméticos ni en la peluquería. En todos mis sueños iba perdiendo progesivamente el mismo diente, hasta que me despertaba para comprobar que efectivamente estaba ahí...»

«Estar sola era estar sola estúpidamente sin el menor motivo... En medio de esta soledad me atrae que nadie se preocupe por si algo me falta. Sólo el beso de Sandra antes de irme a dormir».

Escribe refiriéndose indudablemente a su hija. Seguramente sus seguidoras se sentirán frustradas por los párrafos reproducidos, donde el deshabillé es almático, y donde el sexo y la profanación del cuerpo de mujer ha dejado de preocuparla. Para compensarlas cerraré este artículo silenciosamente, sin hacer el menor ruido, con «una melodía en la noche: lo melodramático tiene sendas que respeto: amo en Ignacio su belleza taimada. Y voy sintiendo que un beso se parece a un garrote». Lo dice Carmen Ollé, un beso, un simple beso ...de hija o de esposo.

 

25. La convocatoria

poética de

Rosina Valcárcel

(Diario Gestión, 8/8/91)

 

Desaparecidos los lugares de encuentro del centro de Lima, dígase el viejo bar Palermo, el Zela o el Woony, donde tarde o temprano te encontrabas con los viejos amigos, con los compañeros de caminos en el arte, la narración, la poesía, el teatro, el cine, las ciencias sociales –y hasta las matemáticas– o el buen periodismo, ha sido reconfortante la convocatoria que en días pasados Rosina Valcárcel –¡la poeta, la poetisa!– hiciera en la Alianza Francesa de Miraflores.

Fue a raíz de la presentación de Una mujer canta en medio del caos que muchos pudimos asistir aun reencuentro multitudinario, pudimos ver rostros cambiados por los años, reconocer voces gratas, entrar a la conversa sobre los trabajos en preparación, acerca de las cosas hechas, de los sueños frustrados y de las nuevas entelequias.

Es que Rosina siempre, desde la década de los ’60 en que el prestigioso y prestigiador sello de La Rama florida que dirigía el poeta Javier Sologuren editará el primer poemario de nuestra cara amiga, Sendas del bosque, ella se convirtió –como lo expresara el poeta Juan Cristóbal en la presentación– en musa, en plectro, inspiración y numen de muchos vates. No hablamos a su palabra -escrita y hablada-, a sus gestos de gran humanidad, a sus acciones de alto compromiso social, a su estatura de escritora y mujer digna.

Y eso es lo que su tercer poemario -el segundo, Navíos, apareció hace 16 años, en 1975- nos regala. Una mujer canta en medio del caos, al contrario de los que uno pudiera suponer por el título, contiene un halo de optimismo, un mensaje de esperanza para «Los obstinado que volvimos a construir puentes/ Dando vivas al Che, cantando Yesterday y la Internacional/ Hoy acorralados sin partido/ A fines de año ´90/ nos desconocemos». Nos dice, a los antaños obstinados, que «Amor y rebeldía es subvertir las costumbres -inventar armas/, granitos de arena/ Como este leve rastro solar».

La noche de la Alianza, tocó a Esther Castañeda, Diana Miroslava, el eterno Pablo Guevaray el rotundo Juan Cristóbal, junto con el decano de la Facultad de Letras de San Marcos, hablar sobre la obra, la vida y el poemario presentado por Rosina. Ellos expresaron profundamente todo ello. Los críticos dirán lo demás. Los demás escuchamos recitar a Rosina al final, acompañada por la guitarra de Lucho Justo Caballero, de quien ahorita escucho su «homenaje a Guillermo» y estoy por deleitarme con «Una canción para Claudio Luis», para luego seguir con su «Tema andino y variaciones» en el casete que me regaló.

Ojalá que cada cierto tiempo se nos den estos respiros de aire poético descontaminado. Finalmente, sólo nos queda, en medio del caos, repetir con Rosina: «Oh lengua muda no me condenes: cántame la inexplicable vida/ abre tus brazos al mundo/ y resucitaré en la palabra».

 

 

26. De claro a oscuro

con Samuel Cárdich

(Diario Gestión, 26/8/95)

 

En el verano del 87 se apareció en la redacción del diario en el que este escriba editaba el suplemento dominical Altavoz. Llegaba desde Huánuco, donde nació en 1947, con dos libros bajo el brazo: el libro de cuentos Malos tiempos (Papeles del Año Huno, Huánuco, 1986) y el poemario Hora de silencio (Ediciones Convergencia, Huánuco, 1986).

Inmediatamente nació en mí un efecto especial por este escritor que parecía salido de un almanaque Bristol de principios de siglo, dominador de una exquisita prosa y cultivador de una maravillosa poesía, donde las palabras parecen fluir en cada verso con la claridad y precisión alcanzada sólo por los grandes maestros de la pluma.

En octubre de 1992 tuvimos un reencuentro con Samuel Cárdich en la ciudad de Huaraz, a raíz de un congreso de la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil, adonde viajé invitado por otro importante poeta aldeano, Marcial Molina Ritcher, autor de Ayacucho hora nona y en ese entonces presidente de APLIJ.

Fue una reunión de claro a oscuro. En ella leímos emocionados hasta las lágrimas dos sentidos poemas ahora insertos en el poemario que la semana pasada me llegara por correo desde Huánuco envido por Cárdich con una escueta nota, y que antes me anunciara en sorpresiva llamada telefónica. Se trata del libro De claro a oscuro (Lluvia Editores, Lima, 1995), cuyo contenido es aún más subyugante que el poemario anterior.

«Escritor hondo y riguroso, preocupado por desentrañar tanto sus fantasmas interiores como la trama espinosa de la vida nacional... Cárdich ha detectado con acierto el poder de la Poesía, la permanencia del Espíritu», escribió en el prólogo a Hora de silencio el enterado crítico Ricardo González Vigil. Y respecto a malos tiempos, Cronwell Jara expresó: «es un conjunto de seis hermosos relatos escritos sólo por el minucioso dominio de un verdadero escritor que se desvela por el estudio y la perfección del oficio en el arte de escribir».

Ahora sobre De claro a oscuro, Esteban quiroz manifiesta: «una de las voces más limpias de la poesía peruana que se hace al interior del país, es indudablemente la de Samuel Cárdich... Es un poeta que se ha instrumentado de una forma muy serena, para hacernos beber versos sabios y prudentes». Quiroz, como editor, viene publicando dese hace casi tres lustros atrás a los poetas y narradores del Perú profundo, de aquel de donde emergieran Valdelomar, Vallejo, Arguedas y Ciro Alegría, por mencionar a lo más selecto de nuestra literatura. Sabe pues lo que dice.

El poemario se divide en tres partes: Historia en la taberna, Diálogo de entrecasa y Monólogo en las calles, y lleva una Coda: «Pohema solo». Redactado en un lenguaje transparente, emparentado con algunos poetas del Siglo de Oro de la literatura española, abre con un epígrafe de Juan de la Encina, autor de hermosas églogas, sólo superado por Garcilaso de la Vega en este terreno, seguidor de Virgilio y de Heráclito. Los rústicos personajes de Cárdich «Encerrados en su tabuco/ de bohemio o en una taberna multitudinaria,/ éramos ya seis amigos entregados/ al oficio de beber o de vivir, la misma cosa». Están a su lado cuando el poeta saca a pasear su vida por la poesía, como en el poema «vodka».

Porque esos hombrones que tenían por casa aquel tabuco, la estrecha habitación del noctámbulo, fueron dueños de enormes parques en su niñez. «Eramos adánicos/ y aún podíamos inventar el mundo/ o hacer al costado uno nuevo para la guerra... /El parque/ era el escenario de la guerra...». Y también podían irse de aventura a un huerto, como en «Atrás la zona herbosa»: «Entonces eché atrás una mirada de derrota/ y vi a mi infancia, como una semilla/ coronada por el villano fugitivo, desaparecer/ de la corriente de aire...» Tuvieron hasta su «Pitonisa en la quinta», quien «Llegó un día con sus huesos viejos/ su baraja egipcia y su tabaco...» Los deslumbró una chica «En su ventanal» y buscaron su «Casa para escribir», donde uno pudiera estar «Tocando como en un piano/ las teclas de la vieja máquina de escribir».

Está «La madre» que te espera cuando «Has recogido tus pasos y llegas/ calzado de lodo, hediendo a lío de taberna» y ella te dice: «Lobo: ésta es tu guarida. Amanecí/ ovillando tu retorno, pero habla. Rompe/ a gemir de lo que quieras./ Yo no tengo sueño, me despierta tu presencia». De claro a oscuro es un libro conmovedor, profundo, bien escrito; por un poeta mayor.

 

 

27. Juan Ojeda;

«Hemos sido elegidos

para perecer»

(Revista Vistazo, N° 38, Dic./74)

 

Hemos extraído estos fragmentos del poema «La noche», publicado por Juan Ojeda (Chimbote, 1944 - Lima, 1974) en el N° 5 de Alborada, revista literaria chimbotana (paisana suya) que dirige Óscar Colchado. «La noche», es al parecer, un poema promonitorio, porque al inicio del día 11 de noviembre pasado, nuestro entrañable Juanito de Palermo y Chino Chino (infames bares literarios) fue arrojado fatigosamente al cruzar una seca avenida caminando tal vez a ciegas, estallando quizá en el sordo lamento de los agonizantes que quieren dejar por lo menos una última palabra, flotando entre las negras bóvedas de un cielo que se le escaparía para siempre de sus pupilas, más acostumbradas a hurgar en bóvedas marinas. Aunque si le preguntáramos con su misma poesía ¿qué mirabas?, él con su misma poesía nos responde: «En medio de la noche nada se ve y nada se siente... la vida es muerte».

No queremos caer ni en la bien intencionada pero absurda Memoria (estructuralista) de Ojeda que con entusiasmo publicó Enrique Verástegui para que nadie le entendiera en Correo (sábado 16/11/74), ni en la especie de Francoise Villón que crea Nilo Espinosa Haro en su artículo de la Prensa (sábado 16/11/74) dedicado a un poeta (el difunto Juan Ojeda). Mejor dejemos que el mismo Juanito nos hable de él; de sus concepciones sobre la poesía y otras cosas. Recurrirmos otra vez para ello a la revista de su terruño, Alborada, donde se publicara, en junio pasado, una entrevista que le hiciera Óscar Colcahdo:

Alborada: ¿Cuál es su concepción sobre la poesía? ¿Qué opina sobre la nueva generación poética del Perú?

 

Juan Ojeda: Yo pienso que la poesía, más allá de la simple articulación literaria que la funda como género, impone una forma de vida sobre la cual se alza la gravedad de la palabra. Es decir, existiría un comportamiento humano cuya riqueza vital testimonia esa enclave de la expresión, esa rumorosa convocación del lenguaje como fiesta y como figura, lo cual entraña un despojarse de formas hasta acceder a un conocimiento esencial del mundo y los valores humanos.

De la nueva generación poética del Perú podría decir que ha iniciado una apertura valiosa, un retorno a niveles inmediatos de la palabra, lo que significaría ciertamente una positividad y a la vez un peligro. Voy a explicarme: ese tratamiento del lenguaje como expresividad inmediata (lo que definiría a casi todos los jóvenes que publicaron en estos Trece) se aproxima a un espontaneísmo que reduce la poesía a una oralidad redundante. Julio Ortega se ha referido inteligentemente a este peligro, y ha visto que los jóvenes poetas peruanos están corriendo el riesgo de hacer una poesía intrascendente que se refugiaría en el habla vernácula.

 

A.: ¿Cuándo surgió en Ud. la vocación de escritor?

J.O.: Recuerdo que empecé a escribir cuando era estudiante en el colegio, tendría catorce años. Era un soneto a Cervantes, que presenté como trabajo en el curso de literatura. En el colegio había poetas de mayor edad, que se disputaban el prestigio de creadores, y esto me resulta calurosamente simpático por la ingenuidad provinciana que manifestaban. Eran tiempos legendarios. Yo era amigo de estos dos poetas, que más de una vez llegaron a liarse a golpes al salir del colegio. No diré sus nombres, pues sería faltar a la leyenda. Algunos estudiantes de esa época tal vez los recuerdan con más nitidez. Pero el caso es que llegábamos a vagabundear, ebrios de sueños y pensamientos por las playas cimbotanas, y mirando fijamente las aguas inmóviles que rodeaban a las Islas Blancas nos dedicábamos a escribir poemas sobre lo que estábamos viendo. No recuerdo qué suerte correrían aquellos escritos, pero lo cierto es que debimos crear con ardor cientos de poemas marítimos, llenos de sol y misterio. Todavía me conmueve esa vida mitológica del puerto.

 

A.: ¿qué opinión le merece la novela El zorro de arriba y el zorro de abajo de Arguedas en su visión de Chimbote?

J.O.: Pienso que, al margen de las implicaciones dramáticas y personales de esta novela, pues todos conocemos que fue escrita al borde una experiencia dolorosa de la condición humana, la imagen de Chimbote resulta  poco menos que irrebasable, en el sentido de haber percibido con toda fidelidad el rostro problemático del puerto. No creo que exista otra obra que haya sondeado con tanta pasión y sentido la intrincada realidad humana que surge como resultado de la alienante industria pesquera, por lo menos tal como aconteció en Chimbote, puerto que llegó a convertirse en un ámbito contradictorio y lacerante. El relieve se acentúa si pensamos que la narrativa peruana adolece de una gran laguna:  concretamente no existe una narrativa de la Costa, si es que exceptuamos esos textos que lindan con el costumbrismo, como El daño de Camino Calderón a los excelentes relatos de Diez Canseco. Es decir, la novela peruana crece como un árbol frondoso en la obra de Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Oswaldo Reynoso, Urteaga Cabrera, etc., quienes hacen una narrativa propiamente urbana, en contraposición a la tradicional novela rural que ejerció el indigenismo de un Ciro Alegría, un López Albújar o un Vargas Vicuña. Pero es precisamente don José María Arguedas, que en realidad no cabe situarlo como indigenista, como lo ha visto muy bien William Rowe al analizar la ideología mítica en Los ríos profundos, quien sentó las bases de la narrativa de la Costa, despojada ya de las limitaciones folclóricas o costumbristas que impedían llegar a una novelística madura y exigente. Pero si decimos irrebasable, entendemos que no hay que perder de vista las implicaciones existenciales de esta novela, lo que de algún modo la situaría como caso único. Esto nos permite ver abrirse el panorama para una gran novela sobre Chimbote, que tiene  ya algunos atisbos en los intentos formidables de Julio Ortega, quien ha escrito un hermoso texto: Mediodía, pero que se resiente de haber sido más ambicioso. De todos modos, el camino está abriéndose fabulosamente,  y debemos agradecer a esa dolorosa y genial novela de don José María Arguedas.

A.: ¿Qué libros ha publicado?

J.O.: He sido muy parco en publicaciones, dos libritos de poesía: Ardiente sombra (1963) y Elogio de los navegantes (1966), que en total no sobrepasan las treinta páginas. Y en las revistas literarias he publicado también muy poco. Más bien, es posible que aparezca este año un libro bastante extenso, donde reúno la producción poética desde el año 1963 hasta el año ’73. Prácticamente la mayoría de mi obra es inédita.

 

28. Mario Luna:

A un año de su muerte

(El Caballo Rojo, suplemento cultural,

N° 243. Diario Marka, 24/3/85)

 

 

El pasado 26 de marzo se cumplió un año de la desaparición de un joven poeta chimbotano, cuya publicación: Poema para mis 30 años, marcó un importante hito en la creación poética nacional. Fundador del Grupo Hora Zero, mantuvo personalmente una identificación con las luchas populares, siendo uno de los 48 trabajadores despedidos de Siderperú en 1973, y testigo de la masacre del año 60 suscitada contra los siderúrgicos. Estos hechos y una vida intensa sirvieron de inspiración para su obra, gran parte de la cual permanece aún inédita. Aquí un homenaje a mario con quien tuve oportunidad de soñar y vivir a lo largo de 10 años de cotidiano trabajo literario y fecunda actividad política y laboral.

 

 

Breve comentario a Poema para mis 30 años de Mario Luna Coraquillo

 

Como quien invita a tomarse un respiro en medio de este agobiante aire enrarecido que solemos respirar a diario en este país nuestro de cada día, mi amigo Mario Luna nos ha entregado su Poema para mis 30 años, libro de excelente factura creativa que acaba de editarse.

A lo largo de dos años, para ser más exactos desde 1978, fecha en que Mario alcanzara sus 30 años, hemos ido siguiendo el itinerario de su libro; solee, nieble, llovizne o levante polvareda en el bulleante centro limeño o en el sórdido y aún romántico Callao. Hasta que... teniéndolo impreso en nuestras manos hemos corrido hacia los solariegos malecones barranquinos para de un solo tirón meternos en ese poema de largo aliento.

Así pudimos recorrer una vez más ese Chimbote invicto que José María Arguedas quiso contarnos desde El zorro de arriba y el zorro de abajo, pero esta vez de la mano con un poeta que nos va abriendo las puertas íntimas que sólo treinta años bien vividos y bebidos pueden descerrajar.

Nombres, hechos, rincones ignotos, juegos infantiles, amores prohibidos y citas clandestinas a la vera del mar chimbotano, se entrelazan con las luchas y los anhelos del pueblo tejiendo un ilustrado manto al estilo de nuestros antepasados, o quizá la secreta figura que esconde el mate burilado o las paredes eternas de Sechín o Chavín, que se tornan danza, zapateo, marcha, ronda en este poemario fresco y antiguo, nuevo y eterno, abrupto y lozano, como los cantares, la música de mi pueblo: frágil e irrompible.

 

29. Paradigmas y polos

opuestos en la

poesía peruana:

César Abraham Vallejo

(1892 - 1938)

José Santos Chocano

(1876 - 1934)

(Perú Cultural, N° 1, Set./63)

 

Entre estos dos grandes poetas peruanos, considerados como lo más relevante de nuestro mundo poético, debe existir o existe, por decirlo así, un profundo abismo. Esto en cuanto a estilo, transcurso o modo de vida, y lucha dentro de ella misma y por separado; dejando de lado otros aspectos que por su nimiedad revisten menor trascendencia.

Empezando por el estilo, diremos que indudablemente contienen diferencias enormes, modos de expresión muy distintos, en cuanto a idioma poético. El épico Chocano se ciñe a los cánones clásicos, respetando el ritmo, el metro y la rima. Por el contrario, el revolucionario Vallejo se aparta, desprecia los dos últimos, conservando para sus composiciones tan sólo el ritmo.

Sus inspiraciones también se diversifican. Sus musas son de caracteres divergentes, opuestos. Chocano canta al paisaje de América, al linaje, a los conquistadores de nuestro nuevo continente; mientras Vallejo sufre el dolor de América y de la humanidad entera y se rebela con su poesía contra las injusticias del mundo. El «Cantor de América” pinta con exactitid y suma sutileza, admirable los paisajes americanos y exalta el poder, llegando a un yoísmo al considerarse él todo él: «...Pero ahora soy Poeta: soy divino, soy sagrado...», canta en una de sus versos, como esbozando un autorretrato. En tanto el «Poeta del dolor humano» afluye todo el sentir de su alma de hombre, condenando al hombre que ignora o pretende ignorar la existencia del espíritu: «Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera tienen cuerpo; cuantitativo el pelo...», dice Vallejo en Traspié entre dos estrellas, para más adelante proseguir: «...Amado sea el niño, que cae y aún llora/ y el hombre que ha caído y ya no llora! ay de tanto! Ay de tan poco! Ay de ellos!», demostrando que de su condena para el ser humano regresa apersonarlo, porque el hombre se cae por no saber o no haber aprendido desde niño o no caerse, a evitar la caída, o por haberse acostumbrado tanto a caerse que ya ni siquiera llora.

En lo referente a transcurso de vida y lucha dentro de ella misma, podemos sacar en conclusión, en base a algunos datos biográficos tomados de fuentes fidedignas, de que existen diferencias bien marcadas. Pues mientras José Santos, por citar un hecho trascendente, es amigo y colaborador del tirano Estrada Cabrera en Guatemala, Vallejo es amigo y colaborador de la revolución socialista española. Creo que habrá de bastar este hecho, habiéndolos en abundancia y que por razones de espacio no pueden ser expuestos en toda su extensión, para zanjar un abismo entre el modus vivendi de ambos poetas. Y de aquí mataremos dos pájaros de un tiro, puesto que en esos modos de vida, Chocano representante diplomático, amigo de los grandes y perseguido por las clases populares, terminará en la singular profesión de buscador de tesoros; el autor de Los heraldos negros viviendo en la pobreza, olvidado, incomprendido, amigo de los pobres y de los luchadores revolucionarios, perseguido por los conservadores y muchas veces encarcelado, al igual que Chocano, pero por motivos en verdad opuestos; nos hacen saber cuál fue la línea de lucha ideológica de ambos vates, que no obstante a pesar de vivir en una misma época sintieron tan diferente y pensaron en forma desigual.

Y los lectores me perdonen, mas »demos a César lo que es de César» y que sepan perdonar, preferentemente, todos aquellos que están en contra de lo sustentado, de lo argüido, en favor de quien, irrefutablemente, se lo merece. Aunque se condene a quien tal vez no lo mereció, pero que no supo vivir la realidad de su rango de poeta y se envolvió en un falso atavismo. Que como ejemplo quede para la juventud del campo intelectual y para toda la juventud peruana.

 

 

30. César Vallejo:

una mano sucia que

te palmea el hombro

(Diario Gestión, 3/2/94)

 

Un alto en el camino

 

«¡Y el hombre... pobre... pobre! vuelve los ojos, como/ cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;/ vuelve los ojos locos y todo lo vivido/ se empoza, como charco de culpa, en la mirada». Reza la cuarta estrofa del poema que abre el libro del mismo nombre, Los heraldos negros, con que en 1918 César Vallejo, nuestro poeta universal, empieza a conmover las conciencias de los hombres.

Sobre el mismo Luis Monguió, autor de César Vallejo. Vida y obra, texto fundamental para iniciarse en la lectura del inmenso poeta, precisa: «El tema del poema es la fatalidad; la fatalidad de los golpes, que caen sobre el hombre gratuitamente, sin que realmente los merezca. Son golpes que proceden «como del odio de Dios», venidos a encharcar en la pobre alma humana todo lo que ha vivido, todo lo que ha sufrido. Hacen que el hombre se sienta culpable de ello, como si todo fuera pecado suyo...»

Ayer nomás sentí esa palmada sobre el hombro, pero no como un sentimiento de culpa arraigado, sino como una verdad insoslayable de esta Lima que se acerca al siglo XXI: era la palmada de una manita sucia perteneciente a un niño peruano en el Perú cuyo cuerpo entero estaba sucio, cubierto a su vez de sucios harapos. No, no fue tierna mi reacción ni acudió a mi mente de inmediato el poema de Vallejo. Estaba manchando mi pulcra camisa y no hice otra cosa más que echarlo, sin ira; más bien con ironía. El niño reemplazó al mendigo y con un gesto burlón y obsceno se alejó corriendo; no sin antes amenazarme: «suerte que no está cerca mi mancha...» (se refería a su grupo, a su collera).

«La cólera que quiebra al hombre un niño/ que quiebra al niño, en pájaros iguales, (N.A.: ¿se referiría a los pájaros fruteros agoreramente?) y al pájaro, después, en huevecillos;/ la cólera del pobre/ tiene un aceite contra dos vinagres». Así escribió Vallejo un 26 de octubre de 1937, fecha que puso a este poema cuyo título es el del verso inicial. ¡Qué hubiera escrito en esta infeliz época de millones de niños desamparados pululando hambrientos por las calles, desarrapados¡! Un millón y medio de ellos trabajando en esas calles para poder sobrevivir, otros dopándose con el mortal! Terokal, mutilando día a día sus neuronas cerebrales, baldándose para la imaginación del juego y el entretenimiento y creciendo prematuramente para el delito y la ferocidad. «La cólera del pobre/ tiene un fuego central contra dos cráteres». Advierte al rematar el poema.

Los hallé tirados sobre la vereda, con los ojos perdidos, con los ojos locos. «Están pepeados», me avisó alguien, como diciéndome ‘cuidado! Más allá un pequeñín corría entre los carros detenidos por la luz roja del semáforo trepándose para pasar un sucio trapo por los vidrios de los más elegantes automóviles, con distintos resultados. Otros vendián caramelos, chicles; lustraban zapatos. Aquel del mercado halaba la carretilla colmada de fardos. «Muchacho malcriado, cholito éste, ya me manchasta el traje, so...”, le imprecó la elegante dama que había venido al mercado acompañada por dos fámulas.

«Niños del mundo,/ si cae España –digo, es un decir–/ si cae/ del cuello abajo su antebrazo asen, en cabestro, dos láminas terrestres;/ niños, que edad la de las sienes cóncavas!/ qué temprano en el sol lo que os decía!/ qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!/ qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!» Canta Vallejo en España, aparta de mi este cáliz, título de su último libro y del poema cuyo inicio estamos reproduciendo. España, la lucha que allí se desarrollaba contra las oscuras fuerzas del naciente fascismo, representaba para César la nueva vida de esperanza que iba a conducir al hombre a la hermandad, a la felicidad. Si se equivocó o no, es otra cosa. Pero se adhería a la lucha porque «Ya va a venir el día, ponte el alma»... «Ya va a venir el día, ponte el sueño... «Ya va a venir el día, ponte el cuerpo»... «Ya va a venir el día, ponte el sol»... «Ya viene el día; dobla/ el aliento, triplica/ tu bondad rencorosa/ y da codos al miedo, nexo y énfasis...», sentencia en Los desgraciados.

He llegado a mi casa y con una toalla húmeda enjabonada trato de borrar la huella sobre el hombro de esa infantil y fatigada palmada. La camisa ha quedado limpia. Pero la manita aún pesa sobre el hombro, !Y qué peso! Seguramente en la vorágine del diario vivir, ese peso se irá haciendo parte de mi cuerpo, como un tumor que crece indetenible. A usted, amigo lector, ¿no le ha tocado esa palmada? Porque «Amado sea el niño, que cae y aún llora/ y el hombre que ha caído y ya no llora./ Ay de tanto! Ay de tan poco! ay de ellos!», daba nuestro César su Traspié entre dos estrellas.

 

31. El adiós y el regreso

del centenario de Vallejo

(Diario Gestión, 11/2/93)

 

Intenso, fructífero, reconfortante transcurrió el año del centenario del nacimiento del gran poeta de Santiago de Chuco. Su voz resucitó entre nosotros para hacernos comulgar con su palabra poética el amor al hombre, la búsqueda de un mundo justo donde habitar, la solidaridad como meta y ejemplo.

Las universidades de San Marcos, de Lima y la Nacional de Educación rindieron junto homenaje al enorme vate. Conversatorios, charlas, recitales, lecturas literarias proliferaron para beneplácito de los amantes de la poesía y de la literatura. Las figuras señeras de vallejistas como el italiano Roberto Paoli o el español Luis Monguió resaltaron con su presencia algunos de esos certámenes. Luis Alberto Sánchez y César Miró animaron con sus recuerdos –ambos tuvieron amistad con Vallejo– muchos coloquios, presentándonos el lado humano del hombre César.

Entre las publicaciones descollaron la Obra poética preparada por Ricardo González Vigil como Tomo I de las Obras completas de Vallejo, cuya publicación ha sido asumida por el Banco de Crédito, así como César Vallejo en El Comercio, compilación de los artículos publicados en ese diario por el poeta estando ya en Europa. Ese mismo diario convocó al Concurso Nacional de Poesía César Vallejo con participación de más de quinientos concursantes, recayendo el premio ex aequo sobre el conservador Enrique Chirinos Soto y el bisoño experimentador Odi Gonzales, determinación muy discutida en los ámbitos literarios, aunque cada jurado sabe el porqué de su decisión. Justamente uno de los miembros de ese jurado fue el periodista y ensayista literario Manuel Miguel de Priego (Chincha, 1935), quien nos entregara Vallejo, el adiós y el regreso.

El libro recopila trece artículos escritos por el autor en diferentes medios de publicación y fechas distintas, además del texto íntegro del discurso de Vallejo titulado La responsabilidad del escritor, pronunciado en el II Congreso Internacional de los Escritores para la Defensa de la Cultura, publicado como apéndice, y de un apunte biográfico bastante claro y condensado.

La obra de Manuel Miguel de Priego, complementada por el citado apéndice, sirve para esclarecer bien algo que estuvo en debate a lo largo de todo el año, y que muchos quisieron soslayar sólo con el fin de poderse ocupar de un poeta vetado hasta en los textos escolares a lo largo de muchos lustros. Es decir, la claridad del poeta en cuanto a la búsqueda de una misión social para su obra sin descuidar en lo más mínimo su valor artístico. En palabras del mismo Vallejo está la respuesta «...todo el secreto del destino social del escritor, está en eso: en saber a ciencia cierta lo que quiere y lo que puede hacer. Definido este enunciado previo, lo demás viene por añadidura. Tú eres escritor, por encima de todo; así, pues, escribe; obra, actúa, pero con tu pluma». De esta manera escribe y aconseja Vallejo a su viejo compañero peruano Juan Luis Velásquez.

En su discurso del citado II Congreso sentenció Vallejo: «...es necesario, no que el espíritu vaya a la materia, como diría cualquier escritor de la clase dominante, sino que es necesario que la materia acerque al espíritu de la inteligencia, se acerque a ella horizontalmente, no verticalmente, esto es, hombro a hombro». Miguel de Preigo toma esta premisa para hacer precisiones a lo largo d e sus textos escritos publicados entre 1977 y 1992. Vemos ahí también la variación de las pasiones por las que hemos atravesado muchos peruanos de esta época. En cuanto a Vallejo, el autor nos lo muestra con las dubitaciones de su carácter pasional, pero con la seguridad de quien sabe dónde va y qué busca. Lo parangoniza con otros dos grandes poetas de su época, Miguel Hernández y Mayakovski, por los acercamientos a las luchas por las que ambos atravesaron y los esfuerzos similares por mantener una independencia creativa. En 1927 escribía Vallejo: «...el artista es, inevitablemente, un sujeto político. Su neutralidad, su carencia de sensibilidad política, probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética». Más adelante le expresará en misiva a Haya de la Torre: «No acepto ninguna consigna o propósito, propio o extraño, que aún respaldándose de la mejor buena intención, someta mi libertad estética al servicio de tal o cual propaganda política... Como hombre, puedo simpatizar y trabajar por la Revolución pero, como artista, no está en mano de nadie ni en las mías propias, el controlar los alcances políticos que pueden ocultarse en mis poemas». Miguel de Priego pretende, y logra, demostrarnos que en estos tiempos «de derrumbes y apertura de nuevos rumbos, el mensaje, la idea y la emoción de Vallejo no se desmoronan».

 

32. Apreciación

Hispanoamericana

de Vallejo

(Diario Gestión, 11/6/92)

 

En este año de 1992 en que se celebran en el Perú e Hispanoamérica los 500 años del encuentro de Colón con nuestro continente y el centenario del poeta que con su genial voz logrará el encuentro de dos mundos poéticos: el de la mestiza Latinoaméricana con el de la putativa madre España, a través de la voz de César Vallejo, es bueno convocar a otras voces distintas a las parlantes que tan presente se hacen en estas efemérides para que nos hablen de su poesía.

Previamente, deseo recordar que fueron un español en el exilio y un escritor peruano, que hasta hoy permanece exiliado de la pléyade de escritores seleccionada por los expertos, quienes nos introdujeron (a muchos de quienes al finalizar la década del ’50 deseábamos salir de la exigua enseñanza literaria recibida en la secundaria) a la obra vallejiana. Se trata de Luis Monguió y su obra monográfica César Vallejo: Vida y obra y del narrador amazonense Francisco Izquierdo Ríos: César Vallejo: Vida y su tierra.

A través de ambas obras pudimos iniciarnos no sólo en una más cabal apreciación de la poesía de nuestro enorme poeta, sino en su vida, en los avatares que sacudieron la misma y en la forma como el poeta fue forjándose. «...el carro me aleja de Santiago de Chuco... de esa tierra privilegiada que ha dado al mundo el poeta más grande de este siglo y no de los espíritus más fuertes y más profundamente humano de todos los tiempos». (Decía Izquierdo en la Ob. Cit., en agosto de 1946). Mientras que Monguió –quien luchó en 1938 como soldado del Ejército de la República Española– sostenía en la citada monografía publicada en Estados Unidos en 1952 que Vallejo augura en España una vida más humana para el hombre, «cumpliéndose así en tierra hispánica un comienzo de la realización de la esperanza del poeta: la realización de la dicha en esta tierra, la alegría en el trabajo, la liquidación de vivir triste y aherrojado».

Ahora me encuentro con la revista Hora de Poesía, ediciones 61-62 de enero/abril 1989, que dedica un dossier a César Vallejo. Editada por Javier Lentini, de quien sabemos estuvo hace unos años en Lima y de quien tenemos a la vista Invención de otoño (Taifa, Barcelona, 1988) y Viaje a la última isla (Lumen, Barcelona, 1991) gracia a la gentileza del poeta Jorge Pimentel, la revista nos entrega unas entrevistas inéditas hechas en 1966 por J. M. Fosey, junto con algunos interesantes escritos, de los cuales extraigo algunos fragmentos que globalizan una visión hispanoamericana de Vallejo, de gran valor muchas de ellas no sólo por quienes las emiten, sino porque algunos de ellos ya han muerto.

Así, el desaparecido escritor guatemalteco y Premio Nobel de Literatura, Miguel Ángel Asturias, dijo: «Conocí a César Vallejo en París durante los años que van de 1924 a 1930... Conservo de él el recuerdo de un hombre tranquilo, quieto, inmóvil pero que adquiría una enorme movilidad, un desbordamiento, una alegría, una vez apurados unos cuantos ‘pernods’... Considero a Vallejo uno de los grandes poetas de América con una mirada de piedra profunda. Me da la impresión de que no tenía un esqueleto de huesos sino de piedras milenarias».

Por su parte, el tempranamente fallecido Enrique Lihn, chileno, con su alta sensibilidad poética señala que «Vallejo es uno de los pocos poetas nuestros que no han necesitado salir de sí mismo para descubrir un continente, la angustia del Perú, su problema».

El uruguayo Mario Benedetti, quien no requiere mayor presentación, expresa: «... la obra de Vallejo... es la que más profundamente transmite su condición latinoamericana, la contradicción de ciertos absurdos que sólo se dan en nuestras tierras, el tremendo desconcierto que provocan la compasión y la rabia cuando se encuentran o se chocan dentro de la misma y sensible visión».

Jorge Carrera Andrade, escritor ecuatoriano, manifiesta: «Conocí personalmente a César Vallejo en mi primer viaje a Francia... es el poeta más original y patético que ha producido América». Su compatriota Jorge Enrique Adoum, considera que «El pobre hombre americano, indígena y mestizo, halló en la poesía de Vallejo la voz exacta para su grito angustiado, para su pena y dolor de siglos, no expresados antes, sino –por lo contrario– desfigurados en su esencia por cortesanos del Virreinato, como Chocano, o por geniales estetas algo impávidos, como Darío».

España también se expresa en Hora de Poesía. José María Penam dice: «Vallejo me parece lo más importante de los últimos veintitantos años en América. Acaso el primero que dio una cosa específicamente telúrica no en relación con el paisaje sino con lo profundo del alma americana». A su vez, José Manuel Caballero Bonald confiesa que «Vallejo le parece uno de los poetas de habla española más importantes del siglo. Su poesía ha unificado el problema del mestizaje, es la manifestación del habla popular pasada por una cultura que es inconfundiblemente latinoamericana». José Ángel Valente, otro destacado poeta hispano, precisa: «Vallejo, una revelación inmediata, profunda y duradera; su obra es, también, la que nos ha aportado más elementos no presentes en los poetas de la generación del ’27». Según su compatriota Aquilino Duque, en cambio «Sobran motivos para considerar a Vallejo como componente de la generación del ’36 junto a Panero, Hernández, etc... es el único gran poeta común que hemos tenido españoles e hispanoamericanos».

Así, gracias a Hora de Poesía y al poeta español Javier Lentini, podemos contar con esta gran apreciación hispanoamericana de César Vallejo que nos ayudará a entenderlo mejor. Como punto final citaremos al crítico y ensayista portugués Joaquín de Montezuma de Carvalho, autor de un profundo artículo en el dossier; «Quien se siente bien siendo un pequeño gusano, no lea a Vallejo. Quien esté drogado de sí mismo, siendo ese gusanito, no será contagiado por Vallejo, cuyo humanismo es más que cristiano, no recuerda a nada gastado o adulterado, es puro humanismo supercristiano».

 

33. Anecdotario de

Martín Adán

 

(El Caballo Rojo,

suplemento cultural,

N° 236. Diario Marka, 8/2/85)

 

Martín Adán partió con la canícula, pero su poesía permanecerá imperecedera. Luego de su fallecimiento la mayoría de las notas publicadas –sino todas– han tenido un sabor necrológico. El Caballo Rojo ha preferido rebuscar en la memoria y las fichas de su gran amigo Juan Mejía Baca la agudeza de un anecdotario del poeta.

 

Nos hicimos amigos en la librería, él nació aquí a la vuelta, en la calle Corazón de Jesús, frecuentaba el barrio como una querencia. Deambulaba hoteles y pensiones cuando vendieron el caserón. Nuestra amistad data del siglo pasado, de nuestras familias, los Baca de Lambayeque y los De la Fuente de Pacasmayo. Rafael era limeño. Nos hicimos amigos en 1948 en la librería. El venía a conversar y a revisar libros, era un hombre que sabía leer, sabía pescar donde nadie pescaba. Aquí tomó contacto con muchas gentes que no lo conocían personalmente y en esas épocas de la década del ‘50 él pasaba por la crisis más aguda de su dipsomanía y le desagradaba tremendamente que se hablara o se escribiese algo sobre su alcoholismo, a tal extremo que decía que para eso estaba su obra, para ser criticada, pero su persona no, porque sostenía que «La disección se hace en el cadáver y yo todavía estoy viviendo». Pero él hacía burla y gala de su dipsomanía. El Dr. Alfredo Solf y Muro, quien fuera rector de San Marcos y excanciller –firmó el Protocolo de Río– era el abogado de la familia de martín y vendió esa casa y convirtió el dinero en acciones del banco Hipotecario, lo que le permitió vivir de la renta por muchos años. Pero la devaluación, que no era tan fuerte como la de ahora, fue mermando ese ingreso y el decía «que el Dr. Solf calculó los interese para poder comer pero no para poder beber».

Entre las tantas expresiones que tenía sobre su dipsomanía, estaba ésta: «soy como el caballo de paso, que resiste al hambre pero no la sed, me la paso sin comer pero no sin beber».

Hay una cosa curiosa, acabo de recibir un modelo de la colección de la Universidad Autónoma de Chapingo de México (como La Molina de Lima), que pide autorización para hacer una antología de Martín Adán de un tiraje de tres mil ejemplares. Asimismo, se ha editado un disco por la Compañía Popular y Porvenir que contiene los poemas de Martín Adán Quinta ripesa, Octava ripresa, La campana Catalina, Diario de poeta y Escrito a ciegas. Lleva una ilustración, un apunte de Martín Adán por Ricardo Grau. La presentación es de Emilio Adolfo Wesphalen, quien en un párrafo expresa; «Muy joven tuve yo esa experiencia: Martín Adán se complacía en leerme poemas recién nacidos. En mi candidez e ignorancia yo creía que la voz que escuchaba era la de Martín Adán cuando en verdad era la de la poesía. Sólo más tarde tomaría conciencia de lo que encarnaba esa voz calidad, vagamente temblorosa, voz que se creaba a sí misma y a la poesía en el instante, insegura e implacable al mismo tiempo». Wesphalen va presentando en el disco poema por poema.

Volviendo a los ‘50, en ese entonces, dice Mejía Baca, me pidió permiso para que sus liquidaciones vinieran a la librería ya que él cambiaba de hoteles.

El catolicismo en el Perú –decía MA– vino a menos desde que se consagraba con Poblete y se comulgaba con Cogorno, esto a partir de que compartía el hotel con tres militares y un canónigo de la catedral.

Cierta vez, durante una de sus visitas dominicales, don Juan contó a Martín sobre un personaje recién fallecido, confesándole en secreto que este personaje había militado en el APRA el año ‘31. Don Juan esperaba una reacción de estupor, pero el poeta impertérrito respondió «¿quién de muchacho no se ha hecho la paja?»

 

 

–.–

 

«La ola náufraga», «Dios como la medianoche necesaria» ...Don Juan me muestras las servilletas, los envoltorios de cajetillas de cigarrillos donde escribía el poeta: «El humano que está sólo es el único humano verdadero», leemos, y luego me dice que no se podrá hacer un collar de perlas del mismo tamaño pero sí tener un cofre de alhajas con estas frases.

Su agudeza era parte de su personalidad, creo conocer a martín como pocas personas, asegura don Juan.

«Nunca oí a Mariátegui hablar mal de nadie», decía MA. Yo le pregunté si Mariátegui había tratado de catequizarlo, respondió: Mariátegui no confesaba, él interrogaba». Fue Eguren el que llevó a MA donde Mariátegui, cuando todavía era Rafael.

Aurelio Miró Quesada le dijo a Martín, cuando él terminó Derecho, que solicitar a una plaza en el estudio de Juan Bautista Lavalle, para practicar la abogacía. Yo conocí personalmente a J. B. Lavalle, vestía pantalón de fantasía, corbata plastón con una perla, guantes amarillo patito, escarpines, bastón con empuñadura de oro y le gustaba mucho la heráldica. Cuando MA le solicitó plaza para prácticas, le dijo: «¿cómo se llama Ud. jovencito?» Él le respondió, «Rafael de la Fuente Benavides». ¡Ah!, le dijo Lavalle, no será Ud. de los De la fuente del Río de la Plata, una familia muy atildada. No, yo soy de los De la fuente del Río Jequetepeque, le respondió el vate.

Cuando terminó sus estudios de Derecho, MA entró a trabajar a lo que se llamaba el Banco Agrícola, en la sección legal. Cuando el banco decide poner una sucursal en Arequipa, designan al Dr. José Luis Bustamante y Rivero, que lo comprendió tanto, que creía en Dios y a MA adoraba. Por eso lo llama para trabajar al lado de él en la secretaría de palacio. Para ello lo cita a palacio a las 11:15 a.m., como todavía no lo recibía el flamante presidente, llamando al edecán MA le dijo que le informara al presidente que no le quedaba tiempo sino de tomar el tranvía porque a las 12 servían el almuerzo en el manicomio, que al día siguiente regresaba temprano.

Al día siguiente regresó y lo recibió inmediatamente Bustamante y Rivero, y le fijo que cómo le había dicho eso del manicomio al edecán, y MA le dijo: «¿cómo, Ud. siendo católico y jurista se asista con la verdad?». Y como no entraba en materia Bustamante, le dijo, Presidente ¿en qué lo puedo servir. Lo he llamado para que trabaje a mi lado en la secretaría. Esto es como pretender que Belmonte vuelva al ruedo, le contestó y se fue.

Estábamos sentados en el café de los huérfanos –recuerda don Juan–, yo, Sebastián Salazar, Alberto Escobar y Luis Jaime Cisneros, y apareció Martín y le dijimos que tomara asiento, respondiendo: «Muchos cojudos para un mismo tema», pues todos éramos de literatura.

El último libro que leyó fue Juego de mano de Pedro Granados.

 

La nota trágica en la vida del poeta

 

Rafael de la Fuente Benavides tuvo un hermano menor, nacido dos años después que él, en 1910, de nombre César Augusto. Cuenta Mejía Baca que César Augusto era sumamente brillante, de gran memoria. Tal es así que cuando la familia se iba a veranear a Chorrillos, había un cura que acostumbraba lanzar unos largos y ceremoniosos sermones, que el pequeño César Augusto memorizaba y repetía en público trepado sobre un muro del malecón, rodeado por un auditorio de muchachos de entre 7 y 15 años. Lo qué más destacaba era las morcillas que le ponía al discurso. Rafael, siendo mayor, confesó años después que el admiraba la genialidad de su hermano que lo opacaba rotundamente. En 1919 el pequeño hermano de Martín Adán falleció.

Él vivía en la vieja casona de la calle Corazón de Jesús con sus padres y una tía, Tarcila Benavides, a la que Martín Adán apodaría la «Sánchez Cerro con falda», por el fuerte carácter que poseía, pues dominaba a sus padres. Un tío enajenado vivía encadenado a su catre. Luego del hermano, perece el padre de Martín Adán; enseguida la madre. El poeta queda sólo con la tía Tarcila. El tío enfermo muere. El poeta queda solo con su vida, con su tragedia. Pero queda con la poesía, con esa gran poesía legada para la eternidad.

 

 

34. Remembranza de un

poeta inmortal:

José Eufemio Lora y Lora

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 54, Dic./63)

 

Es José Eufemio Lora un poeta peruano que permanece en el ingrato olvido de sus compatriotas. Nació el poeta en la ciudad de chiclayo el día 15 de febrero de 1885, falleciendo en París, atropellado por un tren, el 14 de diciembre de 1913. Triste y fatídico fin para un hombre que recién empezaba a ajercer la profesión de poeta, dejando en impresión el único libro que pudo dar a luz, hijo de una sutil inspiración.

José Eugenio gozó de la amistad de su tocayo, José Santos Chocano, quien solicitó a Vargas Vila, gran escritor colombiano, la elaboración de un prólogo para el libro Anunciación que apareció días después de la tragedia del joven escritor.

Por otra parte, nuestro conocido Ventura García Calderón, habiéndose encargado de llevar los originales de la obra de José Eufemio a la imprenta de los hermanos Ganier (París, 1907), fue también el encargado de escribir el proemio al libro.

 

Lora: Un trotamundos

 

Después de pasar los primeros años en su tierra natal, en las postrimerías del XIX el joven Lora deja el Colegio San José de Chiclayo, pasando al Guadalupe de Lima, debido a la supresión de los dos últimos años de secundaria en el colegio norteño.

De Lima, luego de dar sus primeros pasos como periodista y como escritor, viaja a Panamá, dejando los estudios de Letras que seguía en la Universidad de San Marcos. De Panamá retorna enfermo a Chiclayo, en donde, luego de reponerse, se dedica al periodismo político. Su inquietud lo trae a Lima de nuevo, uniéndose a la revolución de Piérola. Viaja luego a Chile, residiendo en las campiñas. De allí pasa a Buenos Aires, en donde trabajando de mozo logra conocer a rubén Darío, escribiéndole unos versos sobre una servilleta, que en parte dicen:

 

Bajo el azul del cielo de la América Hispana,

‘Que no tizna una sombra, que no turba un rumor,

se ha posado en la copa de una acacia temprana,

Con su estuche de trinos, un ducal ruiseñor.

 

Conociendo así a Rubén, ya aflora en él toda la fuerza del poeta que empieza a conocerse a sí mismo. Viaja entonces a Río de Janeiro para emprender de allí la travesía hacia París. En la ciudad Luz conoce y se encuentra con muchos amigos. Allí es donde inicia la empresa de publicar su primer libro, mas el destino hizo que encontrara «trágica muerte de símbolo bajo los estrépitos de una locomotora, cuando ya las páginas de su poesía estaban entregadas a la imprenta», según escribió Chocano en su Nota Póstuma a Anunciación.

El tiempo inexorable fue escondiendo la figura del poeta José Eufemio Lora, hasta que hace algunos años se presentó un proyecto de ley en la Cámara de Diputados buscando repatriar los restos del Poeta Olvidado. Parece que todo quedó en proyecto. Los años han seguido pasando.

Podríamos decir que Lora, también como Vallejo posteriormente lo hiciera, intuyó su muerte en París; aquí pues un poema agorero que servirá para que ustedes conozcan la calidad de esta poesía dentro de su propio estilo, considerando que fue escrito a principios de siglo, cuando aún no había transcurrido la primera década del XX.

 

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Piedad, Señor, piedad para la pena

que hizo vibrar el hierro al asesino;

para el vino maldito, para el vino

«cuyo sorbo final está en el Sena».

 

De esta forma hemos traído la remembranza de un escritor olvidado, cuyos restos tienen un rincón aquí, en su patria, esperando que sus compatriotas se determinen a repatriarlos, al igual que a los del insigne vate el «cholo» Vallejo.

 

35. La gente de los

sesentas:

25 años después...

(El Caballo Rojo, suplemento cultural,

N° 236. Diario Marka, 8/2/85)

 

Una de las generaciones más importantes de nuestra literatura, fue, sin lugar a dudas, la que empezó a emerger en los años ‘60.

Fue una época signada por el triunfo de la Revolución Cubana, la primera revolución socialista que hablaba en idioma castellano.

Gonfalonero de esa generación, fue el joven poeta Javier Heraud, cuya inmolación en Madre de Dios, por la revolución Peruana, significa la verdadera continuación del ejemplo inmortal que nos legara Mariano Melgar, el poeta arequipeño fusilado en Humachiri, en los albores de nuestra Independencia.

Ha transcurrido un cuarto de siglo desde que empezaran a entrar a su veintena de años los jóvenes que habrían de cambiar muchas cosas en nuestro país. Estaba por terminar el segundo período del presidente Manuel Prado Ugarteche, recalcitrante a todo cambio pero protector cazurro de determinados intelectuales consagrados, a quienes convoca para ocupar algunas carteras ministeriales (mencionemos a Jorge Basadre en Educación ya a Raúl Porras en la Cancillería).

Pero la época que empieza es pobre todo contestaría. Fidel castro ha bajado con sus barbudos de Sierra Maestra y un 1° de enero de 1959 ha tomado el poder derrocando al sargento Batista en La Habana. Es entonces que la generación que se inicia empieza por dejarse crecer las barbas para luego abrazar ideologías más prácticas y decididas frente a la realidad que vive el país.

Se trata de una clase media emergente que va logrando desplazar a los apristas de las dirigencias estudiantiles y, a partir de los empleados bancarios que se unen con los mineros, los de construcción civil y los servidores de algunas empresas aéreas que encabeza Faucett, van abriendo los ojos a una posibilidad de cambio en la dirigencia sindical. La misma Universidad Católica del Perú, la Pontíficia, elige una directiva izquierdista en 1961 con Montoya, y en 1962 repite el plato con Alejandro Díaz Marín.

En ese tiempo, muchos de los hoy en día connotados dirigentes del PSR, son conservadores democratacristianos que invocan al Vaticano a través de sus boletines para detener la invasión fidelista que trata de penetrar su escolástico centro superior de estudios.

Es allí donde se generan los nuevos movimientos poéticos y literarios, primero a través de un Festival de la Poesía Joven que organiza la ANEA, ubicada en ese entonces en una casa de altos de la calle Belén, y siempre impulsados por el lanzamiento de los llamados populibros que pusieron al alcance de las grandes mayorías la posibilidad de acceder a la lectura de importantes textos literarios. El poeta Manuel Scorza fue el gran impulsor de esa campaña editorial, apoyado por Sebastián Salazar Bondy, en ese entonces el escritor más popular y prolífico del Perú, quien junto con Eleodoro Vargas Vicuña, Juan Ríos y Edgardo Pérez Luna se hallaban en la punta del candelero.

Es por esos años que se abre la Casa de la Poesía en la bajada a los baños de barranco, donde son asiduos contertulios: Arturo Corcuera, César Calvo, Reynaldo Naranjo, Mario Razzeto y otros jóvenes poetas de moda. Esto, un año antes de que Javier Heraud se viniera con un puñado de muchachos atravesando la selva de madre de Dios para morir acribillado por terribles balas dum-dum en medio del río del mismo nombre.

Un año antes, Hugo Blanco se había rebelado en las selvas cusqueñas de Chaupimayo, tratando de fomentar un movimiento sindical que efectuara la toma de tierras por el campesinado de la zona. Conjuntamente, grupos impulsados ideológicamente por trotskistas argentinos, y apoyados por colombianos y venezolanos, inician la expropiación de bancos que termina finalmente en la detención de muchos de ellos.

 

Una Lima que se expande

 

la Lima la horrible de Sebastián Salazar Bondy, deja de lado los planteamientos del escritor, pues la intensidad de la migración provinciana hacia la capital de la república, pierde su timidez y la ciudad se extiende desordenadamente hacia los arenales. Entonces los microbuses, esos medios de transporte que se han convertido en los grandes productores de neurosis entre los habitantes metropolitanos, desplazan a los tranvías que abandonan las atestadas pistas para pasar a convertirse en precarias viviendas o en improvisados restaurantes al aire libre. Ya la Lima de emolienteros, turroneros y heladeros ambulantes, y uno que otro vendedor de falsificadas salchichas con chocolate nocturnos, va siendo invadida por vendedores de todo tipo de chucherías que van creciendo hasta verdaderos comerciantes de objetos y artefactos manufacturados.

Es la época en que la estridencia del rockanrol ha dejado paso a las suaves baladas y la bossanova, al llamado rock lento y a la magia de los Beatles entre la clase media. Mientras tanto, los provincianos van haciendo otro tipo de invasión al proliferar los centros musicales donde compiten las bandas de los diversos departamentos y provincias con solitas y conjuntos que se elevan a la categoría de ídolos. El Coliseo Nacional de la avenida Bolívar, prosigue siendo el centro de las concentraciones provincianas, pero el Coliseo Cerrado de San Martín de Porres y algunos estadios de centros escolares surgidos en las barriadas, acogen también al huayno, al huaylas, a la mulisa, al pasacalle.

Los despidos masivos también son estrenados por el arquitecto Fernando Belaunde Terry con «Losa Inca» y con los famosos decretos 007 y 008, que dejan a cerca de 700 bancarios de patitas en la calle.

Ya a mediados de la década, cuando la caballería ha dejado de salir a reprimir las manifestaciones para que los grandazos de la Guardia de Asalto con sus tremendas varas se encarguen de esa labor, se gesta el Comité de Unificación Sindical (CDUS), que daría partida de nacimiento (o de resurrección) a la CGTP.

Para ese entonces ha aparecido un escritor Oswaldo Reynoso, que asume el lenguaje marginal de la clase media urbana en vías de pauperización. Es a partir de él que nace la corriente del Grupo Narración, movimiento que asume el lenguaje como base para el desarrollo de su narrativa y una posición política clara en cuanto a las perspectivas que encierra el mensaje literario.

Palermo, el viejo bar de la Colmena, aledaño a la Casona de San Marcos, (abandonada, al inaugurarse la Ciudad Universitaria) concentra a los escritores que desean mostrar otro rostro del país, a los pintores, a los cineastas, a los periodistas, a los poetas. Calvo y Naranjo han devenido en compositores y editan una larga duración, Poemas y Canciones, con arreglos e interpretación musical de Carlos Hayre y usando sus propias voces. Manuel Acosta Ojeda se ha lanzado con su LP de Canción Protesta que recorre bares, cantinas, cafés, universidades, sindicatos, reemplazando a las viejas canciones de la Guerra Civil Española y a las nuevas venidas de la Revolución cubana. Jorge Acuña se ha mandado a pintarse la cara en plena calle, apoderándose de la Plaza San martín con el arte subyugante de su mimo que alterna con historias contadas a voz en cuello. Víctor Zavala, ha dado nacimiento al teatro campesino.

 

Las banderas alicaídas de la izquierda

Mucha gente ha estado yendo y viniendo de la Universidad San Cristóbal de Huamanga, de Europa, de Cuba, tratando de hallar un camino dentro del desconcierto que le ha ido creando esta década, cuando Luis de la Puente Uceda y Guillermo Lobatón treparon al monte buscando que cambiar nuestro país a través del foquismo guerrillero. Más que desconcierto, la generación del sesenta se da de cruces con una realidad que no era tan fácil de cambiar.

Es dentro de ese interín que los programas de nacionalización del petróleo, de reforma agraria, de nacionalización de determinadas empresas mineras y bancos, son asumidas por un grupo de militares que encabeza el general Juan Velasco Alvarado. Las banderas de la izquierda criolla quedan desflecadas y los militares confiesan que no son «ni capitalistas ni comunistas», pero que sí están seguros que la única forma de aplastar los sembríos antes de que cosechen, es tomando la delantera. Por ahí surge Hora Zero. Pero ésa es ya otra historia‑.

 

36. Hora Zero en su

cuarto de siglo

(Revista Sí, N° 454, del 27 Nov. al 3 Dic./95)

 

Muchas de las antiguas víctimas de su actitud parricida se pusieron en guardia, mandándose su par de tiritos verbales al aire, por si las moscas. Verbigracia, Javier Sologuren en declaraciones a la Revista Cultural de El Peruano, y Washington Delgado («Hora Zero en una página en blanco»), quien anteriormente, a raíz de la publicación de su último poemario, había ponderado la poesía de verástegui y Pimentel señalando, en entrevista aparecida en la Sección Cultural de El Comercio, la influencia que la lectura de estos poetas había tenido en la modernización de su escritura reciente. Antonio Cisneros, destacado poeta de la generación del ‘60, se valió de las declaraciones hechas por el vate puneño Vladimir Herrera (un ex allegado de Hora Zero) a la revista literaria cusqueña Siete Culebras, en las cuales despotricaba de sus antiguos amigos.

Todo ello, evidentemente, dado que este año de 1995 se cumplen 25 años de la aparición oficial del Movimiento Hora Zero en la escena literaria nacional con el lanzamiento de su manifiesto Palabras urgentes, donde terminaba señalando –después de no dejar títere con cabeza entre los poetas peruanos– que «Si somos iracundos es porque esto tiene dimensión de desgracia. A nosotros se nos ha dejado una tragedia para poetizarla... Y somos jóvenes, pero tenemos testículos y la lucidez que no han tenido los viejos».

Ahora que los horazerianos frisan los 50 años de edad, han llegado a su cuarto de siglo de existencia como grupo, a contrapelo de lo vaticinado por el reportero cultural Enrique Sánchez Hernani en su breve y furibundo ensayo de 1981: «Exclusión y permanencia de la palabra en Hora Zero: 10 años después» (Rupay 2): «Hora Zero en su primera fase quedará en la historia de la literatura peruana elevado a la alta categoría de tragedia... Pero la segunda fase quedará como una farsa» (sic). Otra es la apreciación de Raúl Jurado Párraga en su monografía Movimiento Hora Zero, preparada por el autor para optar el grado académico de bachiller den ciencias de la educación en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, quien concluye su trabajo con el siguiente postulado: «Hora Zero, al final de cuentas, con toda la crítica que pueda tener, e incluso con el deseo de negarla (algunos juicios críticos y opiniones personales así lo demuestran), representa algo vivo, algo fresco que aún tiene vigencia así como influencia en las nuevas promociones de poetas jóvenes de esta última década». Anotaremos que el texto fue escrito en 1988.

Para ponernos más al día, hemos buscado la opinión de los jóvenes que escriben poesía en esta década del 90, recurriendo a Paolo de Lima (Lima, 1971), activo agitador cultural que participa en la edición de varias revistas y acaba de publicar un poemario en Estados Unidos.

«La idea que prima entre los jóvenes poetas del ‘90 es que Hora Zero democratiza la poesía. Más bien, creo que lo del poema integral ha dejado de ser tomado como pauta para desarrollar una poesía actual. Aunque hay poetas, como los del Grupo Neón, gente del ‘90 al ‘93, que han hecho poemas urbano coloquiales. El Grupo Cloaca, como aporte de los ‘80, exacerba los postulados de Hora Zero. Nadie va a negar a Hora Zero como parte de la historia literaria del país, aunque muchos ya ven el movimiento por el lado sociológico: democratización de la palabra, apertura hacia lo provinciano.

«No faltan quienes los tildan de defender el establishment poético. De los buenos poetas quedan Pimentel y Mora, porque Verástegui se ha desinteresado del grupo y Carmen Ollé está en su mundo de la poesía feminista. Pero Hora Zero fue para ella un taller vital. A Verástegui y Pimentel se les lee y se les toma como puntos de referencia. En cuanto a Mora, el poeta Xavier echarri, considerado como uno de los más importantes del ‘90, en debate público lo acusó de versificar a Alberto Flores Galindo, de ejercer una ‘dictadura del poetariado’. (Mismo parricidio... 25 años después, N.A.) Considero que individualmente son poetas valiosos. Sé que preparan su  libro de 25 aniversario; ojalá no se trate de una poesía geográfica, porque si se plantea así no tendría interés. Porque seguramente ese libro se va a discutir, en el sentido que un libro de ese género es raro en el mercado. Se corre la voz de que van a incluir en la edición a poetas que han hecho algún poema que ellos consideran está dentro de los postulados horazerianos, cosa que a no dudarlo será candela para el debate».

Dejamos tranquilo a Paolo de Lima y solicitamos su opinión al novelista Miguel Gutiérrez Correa, fundador del Grupo Narración, coetáneo con Hora Zero, y cuyos componentes, al igual que los poetas horazerianos, mantienen permanente presencia a través de publicación de textos narrativos maduros y solventes.

En primer lugar, destacaría la gran fuerza vital y verbal de este grupo –nos dice Gutiérrez–. Yo tenía la sensación de que todos ellos conjugaban sus voces, incluyendo las disonancias que hay en toda música, para escribir la «gran poesía de Lima», pues la suya, en cierta forma, es una épica urbana. Ellos irrumpieron contra la poesía de espacio cerrado, de gabinete, académica, e hicieron una poesía de las calles, de grandes espacios abiertos. El Centro de Lima, por ejemplo, adquirió una dimensión poética. Verbalmente fue como una especie de desbordamiento, de invasión de los bárbaros que pervertían el lenguaje poético consagrado hasta aquel entonces. Yo creo, por otra parte, que si bien aprovecharon los aportes de la narrativa urbana –Reynoso, Vargas Llosa y otros–, a su vez ellos influyeron en los narradores posteriores o contemporáneos suyos».

Recurrimos a las opiniones del narrador Antonio Muñoz Monge, también contemporáneo: «Definitivamente Hora Zero es un grupo que se ha hecho un espacio dentro de la poesía nacional. Pero yo no lo veía como grupo, sino como individualidades; en cada uno había un afán de liderazgo. Aunque, quiérase o no, se iban contra las capillas literarias, pero también terminaron convirtiéndose en capilla. Sin embargo, el gran aporte suyo es el haber rescatado el Perú integral en sus provincias, en las calles. Es más bien una poesía coloquial que sale de los extramuros de la capital y está vigente en tanto sus representantes siguen trabajando individualmente con calidad. Por ejemplo, Cementerio general de Tulio Mora es un gran libro, al igual que Palomino de Pimentel. Pero, definitivamente, ya no trabajan como grupo».

A lo largo de los 25 años de Hora Zero importantes críticos literarios, y otros escritores, se han ocupado del movimiento en libros y diversas publicaciones. Así, José Miguel Oviedo (Estos 13, 1973), Enrique Sánchez Hernani (Ob. cit.), Wolfang Luchting (entrevistas por separado a Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruiz y Enrique Verástegui en Escritores peruanos, qué piensan, qué dicen, 1977), como también Ricardo González Vigil, Eduardo Arroyo, Alberto Flores Galindo, Edgar O‘hara, Jesús Cabel, César Toro Montalvo, Tulio Mora, Roger Santibáñez, Mito Tumi, Carlos Zúñiga, leoncio bueno, Abelardo Sánchez León, Enrique Verástegui, Antonio Cornejo Polar, Juan Ramírez Ruiz y José Carlos Rodríguez... Lo que sacó de su habitual modorra a los impenitentes lectores de revistas poéticas (los mismos poetas y algunos críticos) fueron las Palabras urgentes de Hora Zero, que apostrofaban desacralizando ‘las situaciones literarias y políticas del país’ con ‘sus líderes torpes e ignorantes’... Es casi seguro que después del asombro que suscitaron las Palabras urgentes entre muchos de los avisados lectores se preguntarían quiénes eran estos jóvenes que de la noche a la mañana se convertían en unos pocos e inusuales parricidas... Las dudas fueron puestas de lado: no había caso, se trataba de todo un movimiento generacional que tenía en dos de sus conocidos inspiradores, Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz, los activistas más connotados. Después ingresaron al grupo de estos jóvenes iracundos, entre otros, Enrique Verástegui y José Cerna, quienes convirtieron más tarde los cafés de la ciudad en verdaderas zonas sacras, recipientarios de sus crisis y efervesidas polémicas.

¿Qué queda de los jóvenes iracundos y de su presencia en los bares, para no hablar con eufemismos? Muchos de ellos, por lo pronto Tulio Mora y Jorge Pimentel, no sólo no pisan un bar hace mucho tiempo, sino que son completos y decididos abstemios. «Tienden su mesa»: la llenan de libros, de revistas, de recortes y de sus escritos. Pimentel tiene en edición Primera muchacha y pule su Jardín de uñas, un poemario alucinante, fuerte, subyugante. Tulio Mora trabaja en una novela, luego de haber publicado dos libros este año. Eloy Jáuregui espera editor para publicar sus sabrosas crónicas y está terminando de armar un libro de poemas de asombroso manejo verbal.

Muchos han dicho su palabra aquí sobre Hora Zero. Démosla ahora a sus protagonistas, quienes tienen preparada una antología horazeriana con invitados y todo. La presentación ha sido escrita por Santiago López Maguiña, Tulio Mora realiza un ensayo crítico y va también un testimonio de parte de Enrique Verástegui.

Ilustran con sus pinturas Carlos Ostolaza y Oswaldo Higuchi, quien a su vez ha hecho el diseño gráfico. Las fotografías pertenecen a Alberto Phumpiu y las notas bibliográficas a Raúl Jurado Párraga.

Bueno, ahora sí, Hora Zero tiene la palabra: «¢Cada cierto tiempo la renovación de la palabra poética peruana estuvo ligada a las modificaciones que sufre la misma en las fuentes productoras de poesía (llámese EE.UU., o principalmente Europa). Estas modificaciones han logrado una poética realmente envidiable, pero a la vez muy poco «peruana». Por lo mismo, cuando Hora Zero la cuestionaba, lo hacía reconociendo esta calidad sin singularidad y tampoco pretendía combatir la importante influencia de la poesía internacional, sino adaptarla al tono nacional. Este tono, en el contexto de los años ’70, fue urbano, «callejero» (según alguna crítica de entonces), testimonial y narrativo, recursos que pueden apreciarse en sus publicaciones que hoy son imprescindibles puntos de referencia de la nueva poesía peruana.

«Los seleccionados en la antología serán los integrantes de HZ más otros escritores cuya obra está escrita en la estética del poema integral, es decir: incorporación de lenguaje popular, fusión de varios discursos y puesta en escena de la identidad nacional (sus crisis, sus desgarramientos). En total son 54 poetas y narradores, entre ellos José María Arguedas, Pablo Guevara, dos poetas quechuas (Dida Aguirre y Eduardo Ninamango), hasta los ’90 (Carlos Oliva). Tres de los incluidos son extranjeros (mario Santiago y Pedro Damián, mexicanos, y Roberto Bolaño, chileno, miembros del movimiento infrarrealista, versión horazeriana de México)».

Como se ha podido constatar, están bastante seriecitos los caballeros. Algunos ya pintan canas. Pero no se vaya a creer que son guerreros en reposo. Se reúnen, se telefonean, se muestran sus textos, se chequean. Y se quieren. Que es lo más importante. Entre ellos se quieren mucho. Y han terminado por querer a los demás. Así es la poesía, el arte, la literatura... 25 años después.

 

 

37. Ayudando a abreviar la

Agüita ‘e coco

de Juan Cristóbal

(Prólogo a Agüita ‘e coco,

Lima, Ed. San marcos, 1998)

 

Hay gente que se va de lengua y le dicen lenguaraz; en la acepción de deslenguado. Es el típico palabreador, calificado de pura boca nomás por los patas del barrio y por su entorno familiar. Pero así rajen de él a sus espaldas, la gente suele escucharlo encandilada cuando se lanza su rollo, sobre todo la muchachada. Es aquel personaje que en la mesa del bar cuenta cada historia que te hace desternillar de risa. Dicharachero, impostador de voz, también suele ser cantante y parece sabérselas toditas. Aunque siempre ande con los bolsillos vacíos y la mano presta para pedirte alguito. Y hablo en masculino, pero también suele ser mujer, y en este caso es todavía más brava con la lengua.

Este es el tipo de personaje que nos presenta Juan Cristóbal en su Agüita ‘e coco, un delicioso libro que contiene –nada supersticioso– trece cuentos a los que él denomina, humildemente, relatos testimoniales. Y ahí sí le paro los machos, porque entonces qué cosa son las narraciones de La condena de Franz Kafka, para poner un ejemplo.

Juan Cristóbal es un reconocido poeta peruano, ganador del Premio Nacional de Poesía 1971 y de otros galardones más a nivel local e internacional como vate. Hace poco se editó y presentó en Santiago de Chile su poemario La isla del tesoro, escrito al alimón con ese gran poeta chileno recientemente fallecido llamado Jorge Teillier. Pero debemos incidir en que antes de su publicación ya Agüita ‘e coco ha obtenido dos menciones honrosas en sendos concursos, de la Casa de las Américas, de Cuba, y del Instituto Peruano-Japonés, en 1995 y 1996, respectivamente, y el cuento titulado «Cuidado con el chancho», parte de este conjunto, ganó el primer premio en su especialidad en el Concurso de Cuento y Poesía Juan Gonzalo Rose convocado por el Concejo Distrital de Magdalena el año ‘97.

Si Juan Cristóbal en su poesía es voraginoso y va destellando en cada verso pletórico de metáforas oníricas ligadas al olor de las frutas, de las flores y a todo lo sensorial de la naturaleza; en sus cuentos arma una borrasca con las palabras conformadoras de dichos, refranes, letras de canciones, proverbios, aforismos, máximas; todos extraídos de la fabla popular. La raigambre de sus personajes proviene del pueblo, con esa sabiduría capaz de convertir en delicioso potaje lo desechado por los pudientes para su mesa. Los negros esclavos peruanos supieron convertir en maravillas los despojos, la menudencia del ganado que les dejaban para comer los colonizadores españoles. Así nacieron el cau-cau, los anticuchos, la sangrecita, la chanfainita y tantos otros platos criollo que hoy cuestan un ojo de la cara en los elegantes y exclusivos restaurantes para ricos.

Juan Cristóbal ha tomado aquello que los cultores de literatura light, tan de moda por estos días, han desechado para contarnos las vicisitudes de los surfistas y de los socios de los clubes gagás de Lima, si no las emocionantes aventuras de los contertulios del Haití de Miraflores. Sin olvidarnos de ese mequetrefe que pretende convertir a la capital del Perú –ante los ojos de los españoles– en un mundillo de maricones y drogadictos, que no es sino su propia esfera familiar y amical.

Bien, pero retornemos a lo de Agüita ‘e coco, para encontrarnos en la «Sala de redacción» de un periódico chicha, justo en momentos en que el Jefe de Informaciones encarga las comisiones del día a cada reportero utilizando una jerigonza propia de los periodistas, mientras masculla insultos e improperios para alentar a sus bravos. Pasemos de inmediato a «Recuerdos son recuerdos», guiados por un alterego del autor a través de los vericuetos de sus esperanzas y frustraciones, de sus añoranzas y realidades de un presente que lo acerca a la tercera edad, mermadas sus fuerzas, como dice el personaje: «recuerdos son recuerdos, algo así como ‘Vendrá la muerte y tendrá la palidez de tu martirio’».

En tercer lugar tenemos «Vida de punto», que narra el significado de ser tal, punto, entre los estibadores del Callao, a través del argot porteño, salpicado de términos marítimos: «porque los puntos después de laborar nos quedamos como cachalote en tierra». Pasamos a «Ojito al ojal», historia de un ciego por accidente que va alternando los recuerdos de su mundo anterior, cuando aún veía, con el sufriente presente que lo lleva a la tanática conclusión de sentenciar: «Yo sólo espero que mi historia se acabe lo más pronto posible, así que nadie me puede contar chismoserías, ni la Sarita Colonia, ni San Martín de porres, a quienes de noche les rezo y les entrego mi alma...»

Luego vienen los «Consejos para tomarse un vinito», pero a la criolla, no siguiendo las viejas pautas de Omar Khayán porque «Tomarse una copa de vino no es cualquier cosa, amigo, es como revivir la esperanza, como llenar de rosas o alegrías el destino». Prosigue «En la salsa de la vida», testimonio de un viejito lindo que recurriendo a lo real maravilloso nos confiesa que «un 27 de junio de 1983 dejé de existir a las seis de la tarde, tenía más de 105 años...»

No podía faltar «Mi primer amor» en esta serie de relatos, el recuerdo inefable de aquel primer amor frustrado y frustrante tan recurrido por la canción popular, porque aquí también «Pasó lo que tenía que pasar. En la procesión del Señor de los Milagros, aquí en Lima, cuando yo estaba por allí dando vueltas como un trompo quiñado, la vi de pronto con ese fulano que la llevaba abrazada...» Y como Juan Cristóbal siempre trabajó el testimonio de los proletarios, surge «La soledad del albañil», quien además es poeta y en un rincón filosofa: «La vida en el Perú es difícil, no hay chamba para nadie, antes hasta los más chambrías podían vivir de la construcción, pero ahora ni los coyotes se asoman por los ventanales de la niebla».

«Una conversa con Fellini en Agua Dulce» es pretexto para darle salida a la imaginación del poeta Juan Cristóbal, quien nos pasea al gran cineasta italiano por esta vieja Lima luego de enfrentarlo a algunos despistados periodistas citadinos, y hasta lo lleva a sagrados bares literarios como cuando «se mandó cinco chilcanos de pejesapo en el Chino Chino que pa qué te cuento, pues lo puso más mosca que Manifiesto Comunista en fábrica de obreros». Al llegar a la lectura de «Carne de cañón» se te eriza la carne al meterte de frente en la vida de una bella prostituta que cuando la mami del burdel la revisara se quedó lela «¡Qué es esto, carajo! exclamó, un pedazo de volcán o un pavo real en el paraíso», al ver ese pedacito del vellocino de oro que se le perdió al Señor antes de cruzar el Nilo, como lo cataloga la dueña del asunto.

No podía faltar también en esta serie una conversa de comadres, y así acontece en «Cuidado con el chancho», flor de cuento donde las confidencias y los reproches amicales se hacen deliciosos, ya que “Sin embargo, comadrita, no puedo dejar de repetirte que con sólo vender tamales te hubieras hecho millonaria, si lo decía todo el barrio, no ves que venían hasta los ricachones a preguntar por tu cocina, por tus habitas verdes, por tu choclo con quesito, por tu maíz morado, pero tú no te dabas por enterada...»

Y como cada uno de los cuentos lleva como epígrafe la estrofa de un bolero, no es extraño que no se nos dijera que «Así se baila el bolero», aunque también te den pautas para escuchar los mejores: “A mí la radio fue la que me hizo conocer la magia de los boleros. Recuerdo muy clarito la primera vez que escuché una de esas músicas, fue en un burdel del muelle de Chimbote, y allí estaba yo con mi compadre Julio Mendívil, ¡que para qué te cuento!, fue el despiporre.»

El remate se hace con «Carta de un zambo (desde París)», y es, al parecer, un trabajo hecho a partir de un verdadero intercambio epistolar mantenido entre Juan Cristóbal y un conocido escritor peruano hoy residente en el extranjero. Las cartas son convertidas, por arte de birlibirloque, en una conversa cachonda llena de desafíos y recomendaciones como la siguiente: «Y tú dirás, qué es esto, pues. Yo te digo: nada, carajo, pura bacanería lingüística, y esto lo puede hacer quien está como yo: sentado en un banco de metal en una tierrecita siútica, rodeado de  cipreses, esas coníferas que apestan a aserrín mojado de cantina barata, pero que te dan buena pinta cuando sales en las postales para mandarlas a tu pero es nada en cualquier parte del orbe».

A este prologuista, siendo editor de El Caballo Rojo, suplemento dominical del diario Marka, y luego de Altavoz, dominical del diario La Voz, le cupo tener el gusto de publicar una serie de testimonios sobre los oficios de la calle escritos por el periodista Juan Cristóbal, y que los recogiera con su alumno Luis Vásquez siendo profesor universitario de Ciencias de la Comunicación. En 1980 esos trabajos se convirtieron en el libro Maestra vida. Trabajos cuya referencia encontramos en Los hijos de Sánchez y La vida del norteamericano Oscar Lewis, así como en el Perú lo encontramos en el trabajo hecho por Hugo Neyra sobre el luchador social Rendón Huilca.

Pero en lo referente a narrativa, tal vez podríamos emparentar este libro con Canto de sirena, novela de Gregorio Martínez basada en una conversación de larga data con Calendario Navarro, un viejo y sabio negro de Coyungo. Digo emparentarlo, porque Agüita ‘e coco tiene su propia voz, como el vals de Juan Gonzalo Rose que populariza Lucha Reyes, para terminar con una canción.